Jorge Eduardo Arellano
1.Una vocación temprana
En noviembre de 1976 —cuando tenía 30 años, edad considerada clave desde la perspectiva generacional— firmé el brevísimo prólogo a la tercera edición del Panorama de la literatura nicaragüense (Managua, Ediciones Nacionales, abril, 1977). Adoptando un sujeto plural, afirmaba:
“Desde 1962 consideramos de vital importancia la tarea de escribir una historia de la literatura nicaragüense. Entre otras razones, lo que determinó esta convicción fue el hecho de que Nicaragua presentaba un fenómeno literario rico, dinámico, interesante y carecía de un texto que estudiase su total desarrollo. Había varios ensayos dispersos en ese sentido, pero todos breves y superficiales; por lo tanto, la necesidad de intentar algo serio y distinto era impostergable.
Sin embargo, no cumplimos esa tarea satisfactoriamente sino hasta ahora: con el presente manual que consiste en la tercera edición —resumida y aumentada— de dos panoramas anteriores: el primero publicado en 1966 y el segundo en 1968. Resumida porque sintetiza ambas ediciones que comprendían de la época prehispánica a los finales del siglo XIX; y aumentada porque incorpora nuevos capítulos sobre el desarrollo posterior de nuestra literatura y sus géneros principales hasta nuestros días”.
Sin apoyo alguno de entidad estatal o privada para hacer posible su elaboración, mucho menos para darla a luz, surgía el primer recuento integral de nuestras letras, producto de una vocación temprana que originalmente estimularon la incidental lectura de una Historia de la Literatura Cubana (La Habana, Editorial Minerva, 1854) de Salvador Bueno; y las clases de secundaria impartida por el profesor jesuita Carlos Caballero. Hasta hoy —hay que lamentarlo— esa vocación no ha tenido verdaderos continuadores. La insuficiente formación humanista que desde entonces se recibía en la universidad —hoy no se imparte ninguna— y la falta de conciencia histórica entre la clase política explicaron tal vez esta limitación de nuestra intelectualidad.
2.Ausencia de un magno proyecto
Aparte de los intentos efectivos de mis Panoramas —el de 1977, cualitativa y cuantitativamente una nueva obra, fue retocado en las ediciones de 1982 y 1968—, ¿dónde está concebida, sistemáticamente expuesta y disponible, UNA o LA historia de la literatura nicaragüense? Como opus acabada, ésta no existe, pese a las intenciones en los años noventa de algunos fracasados entusiastas dirigidos por schoollars extranjeros que muy pronto desistieron de ese proyecto magno.
Una excepción relativa de los ochenta fue el aporte de Ileana Rodríguez —con más de treinta años de residir en Estados Unidos y especialista en estudios de género— centrado en analizar las crónicas de la conquista española y ciertos documentos geográficos y administrativos del colonialismo europeo: Primer intento del invasor (1984).
Los rescates de documentos literarios del siglo XIX, difundidos en los años setenta —entre ellos La lira nicaragüense (1878), nuestra primera antología— tuvieron en el italiano Franco Cerutti un acucioso investigador. Mi inventario teatral de Nicaragua (1988) ha constituido la única monografía sobre esta importante expresión de todo pueblo en sus dos manifestaciones: la escénica y la escritural. A los catedráticos apertrechados teóricamente en la Academia Norteamericana, Nydia Palacios y Nicasio Urbina, se les deben sus respectivas Aproximaciones a la novela nicaragüense (1897) y La estructura de la novela nicaragüense (1995). La exégesis de nuestra poesía contemporánea en su conjunto y de nuestros poetas mayores cuenta con los imprescindibles trabajos de Eduardo Zepeda-Henríquez (1996), aún válido, al margen de su metodología adscrita a la Estilística; y de Julio Valle-Castillo, destacándose su singularísimo ensayo las humanidades en la poesía nicaragüense (2001). En cuanto a comentarios de poemas, no ha sido superado el volumen Sol de eternos días / Paradigmas textuales de la poesía nicaragüense del siglo XX (1999) de Anastasio Lovo y Erwin Silva.
Cabe citar, ya en esta década, los agudos asedios reunidos por Leonel Delgado Aburto en Márgenes recorridos /Apuntes sobre procesos culturales y literatura nicaragüense del siglo XX (2002) y por Erick Aguirre en Subversión de la memoria /Tendencias en la narrativa centroamericana de postguerra (2005), armados de conceptualizaciones críticas como canon, subalternidad, control discursivo, etc. Pero no estoy hablando de crítica, sino de historiografía literaria, la cual supone un conocimiento interdisciplinario y exige tanto definir el concepto de literatura como establecer una periodización histórica. Veamos estos elementos en las dos primeras versiones del Panorama de la literatura nicaragüense (1966 y 1968).
