Juigalpa a la deriva

Guillermo Rothschuh [email protected]

A Juigalpa le aquejan tres grandes males: carece de un buen mercado, de agua potable y aguas negras. Tres padecimientos crónicos que se traducen en un fuerte dolor de cabeza para los habitantes de una ciudad que sigue creciendo (36 barrios en total), y padeciendo de sed. El agua potable se introdujo en 1959. Los primeros pozos ubicados frente al viejo rastro municipal no fueron capaces de abastecer a la ciudad. Los trabajos de perforación estuvieron a cargo del ingeniero Ernesto Gutiérrez, quien manifestó que Juigalpa estaba asentada sobre una enorme roca, por lo que el manto friático era demasiado delgado. El agua se escurría hacia el Lago Cocibolca. Después el agua se trajo de Las Limas (1963) de don Luis Felipe Báez.

Desde entonces los servicios han sido deficitarios y quienes más han sufrido son los habitantes de la periferia. Con el mercado ocurrió algo similar. Se construyó entre 1972 y 1973. Un reducido local que no prestaba condiciones. La terminal de buses se trasladó del costado norte de Catedral hacia el nuevo mercado, ubicado detrás de las oficinas de la vieja sede de la Alcaldía Municipal. Hoy los problemas se han agravado y la crisis se ha empeorado.

Los juigalpinos vienen arrastrando estos tres males cuyas implicaciones negativas todos resentimos. El problema del agua potable persiste y el del mercado también. Las soluciones no llegan y cuando aparecen llegan tarde y mal. El agua potable piensan traerla del Lago Cocibolca. El proyecto existe como tantos otros. El desafío es traducirlo a la práctica. El problema de las aguas negras tampoco se ha resuelto pese a que ha formado parte de los programas de Gobierno de diferentes alcaldes. Juigalpa hiede por todos sus costados. La carencia de agua potable y aguas negras se multiplica por cinco: crea problemas ambientales; el ornato de la ciudad se ve fuertemente afectado; el turismo no llega porque la ciudad carece de agua; los inversionistas no cuentan con la infraestructura necesaria y además persiste un fuerte problema de salud pública. El agua hedionda se escurre por las cunetas y en ciertos sectores, especialmente en los barrios pobres, las charcas son enormes y los habitantes de la zona tienen que aprender a convivir con esta hediondez que pone en peligro su salud.

El problema del mercado es más grave aún. El mercado central se edificó durante la gestión edilicia de don José Zambrana Díaz (1972-1977). Cuando terminó de construirse bajo la dirección del maestro de obras Manuel Rodríguez, no reunía las mínimas condiciones para una ciudad en crecimiento exponencial. Juigalpa contaba con once mil habitantes y el área construida ni siquiera llegaba a un cuarto de manzana. Lo digo con conocimiento de causa. Siendo estudiante universitario y dirigente de los Comités de Barrios, los trabajadores (albañiles y carpinteros) decretaron una huelga porque el pago no llegaba a tiempo y no era el adecuado. Pidieron que intercediera a su favor y luchamos (la huelga duró tres semanas) hasta conseguir una solución satisfactoria. Roque Romero, Víctor López, Candelario Leiva Hurtado y Orlando “Caballo Blanco”, como dirigentes depositaron su confianza en el joven que era yo en aquel entonces y pese a las amenazas de cárcel salimos airosos.

Hoy la espada pende sobre la yugular de las vendedoras. Se les piensa trasladar a un local que no presta las condiciones adecuadas para que ellas puedan subsistir dignamente. Se construyó una terminal altamente cuestionada cerca del puente La Tonga. Transportistas y mercaderas tienen la razón. El lugar en donde pretenden ubicarlos no es el más adecuado. La construcción de la terminal quedó tan, pero tan mal, que el actual alcalde Rito Siles la está remodelando. Está más próxima a un centro comercial, que a un mercado de frutas, verduras y comidas.

En condiciones precarias su negativa a trasladarse resulta obvia. Yo tampoco lo haría. Se resisten a ubicarse en un lugar estrecho y lejano de la terminal de buses. La situación es tan difícil que ha llevado a la quiebra a algunas mercaderas. Doña Olivia Sequeira perdió su casa. Findesa la ejecutó. La posición que han asumido es cautelosa. Con una contradicción. El mercado no resiste ni un vendedor más. Tampoco presta condiciones para continuar bajo su alero. Están instalados 93 vendedores matriculados y 150 vendedores ambulantes. El flujo promedio vehicular es de 75 a 80 buses diarios, según Rodolfo Briceño, de la Cooperativa Cotlántica. El argumento principal para ser bien reubicadas es que junto a la terminal de buses nacieron las vendedoras. Un alegato irrebatible de Esmilce Díaz, presidente de la directiva del mercado y quien heredó de su abuela Estebana la tradición de continuar vendiendo comida en este local.

El alcalde Siles tiene un gran reto. La ciudadanía espera lo asuma de la manera más justa. Transportistas y mercaderas no pueden ser víctimas de la falta de visión y sensibilidad del anterior Gobierno Municipal. En situaciones como éstas se prueban los liderazgos. Tiene que encarar los problemas con ecuanimidad y justicia. Juigalpa no puede continuar padeciendo sed ni aguantando hedor. El traslado del mercado lo programó Chaco Deleo hace doce años. Juigalpa cuenta ahora con ochenta mil habitantes y el mercado es un cuchitril. En otras palabras ya colapsó.

El autor es decano de la Facultad de Comunicación de la UCA.

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