Luciano García
En el año 1999 fui invitado a la casa de don Ernesto Leal, como apoyo a participar en su campaña como futuro candidato presidencial. Aunque ya lo conocía desde el exilio, en su primer discurso noté en su pensamiento y su corazón unos deseos de ayudar a Nicaragua. A partir de esa fecha tomé la decisión de apoyarlo y de integrarme a su movimiento, teniendo la oportunidad de ser formado políticamente con valores y principios diferentes a los que la clase política de Nicaragua está acostumbrada a hacer.
Quisiera recordar a don Ernesto compartiendo mi enseñanza política en la que yo fui su alumno y él mi maestro, compartiendo con ustedes experiencias vividas que se convertían en lecciones valiosas para aprender:
La primera lección que recuerdo fue en la también primera gira que participé con él, la cual se llevó a cabo en Diriamba, en donde teníamos un encuentro con los miembros del Partido Conservador. Una vez terminada la actividad, antes de ir a compartir nos dirigimos a una iglesia católica. Yo, muy extrañadamente, le pregunté hacia dónde nos dirigíamos, y él me contestó: «a darle gracias a Dios». Entramos a la iglesia, él se hincó y durante aproximadamente 10 minutos estuvo rezando. La conclusión de esa gran enseñanza fue que hay que estar cerca de Dios y pedirle sabiduría para ser un político con verdaderos principios y valores, y una gran honradez.
La segunda lección la aprendí de una gira que realizamos por Chontales. Ya para esa época había una competencia con el también candidato Noel Vidaurre. En un acto político, a don Ernesto le negaron pasar al podium y dirigirse a la concurrencia. Todos los que lo acompañamos le decíamos que se metiera y hablara, sin embargo, él, en un acto de prudencia y humildad no reclamó ni discutió absolutamente nada, más bien me dijo: «no te preocupés esas son babosadas». Aunque en mis adentros sentía cólera por lo que le estaban haciendo, entendí que una persona no vale por su vanidad y su ego, sino por su humildad y sencillez, teniendo claro que el mejor aliado de uno es la paciencia. En esa ocasión aprendí que un político correcto debía ser sencillo y humilde, paciente y perseverante, pero nunca agresivo y mal intencionado y menos vanidoso.
La tercera gran lección, la aprendí de una discusión que teníamos en el seno del partido. Unos decían «hay que hacer tal y tal cosa» y otros replicaban: «no, hay que hacer tal y tal cosa». La discusión seguía y parecía que no tenía fin, hasta que don Ernesto pidió la palabra y en un tono conciliador logró consensuar una sola idea, tomando en cuenta los puntos buenos de un lado y los puntos buenos del otro lado, conjugándolos de una manera tal que todos estuvimos de acuerdo. La gran lección que aprendí fue que nadie le puede imponer a alguien sus puntos, que para ser un gran político hay que saber escuchar y dialogar tomando siempre en cuenta que el punto de vista de uno no es omnipotente o es la ley, y que para arribar a acuerdos sólidos se deben buscar los consensos, sin perder de vista la rectitud de lo que se haga.
Podría seguir hablando de las maravillas que aprendí de don Ernesto, pero creo que las expuestas anteriormente son las más importantes, no sin antes mencionar su gran rectitud y honestidad, su gran sensibilidad social. Definitivamente, Nicaragua está de luto ya que ha perdido uno de sus mejores hombres, por no decir el mejor.
Adios, don Ernesto, estoy seguro que desde el cielo usted intercederá por esta Nicaragua tan sufrida para que Dios se apiade de nosotros y nos haga pensar más en el bienestar de los demás y no en el propio y lograr de este país lo que usted soñó y luchó tanto.
El autor es directivo del Partido Conservador