Adolfo Bonilla
Constantemente los usuarios del transporte colectivo urbano se quejan del mal estado y de la incomodidad de los autobuses. De igual manera, las autoridades correspondientes continuamente anuncian que van a sacar de circulación toda aquella chatarra ambulante que no pase las debidas inspecciones, pero aún así en la calle andan tantos armatostes que debiera dar vergüenza a la conciencia nacional, especialmente a los responsables de permitir estas afrentas a la ciudadanía.
Existe una desidia única de parte de los dueños de estas unidades de transporte que si se les cae un tornillo o una tuerca dentro o fuera del aparato no se lo vuelven a poner, si se rasga el tapizado de un asiento así lo dejan hasta que se vuelva irreparable, y así por el estilo, de tal forma que se va desvencijando el trasto hasta lo indecible. Además que (entre otras cosas) las puertas y los trinquetes de muchas dichas unidades son tan estrechos que dificultan la pasada de los pasajeros, ya que no todos son jóvenes y delgados.
Lo anterior es sólo para señalar que se hace imperativo y urgente que las personas e instituciones encargadas de regular todo lo concerniente al transporte colectivo urbano de la capital les exijan a los transportistas cumplir con ciertas normas ineludibles, tales como las siguientes: que todos estos buses dispongan de un timbre, para eliminar para siempre el pedido de parada por medio de golpes en la carrocería, gritos, silbidos, imprecaciones, maldiciones y las groseras respuestas de los conductores. Que el número de la ruta sea fácilmente visible —de día y de noche— en el mismo lugar y en los cuatro costados del bus, para lo cual tiene que desaparecer la cantidad de letras, nombres y mensajes que estén colocados cerca del número de identificación de la ruta, pues no todo mundo goza de perfecta y rápida visión.
Por otra parte, es inconcebible que no se haya modernizado la recepción del pago de los pasajes. Desde hace más de medio siglo que llegué por primera vez a Estados Unidos ya existía una especie de maquinita metálica que el cobrador en el tranvía cargaba en la cintura, que luego se colocaba en los buses en un lugar adecuado cerca del chofer, la cual clasificaba las monedas de distintas denominaciones para un manejo fácil y expedito del vuelto. ¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI no se haya podido implementar un sistema cómodo y sencillo para recibir el valor del pasaje y entregar el cambio de una manera mejor que la actual? Todavía se maneja el concepto primitivo de obtener la mayor ganancia posible al menor costo posible. ¡Qué barbaridad! Los “empresarios” de este tipo de transporte sólo importan lo malo, nunca lo bueno.
El pito de estos aparatos no deben ser estridentes, pues los ciudadanos merecemos respeto y protección. En fin, hay tantas deficiencias en este servicio (y se han denunciado tantas veces) que no es necesario continuar por ahora señalándolas. Sin embargo, se pudiera sugerir que cada unidad debe llevar al menos algún dispositivo donde depositar la basura, con el fin de comenzar la campaña para que los pasajeros no boten basura por las ventanas. Esto trae a colación el aporte que debe venir de parte de los usuarios, como decir que deben tratar de pagar con moneda sencilla y cederles los asientos delanteros a las personas de la tercera edad y a las discapacitadas.
No hay que perder de vista que el desarrollo de una nación depende de los mismos nacionales. Hay que comenzar a trabajar para elevar la autoestima colectiva. Tenemos derecho a aspirar a que los futuros autobuses dispongan de espacio y facilidades para sillas de ruedas y cochecitos de infantes, como en países desarrollados. ¿Por qué no? El Estado debe velar por el bienestar y la dignidad de todos los ciudadanos, pues para eso es que se les paga a los funcionarios públicos, no es para otra cosa. En definitiva, el desarrollo de una sociedad se mide por medio de cosas tan simples y concretas como éstas.
El autor es dirigente sindical retirado.