Ernesto Leal. In memoriam

Manuel Flores Silva

El primero de los aqueos en poner pie en las playas de Troya, nos dice Homero, se llamaba Protesilao. Fue, también, el primero en morir. Y, agrega el autor de La Iliada, en su patria “dejó su casa a medio construir”.

Esa imagen épica de tarea inconclusa me vino a la mente cuando desde el lejano Montevideo me entero ahora que ha muerto Ernesto Leal.

Con sólo 60 años su país podía esperar todavía mucho de él. Ladrillos le quedaban por colocar, sin duda, en las paredes de su nación. Tal vez, como al Protesilao homérico, el destino se lo ha llevado porque fue siempre apresurado en servir a su país y a las causas en que creía. Porque su corazón latía demasiado fuerte por Nicaragua y por las ideas que defendía. Tal vez, era algo que había aprendido tan sólo a los 9 años, cuando asesinaran a su padre.

Quiero, en su hora final, al igual que hacían los antiguos, testimoniar despojadamente sobre él.

Le traté por sólo seis meses. Pero bastaron para tomar por él un vivo afecto. Seis meses intensos. Le vi trabajar durante largas horas. Difíciles lapsos de negociación, de intercambio, de caminos al parecer bloqueados, de confrontación de ideas. Me tocó tener con él conversaciones distendidas, me tocó negociar con él siempre amablemente como interlocutores ambos desde posiciones diferentes, me tocó verlo discutir tensamente con sus adversarios políticos.

Antes que nada debe decirse que era inteligente como la luz y que no perdía en momento alguno, ni por detalle que se presentara, el norte que lo animaba. Analizaba con la claridad del rayo en los momentos difíciles. Daba la impresión de hilar más fino cuanto más difícil era la situación. Eso es lo primero que deben saber sus hijos que percibía un extraño cuando le veía actuar: el filo de su lucidez.

Debe agregarse que, sin perder la educación ni la elegancia, defendía sus posiciones con vivo ardor. Era un apasionado de sus verdades mas no era un pasional.

Era rápido para ver cómo un camino llevaba a la nada y era veloz, asimismo, en creer en un nuevo camino. Se ofuscaba así a un turno por Nicaragua trabada y se desofuscaba, luego, con rapidez —como corresponde a un apasionado y no a un pasional— también por Nicaragua destrabada.

Justamente por ello ni en los momentos de mayor rispidez con que le vi enfrentar a otras posiciones perdió ni por un instante su racionalidad, el orden de prioridades a que se debía, su calma espiritual en suma. Era un torbellino que tenía detrás toda la fuerza de un calmo lago en cuyo espejo de agua pueden brillar todas las luces.

Por eso era útil incluso cuando él salía a expresar las posiciones más duras: lo hacía firmemente sí, pero de modo que el adversario no entendiera que se estaba en un camino sin retorno, sino que siempre había un cabo del cual recomenzar a tirar.

Encontraba, además, luego, siempre el humor con que despedirnos y el humor con que reencontrarnos antes de abordar los asuntos graves. No puedo no recordarlo sonriendo.

La noche del 11 de enero de 2005 —va a ser un año justo ahora— me encontró terminando una larga y difícil jornada, en que fuimos todo el día de un lado a otro, en la hospitalidad de su casa. Ese día se habían ganado trabajosamente unas semanas de tranquilidad para Nicaragua, cosa nada desdeñable en su rica historia, porque luego fueron posibles otros meses más y así se ha ido construyendo el camino. Hacía un rato se habían ajustado telefónicamente los últimos detalles con el Presidente de la República.

En la habitación estábamos el silencio de la noche de Managua, Ernesto y yo. No había demasiada luz. Estábamos suficientemente cansados como para sólo romper el silencio con referencias que sintiéramos algo esenciales.

Y me habló de Nicaragua.

Cuando los hombres maduros quieren a su país hablan de él, sin embargo, como niños. Con la pureza, la ternura y, por qué no, la ingenuidad de los niños. Lo aprendí leyendo las memorias de De Gaulle en que nos dice, para empezar, que para él Francia ha sido siempre una dama joven y hermosa a la que hay que servir con gentileza.

Yo le había dicho a Ernesto, un poco provocadoramente, en otras ocasiones, que Nicaragua es el país de América con más personas inteligentes por kilómetro cuadrado pero también con más personas por kilómetro cuadrado dispuestas a disentir.

Tal vez tuviera eso en la cabeza Ernesto, o tal vez sólo la sensación de un momento de acuerdo nacional, cuando se puso a hablar con entusiasmo de una Nicaragua posible más reconciliada. Nicaragua a uno lo conquista por lo que es, no por lo que promete ser. Esa fue la vez, sin embargo, en que percibí más claramente —dicho en la emoción de Ernesto— cómo podía conmovernos una Nicaragua posible que a través de la concordia construya su prosperidad. Nicaragua no como problema sino como esperanza.

¡Ah! Y no lo dije antes porque todos los saben. Ernesto no defraudaba. Era leal. Siempre. Por eso era hombre de diálogo: porque con él todos tenían claro a qué atenerse.

Los que un día terminen la casa, como seguramente se terminó la de Protesilao, estarán en deuda con Ernesto.

El autor es uruguayo, consultor político de la ONU

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