La ética y el banco

Wilder Pérez R.

“La ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón”.

Esa frase de Gabriel García Márquez es una máxima en mi profesión. Pero viendo alrededor, probablemente deberían conocerla otros gremios, u otras empresas, que no pertenezcan al mundo del periodismo.

Generalmente las empresas tienen códigos de ética que pueden estar escritos o no. A nivel formal puedo citar el código de ética de LA PRENSA, un pequeño documento que uno recibe inmediatamente después que firma su contrato de trabajo. En el plano informal, están las “cosas del vestuario”, como le llaman en el deporte, normas de comportamiento no escritas en una compañía.

En mi profesión no es difícil alejarse del comportamiento ético, pues el zumbido de ese moscarrón está siempre detrás de nuestros oídos y cuando uno no tiene el “librito” de LA PRENSA sólo hay dos maneras de no escucharlo: por inexperiencia o por desobediencia.

La inexperiencia se vive en los primeros años del periodismo, sobre todo cuando el periodista en ciernes no tiene como base una escuela o un medio que le enseñe a escuchar aquel zumbido.

La desobediencia se presenta cuando uno escucha el zumbido y sin embargo lo ignora. Teniendo la experiencia, no cuenta pecar por ignorante, porque este sonido es al periodista lo que la conciencia es al religioso.

Recientemente tuve una desagradable experiencia con un banco. Eso me llevó a preguntarme ¿cuál será la conciencia de un banco? ¿Será tan difícil para una empresa bancaria establecer normas éticas para beneficio de sus clientes?

No creo que sea más complicado ser ético en un banco que en el seguimiento de una historia periodística, donde uno está tan expuesto que a veces la vida corre peligro. Pero un banco demuestra lo contrario.

A fines del 2003 ese banco me cobró insistentemente por un seguro sobre un bien que yo no poseía, a través de mi tarjeta de crédito. Solicité que me retiraran el servicio y muy amablemente (obviando algún zumbido), respondieron que me iban perdonar un mes. Preferí pagar y cancelar mi tarjeta, pero el banco se quedó con el dinero de un servicio que yo no solicité y tampoco percibí.

Desde entonces hasta hoy recibo de manera insistente sus llamadas ofreciéndome una tarjeta que ya está fabricada a mi nombre. Para librarme de ellos los he amenazado con demandarlos por el acoso y la pérdida de tiempo a la que me exponen.

En estos días me llegó una correspondencia del mismo banco: “¡Felicidades! Nos complace informarle que la cobertura del seguro adquirido iniciará a cobrarse a partir de su próxima fecha de corte”. Firma la Vicegerente General, con fecha de septiembre del 2005.

¡Pero si yo desde hace dos años no tengo tarjeta con ellos! Recibí la notificación con tres meses de desfase, y además nunca he firmado con ellos un “seguro de fraude y vida”.

Tengo dos cuentas en ese banco, por lo que me cuesta creer que una misma empresa cometa dos errores inverosímiles a un cliente.

No sé de casos similares, pero un acto de esos no se justifica en una empresa que conoce cada detalle de tus ingresos y egresos. Ojalá que el zumbido del moscarrón no fuera apagado como los celulares a la entrada de un banco.

El autor es periodista

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