3.Escritura y oralidad
El primero comprende, de acuerdo con el subtítulo, De Colón a finales de la colonia y el segundo la Época anterior a Darío (1503-1881); en otras palabras: desde la carta del Almirante escrita en Jamaica sobre su recorrido de nuestra Costa Caribe hasta la fundación del Ateneo de León y la aparición de la figura paradigmática de Rubén Darío. No se podía pedir más a esos esfuerzos juveniles, pues fueron redactados el primero a los 19 años y el segundo a los 21; ni ser calificada su periodización de exclusivamente eurocéntrica, pues su segundo capítulo abordaba La poesía indígena, tanto la precolombina del Pacífico como la del Atlántico, rescatada en obras de extranjeros y en inglés a partir del siglo XIX. Además, no era posible prescindir de “la invención de América” ejecutada por los cronistas europeos, como el español Gonzalo Fernández de Oviedo y el alemán Theodore de Bray, quienes trazaron curiosos dibujos sobre Nicaragua.
En cuanto a su conceptualización de literatura, comprendía no sólo la escrita, sino la oral. En este sentido, deslindaba una significativa literatura popular —hoy se diría subalterna— manifestada y reproducida a través de la oralidad; y otra culta, de escaso valor creativo, calcada en modelos castellanos, representada por letrados de los grupos dominantes. Entre los ejemplos de la primera, privilegiaba el teatro “callejero” surgido en la época colonial, especialmente El Güegüense; los cuentos de camino y leyendas, los romances tradicionales trasplantados desde España; las canciones sagradas y oraciones, los refranes y decires.
Desde las “Palabras preliminares” una idea se exponía, marcada por una excesiva acumulación de referencias bibliográficas: la mestizófila de los maestros de la Vanguardia, sobre todo de Pablo Antonio Cuadra en su Introducción a la literatura nicaragüense (1963). PAC puntualizaba —y yo la compartía al pie de la letra— que la formación del pueblo nicaragüense lo había marcado el mestizaje —mezcla o hibridismo— de los elementos españoles y los indígenas; y que la literatura popular era uno de sus aspectos más reveladores. Posteriormente, llegaría a la conclusión —en la medida que avanzaban mis investigaciones— de que a ese mestizaje le faltaba el decisivo elemento africano.
En esas “Palabras preliminares”, apunté mi plan de historia literaria que apenas se iniciaba: el presente libro —decía— “constituye la primera parte de una obra que se proyecta editar en dos tomos”. Pero antes debía madurar intelectualmente, completar mi formación; y, antes que lo hiciera, me apresuré por insertar el segundo tomo, como “libro del mes”, en la Revista del Pensamiento Centroamericano (número 97, octubre de 1968), donde laboraba como secretario de Redacción.
4.El signo republicano del siglo XIX
En ambos Panoramas, el tratamiento de la literatura culta —o escrita— partía de los cronistas y sus testimonios, siguiendo con un “Inventario mínimo de autores” —nacidos o no en la provincia española— que incluían funcionarios civiles y eclesiásticos, ya que ambos se desempeñaban como asalariados y servidores de la corona. Entre esos autores se destacaban los curas que escribieron sermones: la forma más representativa de la época, impuesto como instrumento de propagación religiosa en la zona del Pacífico y desconocido en el Atlántico. El de José de Velasco sobre la Inmaculada Concepción de 1675, pronunciado en la parroquia de Granada, fue uno de ellos.
Otro destino tendrían, a raíz de la independencia política en 1821, los “literatos” de entonces, absorbidos por las tareas “republicanas”. Así, entre otros, valoré las personalidades decimonónicas: Miguel Larreynaga —de formación colonial—, uno de los más notables ilustrados de Centroamérica a principios del siglo XIX; los versificadores ocasionales José Antonio Velazco (erradamente considerado por muchos “el poeta más antiguo de Nicaragua”) y Francisco Quiñónez Sunzín, neoclásico de “notoria medianía”, según don Marcelino Menéndez Pelayo; el multifacético Francisco Díaz Zapata (músico, gramático, aficionado a las lenguas indígenas, autor de libros de textos y villancicos e iniciador de la poesía civil); el orador sacro Desiderio de la Quadra, ingenioso cronista en verso de acontecimientos sociales y políticos; Antonino Aragón, lírico romántico, políglota y versado en humanidades clásicas; y Gregorio Juárez, o la sabiduría práctica y enciclopédica.
