Josué Bravo CORRESPONSAL COSTA [email protected]
Con mochila al hombro, una cámara y un canasto de plástico partí hacia los cafetales de Heredia, donde se cosecha el seis por ciento de café en Costa Rica, para conocer las condiciones en que viven los inmigrantes nicaragüenses que acostumbran trabajar en esa zona.
Llegué a la finca de Mariana Rodríguez, domingo por la tarde. Allí hay una serie de lotes junto a una zona industrializada cercana a la ciudad de Heredia, a pocos kilómetros de San José, donde los cortadores duermen en el piso de madera de un improvisado “campamento”, a merced del frío y el ruido de ratones.
En la entrada de la finca se observan construcciones precarias llenas de niños, fogones, luces y televisores encendidos.
Un joven nicaragüense, originario de Estelí y con aspecto perezoso, me ubicó en un cuartucho construido con restos de lata y madera; con piso de tabla y grandes huecos en las paredes que facilitan la entrada del frío inclemente de la madrugada. Tampoco tenía camarotes para dormir.
El cuarto forma parte de un grupo de dormitorios de infraestructura similar, habitados por unos 30 nicaragüenses que llegaron por la temporada cafetalera.
Allí encontré a Rina Rodríguez, de Boaco, quien vino con su esposo y dos hijos a esta finca con la intención de ganar lo suficiente para comprar los útiles escolares de los chavalos.
“Nosotros generalmente trabajamos en las bananeras de Puerto Viejo (Sarapiquí). Allí no se gana mal, pero este año, aprovechando que los güilas (niños) están de vacaciones, nos venimos a coger café para que ellos nos ayuden a comprar sus cuadernos de la escuela”, comentó Rina.
Después acordamos que ella me vendería cada servicio de comida a 500 colones (un dólar), el mismo precio que pagan en la finca por una cajuela (una lata) de café recolectado.
A las 7:00 de la noche me estaba sirviendo una pana llena de arroz, frijoles, un huevo frito y un pedazo de salchicha.
A las 8:00 de la noche empiezan a apagar los fogones. Las familias más acomodadas tienen cocinas de gas o sartenes eléctricos. Antes de las 9:00 todos se van a dormir, porque la jornada del día siguiente comenzará temprano.
Las mujeres se levantan a las 4:00 de la mañana a preparar el desayuno y el almuerzo. El menú no varía: arroz y frijoles, que algunos acompañan con plátano, huevo o queso.
El frío de la madrugada hace que nadie se bañe. Prefieren hacerlo al regreso. Sólo atinan a lavarse los dientes y la cara.
Después de las 5:00, uno a uno salen de sus cuartos rumbo a los cafetales. Ese lunes tuvimos que caminar más de un kilómetro sobre carretera pavimentada y caminos polvorientos.
SEÑALAN A POLÍTICOS
Al llegar al sitio, el cortero (o capataz) indica el área donde uno debe trabajar. Todos los que llegaron de la cabaña se ubicaron, pero durante la mañana siguen llegando cortadores de comunidades aledañas, como Guararí, Santa Rosa y hasta de La Carpio, el asentamiento de los nicas en San José. Éstos regresan a sus casas cada día, después de la faena.
El ambiente matutino en el cafetal se caracteriza por los gritos, risas o tristeza. Las mujeres de más edad se lamentan de la carestía de la vida, de los problemas familiares, de los hijos que están en Nicaragua. El día transcurre y empieza a calentar el sol. Los labriegos avanzan en su tarea. Se escucha el bullicio de los niños que no pueden trabajar, aunque ayudan un poco en la recolecta diaria del grano.
Ana Quesada y María, la primera nicaragüense y la segunda tica, quienes viven en Upala, frontera con Nicaragua, afirman que el corte está malo y dudan que al final del día ganen lo necesario para comprar alimentos y ahorrar.
María dice que analizará con su esposo cambiar de empleo. “Voy a decirle que vayamos a las bananeras. Dicen que hay trabajo y que a la quincena uno puede ganar más de 80 mil colones (más de 160 dólares)”, comentó.
Los nicaragüenses no acostumbran dialogar sobre los problemas de su país. Lo hacen sólo si alguien se los pregunta.
Poco a poco le fui preguntando a Ana sobre las razones que tuvo para emigrar. Ella dijo más de una vez que si las condiciones en Nicaragua fueran mejores, jamás habría llegado a Costa Rica.
“Uno se viene por la necesidad”, afirmó. De los conflictos políticos sólo comentó que por “culpa de ellos (los políticos) la gente está migrando”.
“Estoy preocupada por mi marido porque no se le cura un catarro. Hoy no vino a cortar porque iba para la clínica. Aquí nosotros tenemos que asumir los costos en salud y a veces las clínicas no te atienden, porque no es asegurado”, se lamenta.
PAGO INMEDIATO
Los pocos ticos que se dedican al corte de café lo hacen porque están sin empleo, o no lograron estudiar una carrera. “Yo vengo a cortar porque me separé de mi esposa y quedé sin trabajo”, dijo Carlos Urtecho, quien habita en Heredia.
A las 11:00 ya todos estábamos almorzando. A las 3:30 todos tenemos que salir del cafetal hacia la zona donde se mide lo cortado.
A las 4:00 llegan los ayudantes y la dueña de la finca. Todos hacen una fila cargando los canastos con dirección al camión. Se mide cada cajuela, la arrojan al camión y a la par está doña Marina sentada en un banco, con monedas de quinientos y billetes de mil colones, que se los va echando al canasto vacío del cortador, según lo recolectado.
Rina y su familia al final ganaron 10 mil colones (20 dólares). Para ella es poco porque en un día pueden llegar a gastar cuatro mil colones en comida.
Yo apenas hice dos cajuelas. Generalmente un recolector con experiencia puede lograr en promedio diez cajuelas.
Al finalizar la jornada cada quien regresa a su sitio. Ya en la cabaña hay una rutina que a diario se repite entre el olor a café.
Los menos agitados se dan un buen baño y las mujeres encienden el fogón para preparar la cena. Se descansa y cuando el reloj marca las 8:00 de la noche, es momento de dormir.
TEMOR A LEY
Este año la cosecha de café ha sido recolectada casi en su totalidad, según el Instituto del Café de Costa Rica (Icafe), pero existe preocupación entre los cafetaleros por la nueva ley de migración, que aplicarán a partir de agosto próximo, ya que puede impedir la llegada de inmigrantes nicas en la temporada siguiente.
El administrador de la finca Santa Eduviges, en Heredia, Rodrigo Vargas, cree que a finales de este año podría tener dificultad para contratar nicaragüenses, porque la nueva ley impide darle trabajo a indocumentados.
Su finca emplea cada año a unos 3,500 cortadores, en su mayoría nicaragüenses.
“Lo que preocupa es que cuando se anuncie que entra en vigencia la ley, ya los nicaragüenses no tengan ánimo de venir a Costa Rica por el temor de ser deportados”, añadió.
Casi el 60 por ciento de los 200 mil recolectores que se emplean anualmente en las fincas cafetaleras de Costa Rica, son inmigrantes nicaragüenses, indican datos de Icafe.