- Pbro. Rafael Ibarguren
Es indudable que el mundo actual es refractario al Evangelio. Sin embargo se constatan con júbilo y esperanza grandes progresos de la Iglesia Católica en el año que nos dejó. Enumero algunos datos probatorios que considero signos de los tiempos. Son extraídos de la revista Heraldos del Evangelio de enero del 2006.
El hecho más saliente fue la verificación de la fuerza y de la atracción que ejerce el papado en el mundo contemporáneo. La muerte de un pontífice y la elevación de otro fueron acontecimientos que atrajeron el interés de todo el mundo, católicos o no. Según la asociación Global Language Monitor, sólo 72 horas después de anunciada la muerte de Juan Pablo II su nombre fue buscado 10 millones de veces en Internet. En el mismo período se publicaron cerca de 75 mil necrológicas sobre el Papa difunto, cifra que superó en cinco veces la cobertura del tsunami en Asia, y en tres veces a las noticias sobre el atentado del 11 de septiembre de 2001 que derrumbó las torres gemelas.
Las exequias de Juan Pablo II ejercieron tanta influencia sobre la vida británica, que provocaron un feriado público, retrasaron la boda del príncipe Carlos y el anuncio de disolución del Parlamento; el canal BBC 24 Horas, transmitió en vivo desde el Vaticano, sin interrupción durante una semana. Eso, en un país oficialmente protestante.
Refutando los pronósticos de que el nuevo Papa atraería menos a los fieles que su predecesor, en los cinco primeros meses de pontificado aumentó significativamente el volumen de peregrinos que acuden al Vaticano para encontrarse con el Santo Padre. Entre mayo y septiembre, 410 mil personas participaron de las audiencias generales de los miércoles y 600 mil en el rezo del ángelus del domingo, más del doble que en 2004 durante idéntico período.
Igualmente nos habla en el sentido del prestigio de la Iglesia la derrota abrumadora que sufrió el gobierno italiano en el referendo de junio convocado para autorizar los experimentos en embriones humanos y permitir la fecundación asistida. Benedicto XVI había recomendado la abstención. Tan sólo compareció el 25.9 por ciento del electorado cuando se necesitaba al menos 50 por ciento para validar la consulta. A pesar de la intensa campaña a favor del “sí” realizada por intelectuales, artistas y todo tipo de personalidades, prevaleció la voz de la Iglesia.
En España, dos millones de católicos desfilaron en Madrid para defender el derecho de los padres de dar a sus hijos la formación religiosa y moral que desean, oponiéndose a proyectos y leyes hostiles a la Iglesia y a la familia. Fue una gigantesca manifestación donde se destacaron numerosos obispos, educadores, fieles en general.
En Estados Unidos, sacudido por una ola de tristes escándalos, la Iglesia se mantiene como una de las grandes fuerzas del país. En 2005, más de un millón de personas —cerca de 80 mil provenientes de otras confesiones— se bautizaron en la Iglesia Católica. Los norteamericanos forman el tercer contingente católico del mundo en tamaño.
Más de un millón de jóvenes representando a 197 países se reunieron con el Papa en Alemania, durante las Jornadas Mundiales de la Juventud, cubiertas por 7 mil reporteros. Fue una apoteosis de fe en el viejo mundo… llevada a cabo por jóvenes.
Para un 75 por ciento de latinoamericanos, la Iglesia Católica es la institución más respetada y digna de crédito. Así lo concluye un estudio de la empresa chilena “Latinobarómetro” en 17 países de América Latina publicado por el analista Andrés Oppenheimer en el diario español La Vanguardia. Si bien los católicos han disminuido en nuestro continente, la Iglesia sigue siendo una fuente de legitimidad, conserva su liderazgo moral y es un punto de referencia sólido.
El fallecimiento de la última “pastorcita” de Fátima, Sor Lucía, despertó una oleada de emoción en el mundo entero demostrando la vitalidad que conserva el mensaje de la Virgen en esas apariciones.
El éxito editorial del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica lanzado a fines de junio (sólo en Italia se agotaron los 400 mil ejemplares de la edición italiana), bien como de los libros y conferencias del que fuera el Cardenal Ratzinger, que se editaban y agotaban en cuestión de días durante el tiempo en que la elección del nuevo Papa sorprendía al mundo, muestran también cómo se orienta el interés del público.
Sumemos a estos hechos el sínodo de obispos sobre la Eucaristía que aún debe producir abundantes frutos, las declaraciones de nuevos santos y beatos —la mayoría de la era contemporánea— o las movilizaciones caritativas de los católicos por el Katrina en EE.UU. o a causa del terremoto de Pakistán; todo eso nos habla de la vitalidad de la Iglesia en los días que corren.
Estas cosas son muy elocuentes. No nos deben llevar al triunfalismo ni a imaginar que todo va bien, pues hay otros síntomas de decadencia y de ruina. Pero lo que es seguro es que la Iglesia Católica no deja de afianzarse y de crecer y que el lema “No tengáis miedo”, tantas veces evocado, de Juan Pablo II, es más que razonable.
El autor es sacerdote, miembro de la asociación de Derecho Pontificio Heraldos del Evangelio