Eduardo Enríquez
Desde el primer momento que lo supe vi que era un error. ¿Para qué quería Eduardo Montealegre formar una bancada en esta legislatura? ¿qué provecho le podía traer?
En aquel momento me constesté que ningún provecho podría traer esa “bancadita” de la Alianza Liberal Nicaragüense-Partido Conservador (ALN-PC). Esta semana los hechos me dieron la razón.
Pero ¿por qué un político que tiene buenas posibilidades de ganar las elecciones presidenciales porque supuestamente representa un cambio, una manera diferente de hacer las cosas, quiere envolverse, llenarse, embadurnarse de todo lo que supuestamente quiere cambiar?
¿Por qué cree don Eduardo Montealegre que él tiene que aparecer ahora en el panorama político, cuando él debe estar pensando en el Gobierno del 2007?
Debería estar enfocado en cómo va a ofrecer a los votantes un cambio en comparación a lo que estamos viviendo con los sandinistas y los liberales constitucionalistas.
¿Qué sentido tuvo entrar a la arena partidaria ahora?
Dicen que los cementerios políticos están llenos de imprescindibles, y parece que Montealegre ha pensado que su presencia en este lodazal político que estamos viviendo es “imprescindible”. ¿Por qué? No me pregunten a mí, porque no lo sé.
Sin embargo, es evidente la impaciencia que él, y sus asesores o asesoras, tienen por manosear el poder. Son incapaces de esperar su turno con calma, con una buena estrategia, con objetivos y planes bien pensados y bien ejecutados. No, ellos tienen que tener las cosas ¡ya!
Este caso me recuerda —guardando las distancias y las diferencias de contexto— al de Antonio Lacayo, el ministro de la Presidencia de doña Violeta Chamorro. Si don Antonio hubiera comprendido que el año 96 no era su momento y hubiera cerrado el Gobierno junto a su suegra, en el 2001 habría sido un contendiente serio a la Presidencia. Pero no, él quería las cosas ¡ya!, y lo único que logró fue aniquilarse políticamente.
Don Eduardo, aunque no se ha aniquilado políticamente —todavía— está saliendo muy mal parado de este relajo que reina en la Asamblea Nacional actualmente.
Hay quienes dicen que es una “trampa”, porque claro, tanto los arnoldistas como los orteguistas deben estar gozando de ver cómo don Eduardo y “sus diputados” aparecen amarrados con Daniel Ortega y los sandinistas. Yo creo que más bien es torpeza y ambición política.
Ya los liberales del PLC no tienen que hablar en abstracto cuando dicen que “Montealegre sólo quiere dividir el voto ‘democrático’ para que gane Ortega”. Sólo tienen que señalar lo que ha sucedido esta semana para decir: “Ahí está el pacto” entre Montealegre y Ortega.
La realidad es mucho más complicada que eso. La torpeza y ambición de los “montealegristas” no los pone ni por cerca al nivel de los liberales del PLC que sí han pactado con el Frente Sandinista y le han entregado todo el poder a cambio de la esperanza de que su “máximo líder” sea liberado.
Sin embargo, el punto es que Montealegre ha creado una carga, se ha puesto en clara desventaja al haber creado esa “bancadita”. No sé cuánto daño le habrá causado participar en el circo legislativo de esta semana, pero si no quiere hacerse más daño, su gente en la Asamblea no debe mover un solo dedo en todo este año. Cualquier cosa que hagan “puede y será usada en su contra”, como dicen los policías en las películas gringas.