Luis Sánchez Sancho
La señora María Elena García me escribió desde Maryland, Estados Unidos, para expresar su complacencia con esta columna —lo cual agradezco— y pedirme que escriba sobre Penélope, lo que hago con mucho gusto.
Penélope, según las diversas y numerosas fuentes de la mitología griega, era hija de Icario, a quien Dionisos (Baco) le enseñó a elaborar el vino de la uva. Pero Icario dio a probar el vino a unos pastores, quienes se emborracharon hasta enloquecer y lo mataron cruelmente, en vez de agradecerle porque les permitió disfrutar aquella bebida tan deliciosa.
Pero bien, Penélope era prima de Helena, la princesa espartana cuya legendaria belleza causó indirectamente la guerra de Troya. Y era casi tan bella como su prima; por eso también con Penélope querían casarse muchos príncipes y nobles. Por eso, a fin de evitar que los pretendientes de su hermosa hija llegasen a la violencia, Icario organizó una justa deportiva en la que el vencedor ganaría también el derecho a casarse con Penélope.
El triunfador en el singular torneo fue Odiseo (Ulises), el joven rey de Ítaca que ya era famoso por su valor, sabiduría y astucia; y quien haría honor a su fama durante la guerra de Troya, en la que ideó la estratagema del gigantesco caballo de madera, hueco, dentro del cual se ocultaron decenas de combatientes griegos que sólo así pudieron entrar en la inexpugnable ciudad cuyas murallas y diques habían sido construidos por Apolo y Poseidón.
Penélope se enamoró profundamente del esposo que le tocó en suerte, pero al poco tiempo, cuando apenas había dado a luz a su único hijo, Telémaco, su amado Odiseo tuvo que marcharse a la guerra de Troya. Con paciencia y fidelidad Penélope esperó al esposo que peleaba en lejanas tierras. Y después de diez años de separación ella recibió con mucha alegría la noticia de que la guerra de Troya por fin había terminado y que los príncipes y reyes vencedores y sobrevivientes estaban regresando a sus hogares. Sólo Odiseo no regresó, pues, como narra Homero en La Odisea, los dioses le extraviaron el rumbo para castigar su soberbia, y el rey de Ítaca quedó atrapado en un sinfín de dificultades y fantásticas aventuras.
Entretanto, Penélope, quien con el pasar de los años se había puesto muchísimo más hermosa y deseable como mujer, esperaba a su amado esposo que tanto tardaba en regresar. Para entonces y desde hacía mucho tiempo, muchos príncipes y nobles querían casarse con ella. De hecho, los numerosos pretendientes invadieron la isla de Ítaca y se establecieron allí, tratando de convencer a Penélope de que Odiseo había muerto, que era inútil seguir esperándolo, que ella estaba desperdiciando su espléndida madurez…
No obstante, el corazón le decía a Penélope que su amado Odiseo vivía, en tanto que su conciencia moral le aconsejaba mantener su fidelidad. Hasta que, cansada por el asedio de sus pretendientes, Penélope les prometió que cuando terminara de tejer el vestido que estaba preparando para la mortaja de su anciano suegro, el noble Laertes que en cualquier momento podría morir, ella escogería a uno de ellos por esposo.
Sin embargo, aquella promesa de Penélope era sólo una estratagema para darle largas al asunto. De manera que dcada noche deshacía lo que lentamente tejía en el curso del día, y así fue pasando el tiempo hasta que se agotó la paciencia de los ansiosos pretendientes. Pero a mi se me terminó el espacio disponible y tendré que concluir esta historia la próxima semana.