Alberto L. Alemán Aguirre
Pocas noticias pueden haber sido mejores que la elección de Michelle Bachelet como presidenta . Su impacto no es solamente político, sino que también es social, cultural y de género, y esa influencia trasciende los límites de ese larguirucho y angosto país que es Chile e impregna al resto de América Latina.
Es llamativo que en un país tan machista y tan conservador hasta al punto de haber aprobado apenas en el año 2004 una ley de divorcio —cuesta imaginárselo de un Estado en otros aspectos tan moderno—, fuesen dos mujeres las principales rivales para ser el candidato presidencial de la Concertación Democrática. Al final, Bachelet se impuso a la ex canciller Soledad Alvear. Una verdadera disputa interna de lujo que dados los méritos de ambas, suena a fantasía pura en el desierto intelectual y moral de la clase política nicaragüense.
La vida y la carrera de la ex Ministra de Salud y Defensa es impresionante. Con tenacidad, paciencia y capacidad esta médico pediatra logró subir los escalones de una carrera política y administrativa. No debió ser nada fácil para alguien con tantos “pecados” a los ojos del conservadurismo de su sociedad: separada dos veces, madre soltera con tres hijos, agnóstica y socialista. Por otro lado, su vida es igual a la de miles de chilenos comunes que sufrieron el exilio y la represión del criminal régimen de Augusto Pinochet. Su padre, un ex general fiel a Salvador Allende, murió por las torturas de los militares del dictador, como los progenitores de tantos otros.
Era ella sin duda un excelente candidato para una coalición de gobierno con 16 años en el poder —no obstante el 75 por ciento de aprobación del presidente Ricardo Lagos—, lo que no menoscaba sus méritos propios.
“Es vista como capaz, independiente económicamente, tuvo un padre a quien mataron, murió en el cárcel, ella estuvo presa, se fue al exilio, volvió, hizo un recorrido no muy distinto de otros que vivieron la represión. Es médica, es culta, sabe idiomas, simboliza la reconciliación del país pero no por decreto sino en la práctica, fue Ministra de la Defensa”, estima Carmen Torres, directora del chileno Instituto de la Mujer. Para Torres y otros analistas, Bachelet une en sí una reconciliación de Chile con su pasado y una visión del futuro.
Desde marzo, será la única presidenta de América Latina; ha sido la primera elegida en Sudamérica. Hay que echar un vistazo a algunos datos para comprender aún mejor la importancia de su victoria.
Chile, un modelo para la región con seis por ciento de crecimiento en 2005, es el país de América Latina con la más baja tasa de mujeres activas (solamente el 42 por ciento) y las mujeres ganan 40 por ciento menos que los hombres, según datos proporcionados por Torres.
Es también un país campeón de la violencia conyugal: una de cada cuatro mujeres ha sido golpeada por su marido o ha sido víctima de malos tratos sicológicos. Las jefas de empresa o ejecutivas son menos que en Argentina o Brasil y pocas tienen puestos de responsabilidad en los medios de comunicación o el mundo político.
Esa situación no es radicalmente diferente en el resto de América Latina. En Centroamérica, también hay menos mujeres en los negocios, en puestos directivos de la administración, en la política —al menos en Nicaragua, afortunadamente, tuvimos ya una presidenta—, persisten situaciones de violencia intrafamiliar y en general, las mujeres perciben salarios inferiores a los de los hombres. La injusticia y la discriminación son el pan diario para millones de ciudadanas desde México a Argentina.
En Nicaragua, la violencia en contra de mujeres es aún un delito que queda impune por lo general, y según la Red de Mujeres Contra la Violencia, el país ha retrocedido legalmente.
De junio del 2004 a enero del 2005, esa organización registró que de 70 mil casos denunciados por mujeres víctimas de violencia, sólo el 12 por ciento recibieron una sentencia definitiva, reportó LA PRENSA a finales del año pasado.
Desde luego, nadie espera que solamente con la llegada al poder de Bachelet, las cosas vayan a ser diferentes automáticamente en Chile. Faltan cambios de actitud, mentalidad, de educación familiar y socioeconómicos para que la situación de la mujer mejore. Y lo mismo se puede decir del resto de América Latina. Pero su victoria, simbólica en varios planos, contribuirá sin duda a resquebrajar las estructuras del machismo discriminador en su país.
Por último, el resultado de los comicios chilenos no despierta los recelos y la incertidumbre que generan Evo Morales o Hugo Chávez. Es encomiable que su triunfo sea el de un político representante de una izquierda moderna, moderada y que respeta plenamente la economía de mercado y los principios democráticos. Una izquierda que ha contribuido significativamente a hacer de su país un Estado moderno. Es “una líder del siglo XXI”, como la llamó el diario The Washington Post.