Matar a un tirano

Moisés Daniel Pérez Díaz

Soy de los que piensan que Anastasio Somoza García no fue un modelo como jefe de Estado en lo que toca al respeto de los derechos humanos, mucho menos pienso que se puedan justificar sus métodos represivos para mantenerse en el poder. Ciertamente en aquél contexto histórico, las cosas habían llegado a un extremo en el que urgía hacer algo.

Rigoberto López Pérez, un patriota que soñaba con una Nicaragua distinta, consideró que la mejor manera de acabar con los problemas del país era cortando el mal de raíz. Para ello tramó, junto a otros, un atrevido plan para asesinar a Somoza. En la acción, Rigoberto murió luego de disparar mortalmente contra el dictador.

Nunca será justificable la violencia, ni el recurso al asesinato, para liberar a un pueblo de la opresión, si bien es cierto que la lucha armada puede ser un recurso extremo cuando se han agotado todas las vías de solución. Asesinar a Somoza no solamente no acabó con la situación de opresión que se vivía, sino que desencadenó una escalada de violencia y crueldad, de parte de los herederos de la dinastía. Aparte que la “estirpe sangrienta” (como la llamaría Pedro Joaquín Chamorro) se perpetuó veintitrés años más.

La acción de Rigoberto López debe recordarse, a mi modo de ver, como el intento valiente y audaz de unos hombres que consideraron que matar a Somoza sería lo mejor. Pero Rigoberto olvidó o no consideró el hecho de que pretender instaurar una era de tolerancia, respeto y libertad en Nicaragua sobre la sangre de un hombre, fuese quien fuese, era igual a decir que “el fin justifica los medios”.

Lo que quiero plantear con estas líneas es simple. El señor alcalde de nuestra capital ha proyectado hacer un monumento a Rigoberto y su gesta, el que ya está en construcción. Ante ese hecho me pareció importante compartir con los lectores de LA PRENSA mi opinión.

Creo que dotar a nuestra capital de monumentos que exalten valores que estimulen y sean referencia para las futuras generaciones es algo necesario y digno de estimular. Pero precisamente, un monumento a Rigoberto López, en estos tiempos en los que los nicaragüenses luchamos por construir una Nicaragua mejor (a pesar de que hay gente que se está encargando de entorpecer tal cosa), me parece que es inoportuno y descontextualizado.

Un monumento a Rigoberto López es exaltar la violencia como medio de solución ante situaciones de opresión, es decir que para imponer mis ideas puedo recurrir al uso de un arma y hacer justicia por mis propias manos. Imagínense ustedes qué pasaría en este momento coyuntural, si alguien hiciera lo mismo que Rigoberto y usase un arma para eliminar a aquellos personajes de nuestra cultura política que le pareciesen un estorbo para la democracia. No quiero ni pensar en las consecuencias de eso. ¿Cuántos políticos o funcionarios públicos caerían presa de la bala de algún ciudadano cansado de que nos miren la cara de ya saben ustedes qué?

Por otro lado, me parece que en Nicaragua se debe más bien exaltar a aquellos personajes que intentaron hacer un país mejor desde otros medios de lucha. Rigoberto López fue, al final de cuentas, un victimario, ¿por qué mejor no exaltar a aquellos que fueron víctimas del totalitarismo y nos legaron un testimonio de lucha patriótica? Jamás se podrá hacer justicia usando métodos violentos.

En fin, un monumento a Rigoberto López, es afirmar que la violencia es el único recurso para hacer justicia. Sería como decir que se puede hacer uso de medios cruentos para proponer ideas. Sería excluir al diálogo y otras formas de lucha no violentas.

Estas ideas expresadas por escrito sólo pretenden ser un pequeño aporte ante la decisión de parte de nuestro “más alcalde” de llevar adelante dicho monumento, mismo que no va a dejar de construirse por esto que digo, pero no quiero callar ante el hecho. Creo que los nicaragüenses tenemos el derecho de expresarnos cívicamente cuando no estamos de acuerdo con las decisiones de nuestros gobernantes.

Sé que no soy el único que piensa así, también sé que muchos no estarán de acuerdo conmigo, y tienen todo el derecho. Pero créanme cuando les digo que jamás usaré un arma para blandirla en contra de alguien que no piense como yo, porque estoy convencido que sólo el diálogo y el consenso construyen ciudadanía y no la fuerza de las armas. Ojalá en Nicaragua no tenga que haber más Somoza García ni los consiguientes Rigoberto.

El autor es sacerdote católico.

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