César Augusto Bravo
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Teoría científica del origen de Dios
César Augusto Bravo
Los libros controversiales son siempre interesantes y, de los que he leído, El Evangelio según Jesucristo, de José Saramago y el Código Da Vinci, de Dan Brown, fueron los mejores.
Hace poco tuve a mano un opúsculo controversial titulado Teoría científica del origen de Dios. Lo leí de inmediato pese a la exacerbada sensación de extrañeza y perplejidad que causan los títulos exóticos. El libro, publicado el 30 de julio del 2004, fue escrito por Nicolás Kontorovsky, inglés de origen polaco y profesor de biología en la universidad de Oxford.
La obra no deja de ser confusa pero, hasta donde he logrado entenderla después de haberla leído varias veces, el autor expresa que los nuevos adelantos científicos están generando más interrogantes que esclareciendo hechos. ¿Cuál fue la primera raza humana? ¿Creación o evolución? ¿La vida vino del espacio o germinó en la tierra?, etc. Lo difícil no está en creer en un Dios todopoderoso capaz de crear todo lo universalmente conocido, yendo desde los átomos de Demócrito hasta las galaxias regidas por las leyes de Albert Einstein. Lo verdaderamente inconcebible a cualquier razonamiento humano es el hecho de que ese mismo Dios —creador mágico de la existencia misma— haya nacido de la nada. ¿Dónde está el punto de partida de Dios? Este dilema de la creación por el Creador, hace más de 2570 años lo había abordado Parménides (570-526 a.d.C.) al sostener que “el ser, no se puede originar del no ser, y una vez que es, no es posible que no sea”. Jenófanes (570-470 a.d.C) sostenía que El hombre ha creado sus dioses a su propia imagen y semejanza. Creyente o no, el autor parte de la existencia ineluctable de Dios y con ayuda de la ciencia y la tecnología trata de darle una explicación científica a su origen.
Todos los animales, incluyendo la especie humana, son el resultado de tres a cuatro mil millones de año de constantes y sucesivas etapas evolutivas. El nacimiento con modificaciones, llamado evolución, es un concepto antiguo jamás tomado en cuenta por existir, por aquellos tiempos, la concepción errada que la Tierra era relativamente joven. En el siglo XVII, el obispo James Usher calculó que la Tierra fue creada el 26 de octubre del año 4004 a.d.C., a las 9:00 a.m. Sin embargo, la aparición de los primeros fósiles de dinosaurios conllevó a redefinir la edad de la Tierra. Más contundente fue el hecho de poder calcular la edad de las rocas, dando paso a la fechalización de los períodos de la columna estratigráfica, creada por los geólogos, permitiendo establecer la verdadera edad terrestre que se calculaba en 4,600 millones de años. El obstáculo de la edad de la Tierra se había superado, y la concepción doctrinal que nuestro planeta tenía seis mil años sólo sería cuestión de fe. Con estos cálculos a la mano la publicación en 1859 de El origen de las especies por el científico inglés Charles Darwin, donde sostiene que la evolución se da en períodos completamente largos, tenía sentido y el neodarvinismo ha completado el resto de su teoría.
Nosotros, que estamos viviendo el período habitable de la Tierra, sabemos que desde la primera masa continental Pangea hasta la forma arquitectónica actual de nuestros continentes, todo ha sido el resultado de constantes etapas transformativas. La cladogénises (diversificación de las especies) partió del caldo primigenio, así el unicelularismo constituye —hasta hoy— el maratón donde competimos todas las especies por alcanzar, en nuestro medio, el máximo nivel evolutivo. De ahí que el más evolucionado de los mamíferos presenta un patrón genealógico tan extenso como el de la bacteria más simple. Las aves se separaron de los reptiles, los reptiles de los anfibios y éstos de los peces. Algunas especies como los dinosaurios desaparecieron de la contienda, otras como los cocodrilos, las tortugas, etc., simplemente se quedaron a mitad del camino, el hombre, bajando de los árboles, caminando erguidamente y alimentándonos con proteínas que obteníamos de algunos antílopes, tomamos una amplia delantera. Hoy, con la manipulación del ADN estamos llegando al clímax de nuestra evolución.
Casi todos creemos que nuestro universo está formado de materia ordinaria, sin embargo, hoy se sabe de la existencia de otras especies que han alcanzado un desarrollo evolutivo totalmente mayor al hasta hoy logrado por el hombre. Los niveles de evolución logrados por estas especies son tan amplios que no caben en los estrechos linderos del entendimiento humano común. Por ejemplo: habitan en el mundo de la antimateria o de la nada pero sin dejar de existir. Estas especies —sólo conocidas a través del universo religioso— en nuestra habla coloquial reciben el nombre de seres divinos, pero más particularmente de ángeles, arcángeles, serafines, querubines, etc.
Cada masa de ángeles, arcángeles, serafines y querubines, viven en provincias diferentes de un mismo estado conocido como Cielo. En el Cielo coexisten todos ellos en una estructura social con niveles y rangos diferentes. El sistema de gobierno es jerárquico, ademocrático y nada igualitario: primero Dios, después los arcángeles, querubines, etc. Ellos nos han presentado a Dios como el amo del universo —como en verdad lo es y le ha pedido sólo a la especie inmediata inferior el hombre—, su atención, adoración y obediencia a cambio de permitirnos alcanzar el Cielo o el máximo nivel evolutivo, misma que equivale a la salvación en materia religiosa. La salvación consiste en dejar de ser un cuerpo de carne y huesos para convertirnos en un ser espiritual. En conclusión, Dios comparte el mismo origen evolutivo del hombre y al aventajarnos trata de enseñarnos el camino que nos conducirá a la etapa evolutiva que sólo se alcanza al morir. Dios evolucionó, al igual que el hombre, a partir de la misma célula de donde evolucionó toda vida.
Con este tipo de literatura creo conveniente hacer uso de nuestro derecho de creer lo que nosotros queramos creer.
El autor es escritor