Jimmy Henríquez Bent
Roman, Times, serif»>
Costeños siempre han llevado las de perder
Jimmy Henríquez Bent
La lectura del Editorial de LA PRENSA del 30 de enero del corriente año me motivó escribir estas reflexiones, inspirado en el párrafo que literalmente dice:
“La presencia y la actividad de los partidos nacionales en las Regiones Autónomas de la Costa Atlántica se debe ver de manera positiva, no como una intromisión en los asuntos de los nicaragüenses costeños, sino como un elemento integrador de las poblaciones de ambos litorales y del centro del país, que son igualmente nicaragüenses”.
Desde nuestra incorporación forzosa al Estado de Nicaragua en 1894, la población costeña ha llevado las de perder en su frustrante y desigual esfuerzo por ganarse el pleno derecho de ser considerados tan (igualmente) nicaragüenses, a la par de los managuas, granadinos, leoneses y demás hermanos y hermanas que se cobijan bajo la bandera azul y blanca. No obstante, la historia y nuestra realidad socioeconómica indican claramente que estos esfuerzos no han podido ser correspondidos por el estado nicaragüense durante estos largos 110 años.
Sólo basta analizar algunos indicadores de desarrollo humano en las Regiones Autónomas publicados recientemente por el PNUD, para corroborar los desbalances existentes entre los niveles de desarrollo entre nuestra Costa Caribe y el resto del país, los cuales claramente reflejan que efectivamente a los pueblos costeños no se nos ha “tratado” con la justeza que merecemos, ni mucho menos con el mismo interés con que se trata al resto de nicaragüenses.
Después de más de 100 años de la “Incorporación” es incomprensible que en el gabinete de gobierno, que dice llamarse nacional, sólo haya sido nombrado un representante caribeño en su calidad de viceministro. Si existe un genuino interés en sacar a esta vasta región caribeña del atraso y del subdesarrollo, los partidos políticos nacionales imperativamente deberán cambiar su percepción sobre estos pueblos, para que seamos tan nicaragüenses, como el resto de hermanos y hermanas que pueblan el otro 50 por ciento de nuestro terruño, garantizando la participación de más costeños y costeñas en el gabinete de gobierno.
De concretarse este necesario y merecido derecho se constituiría en otro invaluable “elemento integrador” ya que permitiría que los elementales intereses de nuestros pueblos étnicos e indígenas sean real y efectivamente consideradas y tratadas con la premura y seriedad que nuestra deplorable situación socio-económica amerita.
Hay que ponerle fin a tanta discriminación racial y desprecio hacia el pueblo costeño. ¿Será porque no nacimos en la otra mitad del país donde reside la oligarquía y la clase política influyente o porque pertenecemos a grupos étnicos minoritarios que nos seguirán tratando como ciudadanos de segunda y tercera categoría?
Esta errónea política de exclusión no es recíproca al deseo de los y las costeñas de sentirnos tan nicaragüenses como nuestros hermanos leoneses, chontaleños o jinoteganos.
Ahora que se aproximan nuevas elecciones generales, los costeños (sea cuál fuere nuestra ideología política) debemos de ser más pragmáticos y exigir a nuestros partidos políticos que nos respeten nuestro derecho de tener mayor representatividad en las instancias que representan al Estado nacional, si es que realmente deseamos una efectiva integración de la Costa Caribe al resto de la nación.
El autor es egresado de URACCAN y docente de la Bluefields Indian and Caribbean University (BICU).