Emilio Álvarez Montalván
Ha sido una deplorable actitud en la historia de la medicina tratar como tabú a ciertas enfermedades en el inútil afán de negar su impacto social. Ello incluye abstenerse de hablar abiertamente de su origen, naturaleza, propagación, prevención y tratamiento, apoyándose en la ignorancia y los prejuicios. En el fondo se tiene miedo a reconocer una realidad que nos incomoda . Eso pasa con la “grisi siknis” de nuestra costa caribeña, que es en el fondo una protesta por las deplorables condiciones de vida en aquella región. Felizmente el adelanto científico y la secularización y mayor sensibilidad han venido ganando la partida, sacando del closet a la enfermedad tabú y facilitando su curación, cuando la hay.
En nuestro país han sufrido tabú cinco patologías, de las cuales cuatro superaron el secuestro, quedándonos el VIH-sida. Los leprosos por ejemplo, eran segregados suponiéndolos víctimas de maleficios. Quien demostró su origen infeccioso fue el médico noruego Gerhard Hansen al descubrir al bacilo responsable. En Nicaragua rompió la discriminación de esos enfermos, el filántropo Juan de Dios Matus. Hoy en día la penicilina acabó con la separación de los leprosos, al perder éstos el estigma del contagio.
Otro caso de enfermedad tabú fue la tuberculosis pulmonar, cuando se presentó una endemia de “peste blanca” a principios del siglo XX se le atribuyó a desnutrición severa. De ahí que familias afectadas mantenían ocultos a sus enfermos porque temían reconocer sus limitaciones, situación esperable por las frecuentes guerras civiles que asolaban al país. Posteriormente los afectados eran alojados en pabellones aislados de hospitales generales (sala Cabrera) o en sanatorios (Aranjuez). No obstante, las radiografias en campañas nacionales y empleo de antibióticos disminuyó dramáticamente la frecuencia de la tisis en nuestro país , aunque su incidencia es todavía importante.
A su vez, los pacientes con cáncer eran considerados desahuciados, porque los síntomas se revelaban tarde, pues les “apenaba” aceptar que sufrían de lesiones malignas. El único recurso era entonces la cirugía, que llegaba tarde. Actualmente, las biopsias periódicas, las endoscopías, radioterapia y quimioterapia permite acudir oportunamente y quitar al cáncer de la lista de enfermedades tabúes .
Con ese enfoque de retraimiento hace apenas 25 años los enfermos mentales eran escondidos porque desprestigiaban. Se crearon así términos ambiguos como neurastenia, histeria y excentricidad cuando había que reconocer obvios desequilibrios psicológicos. Hubo una época en que los psicóticos eran encadenados o sometidos a choques eléctricos para aquietarlos, mientras los parientes atribuían a espíritus malignos los síntomas del trastorno mental. Hoy en día esos pacientes reconocen que toman antidepresivos o sales de litio para controlarse.
Finalmente tenemos al VIH-sida considerado aquí todavía como enfermedad tabú, cuya expansión en Nicaragua es alarmante, pues el ritmo de su propagación es parecido al presentado en África en 1980. Sin duda que falta en nuestro medio más investigación e información sin tapujos, distribución de medicamentos y compasión para quienes sufren VIH-sida. Por ello es encomiable la campaña mantenida por doña Arely Cano.
Lo duro del caso es que no existe tratamiento eficaz para erradicar al dañino retrovirus y la costosa medicación apenas retarda cuando más, la aparición de complicaciones. En los portadores además persisten prejuicios, como afirmar que sólo los homosexuales padecen o transmitan el VIH-sida , cuando bisexuales y heterosexuales pueden adquirirlo y traspasarlo, existiendo además otras vías de adquisición, como transfusiones y a través placentario. Debemos estar claros que la prevención es lo único seguro para detener a esta enfermedad que se extiende como un tsunami silencioso. Me refiero a la abstinencia sexual y a la protección.
Cada recurso tiene sus ventajas y desventajas, quiero decir sus facilidades y limitaciones . Por ello, fue oportuno el aviso en LA PRENSA de una firma bancaria, anunciando la donación de cincuenta mil preservativos. En resumen, no debemos tratar a las enfermedades como materia tabú como hacemos con el VIH-sida, pues facilitamos su propagación y castigamos a inocentes.
El autor es médico oftalmólogo.