Mario Alfaro A.
Los liberales que habían jurado no celebrar “primarias” porque no existía eso en sus estatutos, se apoderaron del gusano del anzuelo de la Alianza ALN-PC y lo colocaron en su propio anzuelo, con lo que han logrado despertar los apetitos candidaturales de los grupúsculos que buscan arreglos políticos con la corrupción.
Las “primarias” fue el reto con que Montealegre y sus escasos seguidores desafiaron a Alemán y a sus incondicionales. A partir de ese momento el gusano de su anzuelo se convirtió en ariete que comenzó a derribar los parapetos del PLC y sus aliados de conveniencia. El Partido Liberal es como la solitaria (Tenia Solium) que tiene la cualidad de dividirse en fragmentos y vuelve a unirse para aparentar fortaleza y unidad. Es lo que siempre ha hecho el liberalismo. Por esto es que no hay un solo partido liberal, hay muchos con diferentes nombres y distintos capataces. Se divide cuando los puestos públicos no alcanzan para todos, se une cuando sus caudillos aspiran a un arreglo político para compartir el presupuesto. Esta habilidad para saltar de la disgregación a la unificación, es el secreto de la supervivencia del liberalismo como contendiente político.
Para tener más que repartir y fabricar más liberales “de cepa”, los caudillos han inventado los megasalarios, han inflado sin medida las estructuras administrativas del Estado, han ideado un ingenioso sistema de prebendismo que convierte la bandera roja en el sueño de los que gustan vivir del presupuesto, sin responsabilidades ni preocupaciones, aunque con mucho sometimiento a la voluntad de quien lo nombre.
En el tablado preelectoral ocupan espacios dos jefes rebeldes que desafiaron a sus amos políticos. El pueblo los premió por esos gestos de insumisión. Comparten el espacio con los grandes partidos pactistas, enfrentados nuevamente por el poder absoluto; y alrededor de ellos varios aspirantes en busca de ser tomados en cuenta.
Mientras se preparan la obra final— las elecciones del 2006 — en el tinglado la bojiganga politiquera exhibe, a manera de entretenimiento, farsas y pantomimas con el fin de retener la atención del público ¿Ante quién este teatro de simulaciones? Naturalmente que ante un público que conoce bien a los faranduleros, recuerda de memoria sus diálogos, sus decorados, sus mañas y sus trucos para crear ilusiones.
Ese público no se deja impresionar. Conoce todas esas simulaciones y embustes. Sabe que las “primarias” en manos de los liberales arnoldistas son pura farsa y engaño. Los que ayer no querían primarias ahora sí las quieren. ¿Por qué ese cambio inesperado? Porque esperan sorprender a los incautos y a los que ya se han acostumbrado a que los embauquen. No cree la gente en el amontonamiento de camisas colorada en las reuniones arnoldistas. Todos los que están allí son los mismos de siempre: los sometidos, los prebendarios permanentes, los de un grupo que no aumenta porque no hay nada más que repartir. Todos los puestos de “dedo” ya fueron otorgados. Pero siempre hay más diablos que agua bendita.
Ese público sabe que la confrontación honestidad-corrupción sigue en la palestra a la espera de que alguien— un candidato honesto y vigoroso que merezca el voto sincero y esperanzado de la mayoría silenciosa— continúe la obra difícil y sacrificada, pero patriótica, del actual gobernante. La primera cualidad de ese candidato debe ser la incontaminación de arnoldismo, de caudillismo y de corrupción. Si Montealegre es ese candidato, debe permanecer alerta para no dejarse sorprender por falsos ofrecimiento. Cualquier arreglo o alianza con la corrupción arnoldista sería su suicidio político.
Algunos disidentes de ocasión al pacto, en Managua, Granada, Chinandega y Juigalpa. Ahora se les ve conservando con los pactistas ¿Buscan ventajas políticas para sus ridículos movimientos electoreros? Desfilar contra el pacto y negociar con los pactistas es una jugada marrullera, que rechaza un pueblo en demanda de elecciones libres y honestas para enterrar el pacto.
El autor es periodista.