Alejandro Serrano Caldera
La muerte de Julián Marías, el último gran discípulo de José Ortega y Gasset, ocurrida el pasado 15 de diciembre, y el artículo de Mario Vargas Llosa, La rebelión de las masas, LA PRENSA, 11 de diciembre de 2005, en homenaje a los cincuenta años de la muerte del filósofo español (1955) y a los setenta de la aparición del libro más difundido, traducido y polémico de Ortega (1930), me llevan a escribir de nuevo sobre este pensador, cuyo impacto en la cultura de lengua española ha sido incuestionable, sobre todo en la primera mitad del siglo XX.
En lo personal, La rebelión de las masas, pese a las reservas que pueda ahora tener por algunas de sus rotundas afirmaciones, tiene para mí un valor afectivo y sentimental; fue el primer libro de Ortega y Gasset que compré y leí durante mis años de estudiante en Europa. Junto a mi nombre que escribí en la primera página, hoy amarillenta, aparecen el lugar y la fecha: París, agosto, 64. Era la decimoquinta edición de Espasa-Calpe en la Colección Austral, aparecida en 1961.
Ortega fue un pensador de gran inteligencia y audacia y un escritor con una prosa deslumbrante en el manejo de las ideas, muchas veces certero y profético, algunas otras excesivo y arrogante en donde la brillantez de su escritura deja, en ocasiones, una cierta sensación de superficialidad y vacío. Lo cierto es que nadie que lo lea queda indiferente ante su pensamiento, pues tiene la virtud de atrapar al lector y de hacerlo sentir copartícipe, o cómplice, de sus razonamientos, intuiciones y profecías.
A diferencia de Sartre que no sólo estaba convencido de lo que decía y hacía, sino que además no le alteraba que los demás creyeran o no lo que pensaba y decía, independientemente que defendiera en forma encarnizada sus puntos de vista, en Ortega, tengo la impresión, había una fuerte amargura e irritación por no ser comprendido y reconocido por sus contemporáneos y que sus ideas, dichas no pocas veces en forma precursora, fueran reconocidas posteriormente en los escritos de otros pensadores. Esto ocurrió en ciertas ocasiones y de ello hay testimonio en sus libros.
Quizás uno de los hechos más extraordinarios de su pensamiento, no reconocido suficientemente todavía, haya sido su preocupación y profecías sobre Europa. Ortega y Gasset es el pensador que de manera más clara y directa planteó la Unión Europea, tal como Mario Vargas Llosa lo resalta en su artículo de LA PRENSA, cuando expresa que “Esta propuesta audaz de Ortega a favor de la Unión Europea que sólo medio siglo más tarde comenzaría a tomar forma es uno de los más admirables aciertos del libro y una prueba de la lucidez visionaria de que hizo gala a veces su autor”.
Y el mismo Ortega y Gasset, en muchas partes de su libro y, específicamente, en el Prólogo para los franceses dice: “Ha sido el realismo histórico el que me ha enseñado a ver que la unidad de Europa como sociedad no es un ideal, sino un hecho y de muy vieja cotidianeidad. Ahora bien, una vez que se ha visto esto, la probabilidad de un Estado general europeo se impone necesariamente… La figura de ese Estado supranacional será, claro está, muy distinta de las usadas, como, según en esos mismos capítulos se intenta mostrar, ha sido muy distinto el Estado nacional del Estado-ciudad que conocieron los antiguos”.
Posteriormente, en septiembre de 1949, planteó de manera específica el tema de la unidad europea, en su conferencia, De Europa meditatio quaedam, pronunciada en Berlín Occidental en esa fecha y que fuera recogida junto con otros escritos sobre el tema por la Colección El Arquero, de la Revista de Occidente en un libro póstumo cuya primera edición apareció en 1960, con el título Meditación de Europa.
En efecto, y en una parte de la obra dice: «Otra vez, y más que ninguna otra vez, el genio histórico tiene ahora ante sí esta formidable tarea: hacer avanzar la Unidad de Europa, sin que pierdan vitalidad sus naciones interiores, su pluralidad gloriosa en que ha consistido la riqueza y el brío sin par de su historia”.
Creo, como expresa Vargas Llosa en su artículo, en la existencia de un pensamiento liberal en Ortega y Gasset en lo que se refiere a la “Defensa del individuo y sus derechos soberanos, de un Estado pequeño y laico que estimule en vez de ahogar la libertad individual, de la pluralidad de opiniones y crítica”… liberalismo que, como expresa Vargas Llosa, “no va acompañado con la defensa de la libertad económica, del mercado libre, un aspecto de la vida social por la que Ortega siente una desconfianza que se parece al desdén y sobre la cual muestra a veces un desconocimiento sorprendente en un intelectual tan curioso y abierto a todas las disciplinas. Se trata, sin duda, de una limitación generacional”.
En realidad no creo que haya sido por desdén, desconocimiento o refinamiento cultural que excluye la actividad económica como groseramente material lo que haya determinado en Ortega prescindir de lo que se denomina el liberalismo económico. Creo que de vivir hoy, posiblemente habría rechazado los fundamentos y las consecuencias del neoliberalismo y la globalización, no por la universalidad de sus efectos, sino por la uniformidad y el aplanamiento de la cultura y valores que estas prácticas, tal como se llevan a cabo actualmente, producen. Para usar un término de Octavio Paz, diríamos que ante la uniformidad que no une hay que buscar lo que una sin uniformar, pues en esa uniformidad, se estaría reproduciendo el hombre homogéneo, el hombre masa ante el cual reaccionó tan vigorosamente Ortega y Gasset.
Creo que el espíritu general de la obra de Ortega y Gasset se orienta a la recuperación del individuo en su plena humanidad por encima de las abstracciones de la historia, sean estas el Estado absoluto o el mercado total. Lo fundamental de su pensamiento es la “Razón Vital” por la que todo aquello que uniforme o subordine la libertad esencial de la persona debe ser rechazado y, en todo caso, adecuar los mecanismos políticos, económicos y sociales, al verdadero sujeto y destinatario de la historia que es el ser humano.
El autor es filósofo nicaragüense