5.Gregorio Juárez y su admirable trayectoria
A lo largo de sus 80 años de vida, Juárez dejó una multitud de “ingenuas y modestas poesías” —cito a Darío—, en su mayor parte necrológicas; pero sería un hombre fuera de serie. En efecto, escribió unas Lecciones de Filosofía, Gramática y Agrimensura para uso escolar. Dedicado a la enseñanza desde joven, abrió una Escuela Lancasteriana y publicó unos métodos para cultivar café y algodón, oraciones fúnebres en prosa y crónicas de la colonia a lo Ricardo Palma, tratados de Lógica y Física, Taquigrafía e Higiene, más el folleto Curiosas intimidades de mi autor conyugal con María Josefa Narváez (1871). Aficionado a inventos como la fotografía, enseñó a confeccionar ruedas pastoriles, útiles para la atrasada agricultura de entonces.
Representativo del afán civilizador de los letrados de su época culturalmente embrionaria, Juárez ejerció de maestro de escuela y director de colegio. Fue bachiller en Medicina, médico del Hospital San Juan de Dios, de León y del Ejército, Presidente del Protomedicato y de la Academia de Ciencias, Alcalde y agrimensor, director de dos periódicos, Magistrado de la Corte Suprema de Occidente y Septentrión, rector de la Universidad, diputado y senador, ministro y diplomático, Secretario de Estado y Presidente interino de la República. Todos estos cargos y títulos reflejan la imagen de constructor de la república —frustrada en buena parte por las guerras civiles— a que aspiraban los intelectuales coetáneos de Gregorio Juárez (1800-1879).
6. El padre-indio Tomás Ruiz
De ascendencia negroide —su madre había sido una esclava mulata— Juárez me inspiró una franca simpatía. Mucho mayor fue la del primer indígena, nacido en Chinandega, quien obtuvo el grado de doctor durante la época colonial: en la universidad de San Carlos, Guatemala. Hablo del llamado padre-indio Tomás Ruiz (1777-1820), humanista y prócer independentista, además de uno de los fundadores de la universidad de León, catedrático ilustrado y reformador pedagógico, autor del mayor número de impresos —en latín y español— aparecido antes de la independencia. A Ruiz pertenecen estas líneas que resumen su ética:
“Las dignidades y la autoridad, que no van escoltadas por la virtud, podrán las más veces conciliarse los respetos, pero jamás conseguirán que broten en los corazones los deliciosos renuevos de un amor tierno. Las riquezas también podrán atraer a su alrededor algún número de aduladores, pero los sensatos les mirarán como unos monstruos, y los pobres los detestarán como verdugos de la humanidad. Solamente la virtud tiene la preeminencia de conciliarse verdaderos respetos, y un amor puro; sólo ella, encontrando el secreto d conquistar los corazones, se forma imperios y erige monumentos que no tienen otros términos y duración que la eternidad.
7.Fray Fernando Espino, misionero franciscano
Al descubrimiento de Ruiz —le seguí la pista desde 1971, hasta culminar en un libro sobre sus acciones e ideas de 1979— le había precedido el de fray Fernando Espino. Natural de Nueva Segovia, era autor de la Relación verdadera… (1674), primer libro —publicado en Guatemala— de autor nacido en Nicaragua. Dos ediciones (una en 1968 de la UNAN, la otra en 1976 de la Colección Cultural del Banco de América) se realizaron de este título pionero de alguna consistencia y ejemplo de la corriente misionera del siglo XVII en el norte del país. Como impreso, sólo lo superó un siglo después el volumen Reales exequias por el Señor Don Carlos III (…) y Real Proclamación de su Augusto Hijo Don Carlos IV por la Ciudad de Granada (1892) de Pedro Ximena. Al respecto, escribió en el prólogo Manuel Ignacio Pérez Alonso:
“Nuestra producción del siglo XVII y del XVIII es escasísima. Si exceptuamos, los Ordo del Pbro. D. Rafael Agustín Ayesta, las tarjas universitarias de nuestros estudiantes que acudían a Guatemala y un par de sermones, quedan tan sólo dos impresos de cierta categoría por su contenido y volumen: la Relación verdadera (de la Taguzgalpa) de Fr. Fernando Espino y la obra de Ximena que ahora nos ocupa”.
