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Un niño, aunque nazca pobre, puede cambiar su futuro económico si recibe educación. Si no va a la escuela su pobreza podría estar asegurada de por vida y es lo que ahora se vislumbra en los indicadores de la educación pública de Nicaragua, donde un millón de estudiantes han quedado fuera de las aulas de primaria y secundaria este año.
Ese dato, que hoy parece frío y hasta repetitivo en los documentos, porque cada año se habla de eso, podría traducirse en el futuro en nuevos asentamientos de casuchas de cartón, o quizás ya en la presencia de más vendedores de cualquier cosa en los semáforos.
El Ministro de Educación, Miguel Ángel García, alega que es menos de un millón la cantidad de niños y adolescentes que quedaron sin estudiar, pero sean 50 mil menos o 50 mil más, la realidad es que el año pasado 800 mil no pudieron ingresar al sistema público y este año la cifra aumentó, lo que debería ser un tema de preocupación nacional para el Gobierno, los distintos poderes del Estado y hasta la empresa privada porque las consecuencias las sufrirá el país entero, en su momento.
Todos los gobiernos hablan de lucha contra la pobreza, ya sea porque tengan la verdadera intención de reducirla o porque les impongan el tema los organismos internacionales, como el Banco Mundial o el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), pero un factor clave para que la pobreza disminuya con el tiempo es la educación y el Estado tendrá que invertir más en ese ámbito, si su objetivo es que cada vez haya menos pobres.
Los investigadores del Banco Mundial han dicho que la falta de servicios básicos en las áreas de educación y salud es un obstáculo para que los países salgan del círculo vicioso del subdesarrollo, porque eso impide que las personas hagan uso de sus talentos y competencias.
Además, las diferencias en la educación son las que determinan las diferencias de ingreso, oportunidades y condiciones de vida de los ciudadanos.
En los partidos políticos y en el Estado también se habla de desarrollar la democracia. Sin embargo, este sistema requiere de la participación de la mayoría de ciudadanos que, con conocimiento y criterio, hagan valer sus opiniones mediante los votos; y también aquí es necesaria la educación, porque una persona analfabeta o con poca escolaridad es más susceptible de ser engañada por los políticos.
Igual, una persona agobiada por la pobreza se deja llevar más rápido por promesas de bienestar, porque de hecho está a expensas de la caridad y los candidatos presidenciales aprovechan eso para venderle ilusiones a cambio de votos.
Por cada año de escolaridad que alcanza una persona, se le reduce en un seis por ciento la posibilidad de que sea pobre, afirma el especialista argentino en educación Alberto Sileoni, lo que indica que de la educación depende, en buena medida, que cambie el panorama de la pobreza.
A la empresa privada también le conviene que más ciudadanos se eduquen, porque sus inversiones requieren personal calificado en todos los niveles para reproducir el capital, y como sus empresas necesitan vender, es obvio que entre menos pobres haya, tendrían más compradores.