Guy J. Bendaña Guerrero
Paul Johnson, en su libro Intellectuals (Intelectuales) nos dice que en los últimos doscientos años la influencia de los intelectuales ha crecido continuamente. El ascenso del intelectual secular ha sido un factor clave en el forjamiento del mundo moderno. Con la declinación del poder clerical en el siglo dieciocho, emergió un nuevo tipo de mentor para llenar el vacío y capturar los oídos de la sociedad. El intelectual secular puede ser creyente, escéptico o ateo. Pero debe estar listo, como un pontífice o un sacerdote, para decirle a la humanidad cómo conducir sus asuntos. El intelectual proclama una especial devoción por el interés de todos y una vocación evangélica a través de sus enseñanzas.
El filósofo español Fernando Savater —en esa línea— se pregunta: ¿Qué es un intelectual? Y él mismo se responde: “Pues alguien que alcanza fama como literato, como científico o como artista pero no se limita simplemente a su especialidad sino que utiliza su influencia sobre el público para dar su opinión sobre las instituciones sociales y las creencias vigentes de la época en que vive. A veces protesta, a veces elogia, saca defectos, señala soluciones, apoya a unos políticos frente a otros y no solamente busca la admiración de unos cuantos sino la transformación de la sociedad en que vive. Lo característico del intelectual es que no tiene más autoridad para hacerse oír que la reputación que se ha ganado en el ejercicio de su especialidad”.
Esta concepción del intelectual —que acojo— desborda las acepciones que figuran en el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua: “intelectual. (Del lat. intellectu?lis). 1. adj. Perteneciente o relativo al entendimiento. 2. adj. Espiritual, incorporal. 3. adj. Dedicado preferentemente al cultivo de las ciencias y las letras. U. m. c. s.”
Posiblemente el más grande intelectual nicaragüense del siglo veinte sea Pablo Antonio Cuadra.
De los intelectuales nicaragüenses de esta época, Alejandro Serrano Caldera y Carlos Tünnermann son los más connotados y constantes. Ambos son doctores en derecho, ex Rectores de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN), ex funcionarios del gobierno de los años ochenta, ex diplomáticos, ex candidatos a la presidencia, educadores, autores de muchas y notables obras, casados felizmente, el primero con Giovanna y el segundo con Carlota y progenitores de dilatadas familias. De pronto alguno de nuestros historiadores podría seguir los pasos de Plutarco y escribir las vidas paralelas de estos dos personajes.
Me referiré brevemente al primero. Alejandro se formó intelectualmente bajo el alero de las doctrinas de Hegel y Marx, reflejo de aquellos tiempos y nuestro filósofo no era ajeno a sus circunstancias. Sin embargo, es evidente su vocación democrática, especialmente tras la lectura de La sociedad abierta y sus enemigos, obra de Karl Popper, uno de cuyos ejemplares tuve el gusto de obsequiarle.
La enseñanza de la ética, disciplina tan necesaria como importante, olvidada en la mayoría de las universidades nicaragüenses, es otro de sus quehaceres. Alejandro también la enseña con su ejemplo.
La Revista Alemana CONCORDIA escogió a cien filósofos de todo el mundo para responder una “Encuesta Mundial sobre la Situación de la Filosofía al Final del Siglo XX”. Uno de ellos fue Alejandro.
En el Prólogo, de Raul Fornet-Betancourt se precisan la intención y los criterios del libro “¿Quo Vadis Philosophie?”, publicado por Concordia, en cuatro idiomas —alemán, español, inglés y francés— en 1999, sobre la base de las opiniones expresadas por los 100 filósofos escogidos: “Como criterio de elección hemos seguido la idea de invitar a participar en la Encuesta a aquellos filósofos que han contribuido con su obra a marcar el rumbo de la filosofía en el siglo XX…”
Alejandro, asombrado por el principio de incertidumbre de Heisenberg —por el cual no podemos establecer simultáneamente la posición y la velocidad de una partícula con precisión— exclama en el mencionado libro que el conocimiento no es posible. Pero no es más que una hipérbole producto de su perplejidad ante ese fenómeno.
En algunos de sus artículos se ha referido a las teorías de la relatividad de Einstein (la general y la especial) y a otros temas científicos. Estos conocimientos coadyuvan con las doctrinas filosóficas para una mejor comprensión del universo, auscultar el origen de la humanidad y avizorar su destino en un lejano futuro, porque las preguntas del filósofo y del científico son las mismas que las de Rubén: “¿hacia dónde vamos, de dónde venimos?”
El autor es abogado, autor de varios libros de derecho.