Pérez Alonso se refería a la producción letrada anterior a la independencia, tema que yo desarrollaría en una obra, también única en su género, editada por la Biblioteca Nacional Rubén Darío: Diccionario de las letras nicaragüenses. Primera entrega: Escritores de la época colonial y del siglo XIX (1982): 23 de la primera y 77 del segundo. En la misma dirección, continuó esa tarea mi Diccionario de autores nicaragüenses (1994), patrocinado por la Agencia Sueca de Cooperación Internacional: dos volúmenes con fichas amplias y precisas sobre 600 autores. Treinta y siete eran mujeres. En 1999, al regresar de Chile, preparé 100 fichas más; pero una nueva edición no fue posible.
8.Recordación y revisión del primer Panorama (1966)
Con todas sus limitaciones, el primer Panorama de la literatura nicaragüense (Managua, Ediciones del Centenario de Rubén Darío, 1966) tuvo alguna importancia para las letras de Nicaragua. Así fue considerado por escritores nacionales y estudiosos /as del extranjero, entre ellas dos profesoras de la Universidad Nacional de Heredia que en 1988 lo vincularon a obras homólogas del área centroamericana.
A saber: la Historia y antología de la literatura costarricense (1957) de Abelardo Bonilla (1899-1969), el Desarrollo literario de El Salvador (1958) de Juan Felipe Toruño (1898-1980), La literatura panameña: origen y proceso (1961) de Rodrigo Miró (1912-1996), la Historia de la literatura guatemalteca (1981, 1982, 1986) en tres volúmenes, de Francisco Albizúrez Palma (1935); más La literatura hondureña y su proceso generacional (1987) de José Francisco Martínez (1915).
Mucho honor me concedieron ambas catedráticas —Seidy Araya y Magda Zavala— al analizar el Panorama dentro de una bastante completa investigación sobre la historiografía literaria de la América Central (1957-1987), en la que colaboró Albino Chacón. Los tres le dedicaron a ese “primer borrador de mis sueños” todo un capítulo, señalando sus planteamientos teóricos (no míos, sino de Rubén Darío, Pablo Antonio Cuadra y José Coronel Urtecho) y resumiendo su contenido. Éste comprendía tres capítulos: Testimonios de los cronistas, Poesía indígena y La Colonia, más un Apéndice (I. Poesía popular anónima; II. Poesía callejera), Notas, Bibliografía y dos páginas finales de reconsideraciones.
Pero no fue, como ya fue señalado, sino hasta una década más tarde, ya cumplidos los treinta años cuando acometí —con el mismo entusiasmo de los veinte— el plan de “historiar” nuestras letras en otro trabajo más compacto y maduro, pero con el mismo título, en homenaje a ese primer Panorama. Marcado por la necesidad de establecer una visión general de una temática que sería una de mis permanentes preocupaciones intelectuales, ese intento primerizo e inocente, poco original y saturado de datos y voluntad nacionalista, tuvo la buena intención de cumplir una tarea que le correspondía por lo menos a una generación anterior, acaso a la misma de los maestros de la Vanguardia.
De hecho, la historiografía literaria de nuestro país había sido muy descuidada y lo poco escrito al respecto carecía de método y, por tanto, de sistematización alguna. De ahí que Coronel Urtecho me dijese que la carátula del Panorama —con dibujo orlado en negro, letras también en negro y rojo sobre fondo blanco— podía colgarla, no sin orgullo, como un diploma de graduación universitaria de pregrado. Pero, como era “normal” en nuestro medio, llamó la atención a escasas personas, especialmente a Pablo Antonio —diseñador de la citada carátula, inspirada en una tipografía barroca del siglo XVII—, quien le dedicó dos breves notas, sin firma, en La Prensa Literaria.
Una de ellas decía: ”A pesar de la juventud de su autor, este libro es un admirable despliegue de erudición y el más completo panorama de la literatura nuestra desde su prehistoria indígena. Fruto de una investigación insaciable, de una gran claridad y orden en la exposición, el primer tomo abarca desde los orígenes hasta finales de la Colonia. Y agrega a su exhaustivo estudio la constante transcripción de textos que hacen de su obra también una magnífica antología”. De esta forma, comprensiva y generosa, PAC valoraba mi primer volumen impreso, cuyo original a máquina había presentado al certamen anual del Premio Rubén Darío de 1966 en la rama de ensayo, sin obtener ningún eco. Pero el Director de Extensión Cultural del Ministerio de Educación Pública, poeta y profesor Guillermo Rothschuh Tablada, lo consideró oportuno y apropiado para incorporarse a las ediciones oficiales del centenario natal de Rubén Darío a celebrarse, con todo el esplendor posible, el año siguiente.
