Alejandro Bolaños Davis
Cuando Rubén escribía Lo fatal, describía su «poema-lápida», de «descarga agónica existencial» como lo presenta Jorge Eduardo Arellano en la Prensa Literaria del 17 de diciembre del 2005.
Arellano muestra a Rubén explicando cómo lo llenaba el fantasma de la desolación y la duda. Su preocupación profunda sobre el final de su existencia y que lo lanzó a Dios y a la plegaria como refugio. Rubén dice cómo se llenó él de congoja cuando examinó sus creencias a fondo y descubrió que su fe no estaba bien fundamentada. Dice Rubén que todas las filosofías le parecen impotentes, algunas abominables y obras de locos y malhechores. Y saluda con gratitud a los que le dan alas, tranquilidad y vuelo para comprender el enigma de nuestra estancia sobre la tierra.
Pequeños grandes cambios de palabras producen dramáticas diferencias de significado. Esta obra maestra de Rubén, Lo fatal, si cambiamos: piedra por alma, dura por tierna, ya no por todo, dolor por dicha, pesadumbre por alegría, no saber por saber, nada por todo, sin por con, temor por orgullo, terror por amor, espanto por bendición, estar por no-estar, sufrir por amar, sombra por luz, no por sí, apenas por siempre, y por ni, transformamos el poema-lápida en poema-vida.
LO FATAL
Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido, y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!…
LA DICHA
Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más el alma tierna porque esa todo siente,
pues no hay dicha más grande que la dicha de ser vivo
ni mayor alegría que la vida consciente.
Ser y saber todo, y ser con rumbo cierto,
y el orgullo de haber sido, y un futuro amor…
Y la bendición segura de no-estar mañana muerto,
y amar por la vida y por la luz y por
lo que sí conocemos y siempre sospechamos,
ni la carne que tienta con sus frescos racimos,
ni la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y saber adónde vamos
y de dónde venimos!…
Entendemos con profundo respeto el dolor existencial del poeta, y de esa alma en sufrimiento tortuoso con la que todos los humanos nos identificamos cuando hemos vivido igual. Pero no aceptamos, como tampoco Rubén lo hiciera, que esa es la condición natural de «nuestra estancia sobre la tierra».
Lo fatal sólo expresa un momento de desbalance del ser, es una enfermedad del alma la que expresa esa realidad fatídica. Por ello, lo fatal lo convertimos ahora en la dicha por haber vivido y continuar viviendo, la dicha de la fe, la dicha del amor como expresión oficial de la condición natural del ser humano en la faz de tierra. Y así, acompañamos a nuestro poeta que nunca muere, sin última morada, en la dicha, dónde no ocurrió muerte alguna sino vida eterna. Su recuerdo en nosotros no está en lo fatal, sino en lo que él, Rubén, buscaba y más quería como poeta existencial: dejar huella de su existencia en la humanidad.
Somos lo que vemos porque vemos lo que somos. Lo que vemos es una proyección de lo que andamos dentro. Por ello, la conciencia y la sensibilidad no son fuentes exclusivas de dolor pues al transformarnos también son fuente de alegría y de placer. La pregunta de fondo es: ¿Cómo queremos ser? ¿Qué queremos ver? ¿La vida o la muerte? De cada cual depende destinar su vida hacia un poema-lápida o un poema-vida.
El autor es consultor de organizaciones, director de El Laurel: Centro de Liderazgo y Transformación Cultural.