Adolfo Bonilla
El problema del transporte colectivo urbano radica en varios factores, uno de los cuales es el de los conductores de los autobuses, quienes en vez de contribuir a mejorar el servicio lo empeoran por su mal manejo de la unidad y sus malas relaciones humanas, tanto con los pasajeros como con los peatones y otros conductores en la vía. Sería perogrullada mencionar todos los abusos que estos sujetos cometen en detrimento de los usuarios, de la gente que desafortunadamente circula cerca de ellos a pie o en otros vehículos y de las leyes y disposiciones de tránsito, puesto que con frecuencia se han señalado en este prestigioso rotativo. No obstante, todo problema tiene solución, siempre y cuando existan instancias y personas interesadas en resolver de una vez y para siempre este aspecto del complejo problema del actual transporte colectivo urbano de la capital. Naturalmente que no basta con buscarle solución, sino que lo que corresponde es decidirse por una de las posibles alternativas viables y tomar las decisiones necesarias para ejecutar de inmediato el arreglo más adecuado.
Sin embargo, de nada sirve que se introduzcan nuevas unidades de transporte colectivo si los conductores van a ser los mismos y van a seguir actuando de la misma manera como lo hacen ahora.
El caso en referencia tiene varias facetas. Lo primero debe ser someter obligatoriamente a todos los actuales y futuros choferes de buses a un curso intensivo de entrenamiento para manejar una unidad que transporta seres humanos, con el fin de que no sólo se interesen en cumplir cabalmente con el itinerario establecido al respecto sino que lo más importante debe ser la seguridad y comodidad de los pasajeros, con espíritu de ayuda y servicio. Ni el usuario es enemigo del chofer ni viceversa, pues ambos se necesitan y se complementan. Además, todos los que pasen por estos cursos deben aprobar un riguroso examen dirigido por expertos que tengan experiencia en países desarrollados.
Otro elemento de capacitación debe consistir en relaciones humanas, y los que salgan de estos aprendizajes deben pasar un período de prueba con la vigilante contribución de las autoridades competentes y de los usuarios mismos. Asimismo se debe establecer la obligatoriedad para los choferes de usar uniformes y quepis (o algo similar).
Ya es hora no sólo de modernizar, sino de civilizar y humanizar este servicio a la ciudadanía. No es sólo cuestión de respeto a las demás personas, sino más que todo respeto a sí mismos de los propios conductores. Como resultado de este proceso de aprendizaje, el conductor debería de comprender que el volumen alto de un aparato de radio es ofensivo por lo menos para una parte de los pasajeros, que el abuso del uso del claxon es grosería no sólo para los usuarios sino que para todas las personas que tengan el infortunio de andar cerca a esa hora, que el no detener el autobús en las paradas designadas es una agresión a la dignidad de los usuarios, etcétera, y que el conductor que infrinja estas normas debe ser objeto de sanción, con la debida colaboración de los ciudadanos.
Es lógico que los usuarios también deben recibir orientación, pues todos somos responsables, pero hay que romper el círculo vicioso por el lado más débil. Si Nicaragua es un país subdesarrollado es porque sus ciudadanos son subdesarrollados, pero ya es hora de que todos nos comprometamos a poner nuestra parte para que este país realmente cambie. Hay que dejar de quejarse, de lamentarse y de echarle la culpa a los demás. Cada quien debe comenzar a asumir su propia responsabilidad, caso contrario esta nación estará condenada para siempre a seguir siendo la misma. Sólo nosotros tenemos la solución y somos nosotros mismos los que debemos de enfrentar el reto y aportar nuestra contribución para salvarnos.
El autor es dirigente sindical retirado.