Rothschuh Tablada me ofreció esa edición que colmaría mis aspiraciones de investigador recién salido de la adolescencia. Porque la impresión del Panorama de la Literatura Nicaragüense terminó de realizarse bajo mi propio cuidado en la Imprenta Nacional de Managua el 20 de octubre de 1966. En el colofón se consignaba este detalle, además de otros: la autoría de la cubierta (Pablo Antonio Cuadra), la cantidad de páginas: 180; la calidad del papel: bond 40 y el número de ejemplares: mil quinientos. Sin prescindir de los editores: el Ministerio referido y la Comisión Nacional para la celebración del Primer Centenario del Nacimiento de Rubén Darío, y de su justificación: “en homenaje al eximio poeta”.
En su otra nota sobre el Panorama, titulada Un libro de gran aliento sobre nuestra literatura, el director de La Prensa Literaria terminaba de reconocerlo y de subrayar la idea de honradez que me animaba, puntualizando que en la nota final consideraba la sustitución del prólogo por otro, debido a nuevos hallazgos y lecturas que habían cambiado mis iniciales puntos de vista. Ello indica que se trataba de una labor en marcha, sujeta a enriquecimientos continuos y que asumía por iniciativa y cuenta propia, al margen del ámbito universitario que se limitaba a la formación profesional, sin importarle mucho sus otras funciones: la investigación científica y la extensión cultural.
Por eso Rothschuh Tablada se adjudicó un crédito que siempre le he reconocido, pues supo estimular mi aspiración de historiador literario en el momento preciso, aunque sólo recibí —en términos de retribución— una cantidad suficiente de ejemplares. Buena parte de esos ejemplares los confié a un poeta nica-caribe para su venta en algunos colegios. Mas este ácrata de Laguna de Perlas, a quien yo estimaba mucho, invirtió el producto de dicha venta en bebidas alcohólicas, obligándome a rebatir no pocos sitios capitalinos de mala muerte hasta que di con él y pude recuperar algunos pesos.
En mi Panorama —tanto el de mis 20 años como el de mis 22, de 1968— aplicaba la herencia de la historiografía liberal en los principales países de América Latina: otorgar cierto orden a una materia dispersa y establecer un corpus básico de autores y obras. En mi caso también —de acuerdo con esa misma historiografía— valoraba los aportes orales indígenas y populares de carácter sincrético, eludidos por la historiografía conservadora. En consecuencia, era un hijo directo del movimiento nicaragüense de vanguardia que había emprendido, en la tercera década del siglo XX, la búsqueda de la identidad nacional en la literatura popular. “Se ocupó —afirmaron Araya y Zavala en 1998 del lejano autor de la primera edición del Panorama, aparecido hace casi 40 años— de los valores políticos de las manifestaciones populares. Su búsqueda deja de ser arqueológica y comparte el interés de los modernos estudios de evaluar el folclor como elemento vital de nuestra época. En este sentido, adopta actitudes culturales propias de la década de los años sesenta”.
9.La tercera edición de 1977
Fue a finales de la siguiente década, como he indicado, cuando pude aproximarme —en su tercera versión— a un verdadero texto de historia literaria nacional, logrando por un lado una correlación entre los períodos históricos y procesos socio-políticos con la producción de generaciones o grupos literarios; y, por otro, un análisis diacrónico y crítico de sus expresiones o géneros: La narración breve, desarrollo y aportes; La novela: etapas y obras principales; El teatro: raíces e intentos, y La poesía: síntesis panorámica y promociones. Así lo reconoció el colombiano Luis Pérez Botero en La Estafeta Literaria de Madrid (núm. 632, 15 de marzo, 1977) al considerarlo “Un ensayo hecho con inteligencia y claridad, que se lee con placer y ser recuerda con cariño”. Diez años después, tras una docena de reseñas, el estadounidense Paul Borgeson las resumía todas valorándolo como “la referencia fundamental para el estudio de la literatura nicaragüense, pero su trabajo de investigación es sistemático y el balance crítico justo” (William Foster: Handbook of Latin America Literature, New York & Londres, 1987).
