La guerra de las bancadas

Guillermo E. Miranda

La recien pasada guerra de las bancadas por el control de la Directiva de la Asamblea Nacional, dejó perdedores y ganadores. Uno de los perdedores fue Eduardo Montealegre.

Hace aproximadamente un año, un amigo me pidió que le elaborara un perfil con un análisis sobre las posibilidades políticas del licenciado Montealegre, petición a la que gustosamente accedí. En dicho análisis incorporé algunos elementos que a mi juicio podrían ayudarlo en las múltiples y complejas decisiones que tendría que tomar en el camino que lo llevaría a la Presidencia de la República. Entre otras cosas, le expuse que lograr ser considerado candidato a la Presidencia es cosa relativamente fácil; que el camino que conduce al sillón presidencial está empedrado de buenos candidatos; que el secreto consistía en no sólo ser considerado un buen candidato, sino también el mejor candidato. Y que la diferencia sólo se logra con un buen equipo de asesores y operadores políticos.

Agregué que no cabía duda de que Eduardo Montealegre tenía claras ventajas sobre sus adversarios, ya que nuestra sociedad por su idiosincrasia siente respeto y admiración por ciertas personas que son miembros de algunos clanes familiares, que ya sea por su tradición política, condición económica o por ser benefactores de sus comunidades, se convierten a los ojos del pueblo en personajes muy por encima de los demás y que de antemano se les precalificaba de honorables, inteligentes, etc.

Puse como ejemplo algunos apellidos como los Mántica, Pellas, Chamorro, Montealegre. En fin todas aquellas familias que son consideradas, según el maestro León Núñez, primera de primera. Lo que no dije a Eduardo, porque pensé que él lo comprendería, es que ese activo familiar lo tendría que complementar demostrando que estaba preparado para ser un buen presidente y esto sólo se lograba rodeándose de un buen equipo en todos los sentidos. Esto excluye a los aduladores, a los que piensan y actúan con el hígado o con el corazón y, por qué no decirlo, alejando a los oportunistas y vive bien que siempre rodean a los presidenciables.

Desgraciadamente para las aspiraciones de Montealegre, hasta ahora únicamente ha demostrado no estar políticamente preparado para ir identificando, analizando y dándole respuestas acertadas a los escollos que se le han ido presentando en su relativamente corta carrera política.

René Herrera, magistrado del Consejo Supremo Electoral, expresó en una ocasión que no comprendía cómo en aquella gran convención del PLC, Eduardo Montealegre dejó ir la oportunidad de convertirse en el gran candidato del Partido Liberal Constitucionalista, aún contra el escepticismo de Arnoldo. Este error de cálculo político lo obligó a salir a pescar en otras aguas.

El artículo Impaciencia dañina del periodista Eduardo Enríquez, enfocó de manera magistral el episodio vivido alrededor de la pugna por el control de la Asamblea y puso en evidencia una vez más que Eduardo calculó mal y escuchó los consejos equivocados. Como representante del Partido Resistencia Nicaragüense ante el consejo político de la ALN-PC, me opuse rotundamente a que apareciéramos apoyando y mucho menos votando junto al FSLN. Mi humilde opinión era que ese costo político Montealegre lo iba a pasar pagando por los próximos diez meses de campaña electoral.

En honor a la verdad y para que quede constancia histórica, debo decir que los únicos que me apoyaron fueron los representantes del PLI, quienes expusieron que nuestra alianza era para ganar las elecciones presidenciales y no de la Asamblea. Como anécdota debo decir que hubo un presidente de partido que dijo que Eduardo Montealegre era de teflón y que nada lo dañaba. Al respecto, consulté con un amigo y me dijo que para un soplete no hay teflón que valga y hay asesores que actúan como dos sopletes.

El autor es analista político y dirigente nacional del PRN.

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