La bendición del libre comercio

Porfirio Cristaldo AyalaAIPE ASUNCIÓN.— En pleno siglo XXI parecería absurdo pensar que algún gobierno en alguna parte se podría oponer a la liberalización del comercio, política que derramó el cuerno de la abundancia sobre miles de millones de personas. No sólo que la ciencia económica ha demostrado su eficacia desde hace más de 200 años, […]

Porfirio Cristaldo AyalaAIPE

ASUNCIÓN.— En pleno siglo XXI parecería absurdo pensar que algún gobierno en alguna parte se podría oponer a la liberalización del comercio, política que derramó el cuerno de la abundancia sobre miles de millones de personas. No sólo que la ciencia económica ha demostrado su eficacia desde hace más de 200 años, sino que en las últimas dos décadas el libre comercio redujo la pobreza global a menos de la mitad y todos los economistas reconocen sus beneficios. No obstante, pocos gobiernos aprueban la liberalización del comercio agrícola.

Los gobiernos de los países más ricos y libres como EE.UU., Francia, Alemania, Japón, y hasta los más pobres y reprimidos como Haití, Venezuela, Paraguay y Zimbabwe, sin importar sus ideologías o sofisticación, mantienen subsidios y mercados agrícolas protegidos con altos aranceles, no muy diferentes al proteccionismo de la época del Rey Sol.

El oscurantismo prevaleciente se evidencia en la pugna global por los subsidios agrícolas. La decisión de atrasar la eliminación de los subsidios hasta el 2013, en la reunión de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en Hong Kong, reunión que se esperaba podría reducir drásticamente la pobreza en el planeta, confirmó una vez más que ni los países ricos ni los pobres tienen interés en erradicar la miseria que todavía afecta a gran parte de la humanidad, especialmente si para ello deben abrir sus mercados agrícolas.

La Unión Europea (UE), Estados Unidos y Japón tienen mercados muy abiertos, excepto en la agricultura. Los países ricos (OECD) gastan todos los años 279,000 millones de dólares en subsidios agrícolas y aranceles proteccionistas. A la UE le corresponde el 48 por ciento de dicho gasto, a Japón 18 por ciento, a EE.UU. 17 por ciento y a Corea siete por ciento. Estos países, sin embargo, tienen mucho que ganar eliminando los subsidios y el proteccionismo en la agricultura.

Los consumidores de países ricos no sólo financian con sus impuestos el subsidio agrícola, sino que a causa del proteccionismo pagan más caro por esos productos.

De liberarse el comercio agrícola, los europeos pagarían 40 por ciento menos por los alimentos que consumen, los japoneses 21 por ciento y los norteamericanos 10 por ciento. El Banco Mundial estima que la eliminación de subsidios y tarifas agrícolas traería beneficios de 65,000 millones de dólares a la UE, 55,000 millones a Japón y 20,000 millones a EE. UU.

Pero el daño que causan los países ricos a los países en desarrollo con el proteccionismo agrícola es mayor debido a que restringen la importación y deprimen el precio del arroz, azúcar, algodón, maíz, etc., afectando a millones de agricultores pobres. Esta locura ha desatado una cruzada entre los gobiernos populistas de naciones pobres exigiendo a los países ricos eliminar los subsidios agrícolas como condición inapelable para que ellos liberalicen su comercio.

Craso error. Los países en desarrollo necesitan tanto de la eliminación de los subsidios de países ricos, como de la eliminación de sus propias barreras y aranceles, e incluso más. Se ha estimado que la liberalización global del comercio agrícola traerá un beneficio de 142,000 millones de dólares para los países pobres, de los cuales sólo el 22 por ciento surgirá de la eliminación de subsidios y aranceles de países ricos, en tanto que el 78 por ciento de los beneficios resultará de la supresión de sus propias barreras comerciales.

A los países en desarrollo les perjudica el proteccionismo de los países desarrollados, pero sus propias barreras comerciales les perjudican aún más. Los países pobres son mucho más proteccionistas que los países ricos, sus aranceles agrícolas promedio son cuatro veces más altos que los de EE.UU. De hecho, la mayoría de estos países son pobres porque sus gobiernos se resisten a liberalizar su comercio. Por eso, aun si los países ricos no liberalizan sus mercados, los países pobres deben hacerlo.

Los países prósperos, Hong Kong es un ejemplo, se desarrollaron promoviendo la libertad económica y el libre comercio, independientemente del proteccionismo de otras naciones. Los países pobres deben, pues, abrirse al libre comercio bajando sus aranceles y derribando barreras, no a cambio de la reciprocidad de los países ricos, sino para favorecer su propio desarrollo.

El autor es corresponsal de AIPE y presidente del Foro Libertario.

© www.aipenet.com

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