Prebenda: prostitución intelectual

Mauricio Blandón *[email protected]

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Prebenda: prostitución intelectual


Mauricio Blandón *
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En su libro más reciente, el renombrado comentarista político Carlos Alberto Montaner se refiere al prebendarismo y clientelismo como dos de los enemigos de la libertad. (La libertad y sus enemigos. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2005). Su lectura me atrajo mucho.

También lo hizo el artículo Todos quieren ser congresistas, del semanario Tiempos del Mundo (edición centroamericana del 15 de diciembre del 2005). “El Congreso es una de las instituciones con menos credibilidad en América Latina; la imagen de los diputados suele ser muy negativa”, dice el periodista Ronald Álvarez. “Sin embargo, las mieles del poder tientan a algunos políticos y ciudadanos comunes que en cada período electoral se inscriben para lograr un escaño”, concluye Álvarez. En otras palabras, la ilusión es un “hueso” bien pagado y las prebendas (auto, combustible, chofer, secretaria, asesores, fondos constantes y sonantes fuera de toda fiscalización, etc.).

El pueblo ve entonces que en esas personas no existe un verdadero espíritu de servicio a la comunidad, por lo que al final todos nos preguntamos: ¿de quién son representantes?

De manera que no podía dejar pasar la oportunidad de analizar, con unos amigos, algunas ideas expuestas en ambas publicaciones. En una improvisada plática sobre el sabrosamente amargo tema de la política criolla, uno de ellos afirmó que el prebendarismo algunas veces llega a ser prácticamente una prostitución intelectual. El razonamiento fue que si una persona apoya a un determinado líder, a pesar de que ella misma tenga una posición ideológica diferente e incluso antagónica, entonces es como si estuviera vendiendo su intelecto.

Algunos afirmaron que se trata de un tipo bajísimo de prostitución, pues se vende lo más básico y grandioso que tiene el individuo, y lo que le diferencia del resto de seres vivientes: su facultad de razonar, de soñar. Al vender esto, queda entonces reducido a animal irracional. Otro fue incluso más allá: se trata de una castración intelectual. “El intelecto ya no produce; simplemente obedece al llamado líder”, dijo. Alguien agregó que el calificativo tiene sentido cuando se trata del fenómeno del caudillismo.

Surgió igualmente el razonamiento, muy interesante por cierto, de que para ser feliz uno debe tratar por separado los diferentes aspectos de su vida. Aspectos que son como el aceite y el agua: nunca llegan a mezclarse. Por ejemplo, se dijo que “si te casás con una mujer porque tiene reales, la canteaste. También así es en la política: si la mezclás con réditos económicos, la canteás. Sos entonces un infeliz que ha destruido sus anhelos políticos de una mejor sociedad, de legar un mejor país a tus hijos. La satisfacción que sentís al luchar por estos aspectos individuales se te va y muchas veces cuando te das cuenta ya es tarde. Vienen entonces los divorcios y remordimientos de conciencia”.

En esto intervino otro amigo: “Imaginá cómo se sentirán en el fondo los diputados pactistas cuando votan ‘en consenso’. Esa babosada no es otra cosa que la orden del jefe”.

Una vez concluida la charla política y dicho adiós a mis amigos, se me vino un pensamiento: ¿Es que los políticos pactistas podrán decir, al final de su existencia, lo que afirma en un bello poema el poeta mexicano Amado Nervo?: “¡Vida, estamos en paz!”.

* El autor es economista

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