Leal y honesto

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Leal y honesto





Ernesto Leal (1945-2005), al morir el lunes de esta semana en un hospital de Estados Unidos, desempeñaba el cargo de Secretario de la Presidencia de la República de Nicaragua.

Mucho tiempo antes, en 1978, Ernesto Leal fue uno de los fundadores del Movimiento Democrático Nicaragüense (MDN), partido de tendencia social demócrata que fue organizado por un grupo de empresarios y profesionales jóvenes, opuestos al régimen somocista y ansiosos de modernizar el país.

Ernesto Leal formó parte del primer gobierno de la revolución sandinista, de 1979 a 1980, como Viceministro de Industrias, pero renunció a su cargo igual que los demás miembros del MDN que se fueron a la oposición en protesta por lo que ellos denunciaron como una desviación de la revolución democrática nacional hacia el comunismo castrista.

En el exilio, Ernesto Leal formó parte de la Alianza Revolucionaria Democrática, uno de los diversos grupos que lucharon en el exterior contra el régimen sandinista, y al terminar la dictadura del FSLN, en abril de 1990, formó parte del gobierno de la presidenta Violeta Barrios de Chamorro, primero como Vicecanciller y después como Canciller de la República.

En el año 2000, ante la polarización extremista de la política nacional entre el PLC y el FSLN, que cerró oportunidades a los movimientos políticos moderados y centristas, el MDN de Ernesto Leal se integró en el Partido Conservador de Nicaragua y fue presentado por éste como su candidato a primer diputado en la lista de circunscripción nacional. Leal ganó esa diputación en las urnas electorales, pero antes de ser proclamado fue despojado de ella por negarse a apoyar a Arnoldo Alemán, que tenía el plan de adueñarse de la presidencia de la Asamblea Nacional para desde allí seguir gobernando el país y convertir en un títere al presidente Enrique Bolaños.

Después, Ernesto Leal fue nombrado titular de la Secretaría de Integración Centroamericana (SICA), y finalmente el presidente Bolaños lo designó Secretario de la Presidencia de la República, cargo que desempeñó con eficiencia y responsabilidad hasta que fue atacado por la grave enfermedad que lo mató.

Pero lo más importante de Ernesto Leal no fue esa dilatada hoja de actividad política y servicio público. En realidad, como están las cosas ahora en Nicaragua, cualquiera puede hacer carrera política y lucrarse con un cargo público mal desempeñado. El mérito de Ernesto Leal fue su honestidad, una cualidad que es digna de resaltar, de reconocer y de admirar en estos tiempos cuando la honestidad brilla en los medios políticos precisamente por su escasez.

Ernesto Leal fue uno de los pocos hombres de partido y funcionarios públicos que se ajustó, o en todo caso se aproximó, al modelo de político que trazó el inolvidable Papa Juan Pablo II, el 30 de abril del 2003. En aquella ocasión, al comentar el Salmo 100 el Papa Juan Pablo II señaló que la actuación del político “debe estar regida por la integridad moral y el compromiso contra las injusticias”. “Entre las grandes virtudes morales que hacen luminosa la acción del político justo —agregó Juan Pablo II— está la sabiduría que ayuda a comprender y a juzgar rectamente; la inocencia que es pureza de corazón y de vida; y, por último, la integridad de la conciencia que no tolera compromisos con el mal”.

Por supuesto que la política no es tarea de ángeles. Es una labor de personas mortales que tienen virtudes y defectos, que hacen aciertos y cometen errores y están expuestos a toda clase de tentaciones malsanas. Además, la política es una actividad que necesariamente se relaciona más con lo útil que con cualquier otra cosa, y por lo tanto se reviste de un pragmatismo que fácilmente puede derivar hacia una práctica sin principios ni valores morales.

Por eso es que son más meritorias y respetables aquellas personas que practican la política con apego a los principios; que no se aprovechan de la función pública ni de los recursos que pertenecen a los ciudadanos, para enriquecerse personalmente; que cruzan el charco de la política sin enlodarse. Y sin dudas que de esa clase de personas y políticos fue Ernesto Leal Sánchez, un hombre de la misma estirpe que José Dolores Estrada, Leonardo Argüello, Enrique Lacayo Farfán y Humberto Alvarado, entre otros. Esa clase de políticos que ahora Nicaragua los necesita imperiosamente en el Gobierno, para volver a ser República.

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