Iván de Jesús Pereira*[email protected]
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Problemas de la candidatura Montealegre
Iván de Jesús Pereira*
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Recientemente un amigo, con esa sabiduría digna de uno de los siete sabios de Grecia, decía que Eduardo Montealegre es un santo sin procesión y que el PLC es una procesión sin santo.
Esa metáfora tan nicaragüense capta a mi manera de ver de forma magistral el drama del Partido Liberal. Todas las encuestas señalan a la cabeza de la simpatía popular al licenciado Montealegre, pero al mismo tiempo no se logra ver alrededor del mismo una verdadera organización que garantice el éxito de la futura campaña.
Es obvio que esa maquinaria la tiene el PLC, y que a esta altura se torna indispensable una negociación entre estas dos corrientes del liberalismo. El obstáculo de la misma estriba en un problema. ¿Cómo salvarle la cara al licenciado Eduardo Montealegre para que se siente con el PLC y llegue a una negociación en la que nadie pueda decir que fue escogido por el doctor Alemán?
El otro lado del dilema es: ¿Cómo garantizarle al doctor Alemán lo mínimo a lo que puede aspirar, como es la seguridad de su familia y su persona?
En medio de estas dos posiciones, que pueden ser conciliables, se encuentra el gran muro de contención: el entorno al doctor Alemán, algunas de esas gentes que ha estado siempre al lado del caudillo custodiando “los sellos del partido” y cuyas caras el pueblo nicaragüense las ha identificado como corruptos.
De ninguna forma el licenciado Eduardo Montealegre puede salir cargando a la mayoría de dichas personas. Lo contrario sería condenar de antemano su candidatura. Quizás con el tiempo, y en una segunda camada, podrían algunos de ellos ser reubicados en puestos de segunda o tercera línea, pero aspirar a seguir ostentando el protagonismo político es cosa de sueños. Están sepultados, tanto por sus actuaciones como por la opinión pública.
El otro problema de la candidatura Montealegre es lograr balancear su fórmula. Sus antecedentes son impecables, desciende de una familia que desde el siglo XIX ha sido de lo más distinguido del país. Conectado por los cuatro lados de su estirpe como diría el doctor Cuadra Pasos, con esas familias liberales y teniendo intereses muy marcados con la banca nicaragüense, Eduardo Montealegre es un fino representante de esa clase.
Joven, discreto, de lenguaje mesurado, con una impresionante carrera política, pero con un discurso poco apasionado, pareciera reunir todo lo que se necesita para ocupar la primera magistratura de la nación. Pero insisto: la fórmula. Hay un objetivo al cual el liberalismo no puede renunciar y es la necesidad de disminuir la brecha entre una minúscula élite dominante y la mayoría de un pueblo que navega en el desempleo y el hambre.
Si Eduardo Montealegre escoge como fórmula a uno de su clase, el mensaje que estaría dando al electorado sería muy elitista. Se necesita alguien con sensibilidad social, alguien que represente las aspiraciones de ese pueblo sufrido, que ha peleado por esta democracia, pero que necesita oportunidades concretas para salir adelante.
La historia contemporánea de los vicepresidentes en Nicaragua ha sido desastrosa. El escritor Sergio Ramírez con Ortega, el doctor Virgilio Godoy con doña Violeta, el ingeniero Enrique Bolaños con el doctor Alemán y el doctor José Rizo con don Enrique. Todos terminaron frustrados al haber sido marginados llegando en franca oposición a su pareja.
Se necesita un compromiso del más alto nivel nacional o internacional del candidato que garantice que el próximo vicepresidente sea el rector del gabinete social. Es decir tendría un papel claramente asignado, beligerante y una responsabilidad histórica y política.
Y es ahí donde la búsqueda de esa persona sensible, que puede ser del género femenino, o una persona mayor, de mayor experiencia que el candidato, se hace indispensable para producir un tiquete victorioso.
* El autor es abogado