De mil ejemplares fue esta tercera edición del Panorama, costeada con mis propios recursos —bajo el sello Ediciones Nacionales— que ligeramente actualicé en la cuarta de 1982 —de tres mil ejemplares— y en la quinta de 1986 —de seis mil—. Ambas lanzadas por la Editorial Nueva Nicaragua durante el proceso revolucionario, sin haber recibido mayor retribución.
Pese a estas apreciables cantidades, ningún ejemplar se localizaba en las bibliotecas de Costa Rica, según Magda y Seidy, cuando llevaron a cabo su concienzudo estudio y propuesta teórica hacia una visión integradora de la historiografía literaria de los seis países del área. Por eso aplicaron su interés a la primera edición de los 20 años, la única conocida por ellas y que yo, diez años más tarde, consideraba “prehistórica”. Ellas la distinguieron al relacionarla con la que publicaron a los 72 años de edad el hondureño Martínez, a los 60 años el “nica” salvadoreño Toruño, a los 58 el costarricense Bonilla, a los 49 el panameño Miró y a los 46 el guatemalteco Albizúrez Palma.
Sus críticas a estas obras resultaron más severas que las dedicadas a mi texto veinteañero. “Aun en su calidad de obra de juventud, este estudio de Jorge Eduardo Arellano no tiene parangón en su país y llena un vacío cultural y didáctico” —establecieron en principio. Pero su perspectiva seguía la de Beatriz González Estephan en su obra: La historiografía literaria del liberalismo hispano-americano (Premio de Ensayo Casa de las Américas, 1987) que aplicaron no sin obvias contradicciones.
Para ellas, mi Panorama (el de 1966) se inscribía en el modelo conservador porque no iba más allá de la independencia, sin tomar en cuenta que no era sino un primer tomo. Además, el modelo conservador —según González Esteban— descarta las manifestaciones orales y populares que yo privilegiaba. Tampoco había seguido el modelo liberal, pues tal autora sostiene que dicho modelo no reconoce como pasado vivo las literaturas indígenas, lo cual se advertía en mis páginas. En fin, ninguno de los panoramas —en su práctica discursiva— tienen de autor al representante de una sola clase social —la dominante— ni su objetivo es consagrar a los individuos pertenecientes a la misma clase.
En el apéndice de su monografía, Magda y Seidy reseñan media docena de trabajos del suscrito sobre aspectos concretos de la materia, llegando a la conclusión de que “hay (en ellos) una evolución hacia posiciones metodológicas más flexibles y abiertas a las corrientes del siglo XX”. Una forma indirecta de considerarme decimonónico e inflexiblemente conservador. Son sus opiniones, pero no pueden suscribir que renunciaba a la tarea de acometer “una historia general de la literatura nicaragüense”, intentada once años antes de que apareciese La historiografía literaria en América Central (1957-1987).
10.Literatura nicaragüense (1997)
En otro noviembre, de 1996 —a treinta años del primer intento y a casi veinte del tercero— firmé el prólogo a la sexta edición, actualizada, de mi Panorama. Porque, a medida que pasaba el tiempo, urgía la incorporación de nuevos nombres y títulos, corrientes y fenómenos. Pero no sólo eso: su desarrollo original —inalterable en las versiones de 1982 y 1986— necesitaba una renovación. Ambos objetivos se plasmaron en esta sexta versión, a la que integré aportes de otros trabajos personales, como una introducción a la “Literatura para niños” en Nicaragua y una nueva propuesta del hecho literario en la época colonial. Ésta la tomaba de mi investigación La literatura en el antiguo Reino de Guatemala, publicada en España (1992) y que comprendía seis tipos: La eclesiástica-administrativa, la de sometimiento, la de protesta, la de afirmación criolla, la panegírica del poder y la perseguida.
De esta manera, manteniendo su coherencia interna, evitaba un crecimiento anárquico y contenía mayores análisis, resultando más acabado —diacrónicamente hablando— que los esfuerzos anteriores. En suma, era la misma obra por su materia, aunque se hallaba sustancialmente enriquecida, incluyendo su bibliografía. Esto justificó la reducción de su título a, simplemente, Literatura nicaragüense. Agradezco a Álvaro Urtecho y a Francisco Valle sus oportunas reseñas, como también —especialmente— a Erick Aguirre por el artículo que dedicó a mis aportaciones a nuestra historiografía literaria que las hostiles condiciones materiales me han impedido actualizar y mejorar.