Avil Ramírez
Siempre le dije Don Ernesto. Don, sabemos que significa De Origen Noble. Él era Don, pero su nobleza la llevaba en el corazón más que en un título nobiliario.
La mayor riqueza de Don Ernesto Leal Sánchez no estaba en sus éxitos profesionales o políticos, no estaba en lo material, sino que era la nobleza de su espíritu, su alma grande, su inmenso corazón, su capacidad de amar, de comprometerse, de emprender.
Un hombre bueno, generoso, ecuánime, respetuoso, cálido y afectuoso, que pone de manifiesto la calidad humana de alguien formado en la adversidad del emprendimiento.
La otra gran riqueza que yo observo en Don Ernesto es que tuvo la capacidad de marcar esa impronta a su familia, pero también a los que nos consideramos sus amigos por su prudencia, discreción, fraternidad en el trato con los demás, por su honestidad y por su gran amor a Nicaragua.
Don Ernesto Leal dio testimonio de nobleza, siempre con el mismo trato, con la misma actitud.
Un hombre que en cada uno de sus emprendimientos en el desierto cálido de la vida iba gestando sueños. Y, quizás, otra de las grandes riquezas, las grandes fortunas, la mayor herencia que él ha dejado es que demostró capacidad y visión para soñar la Nicaragua que él hubiera querido que legáramos a nuestros hijos.
Y sus obras son intangibles. Están en el corazón, marcadas a fuego en tanta gente que recibió su mano generosa, su gesto amable, su actitud de vida que es ejemplo para muchos.
Su persona ha partido, pero su espíritu grande seguirá con nosotros en sus ideas, en sus gestos hacia sus amigos, en su familia, en sus seres queridos.
Hay muchos que en nuestras vidas hacen noticia todos los días mientras están vivos. Hay otros que, si bien se les conoce por sus actos, hacen noticia cuando parten.
Estas personas son las que muchas veces en forma silenciosa han sembrado y lo que han sembrado lo han hecho en terreno fértil, y por ello sus frutos y obras trascienden más allá de sus vidas como en el caso de Don Ernesto.
Estoy seguro de que nuestro amigo es uno de ellos. Su recuerdo y sus obras perdurarán en el curso de nuestra historia.
Don Ernesto Leal ha partido. Deja aquí en la tierra a su esposa Gioconda y sus hijos Ernesto José, Carolina, Clarisa junto a sus nietos, deja también a sus amigos y su Patria, pero parte como un hombre justo que fue feliz en la plenitud de su vida que realizó sus sueños más queridos.
Los sueños pendientes de Don Ernesto son los sueños de una Nicaragua más próspera y con menos miseria, donde la justicia resplandezca y los nicaragüenses vivamos como hermanos sin importar el credo político.
Ese será el mejor incentivo para recordar a Don Ernesto para quienes tuvimos la oportunidad de conocerle y a quienes nos permitió ser su amigo. Él verá desde la eternidad su obra terminada y descansará en paz.
Por razones personales, hace pocos días mi madre me decía ante la tumba de mi propio padre, que de nada sirven las flores que se marchitan, ni las lágrimas que seca el viento, sólo perduran las oraciones que van directamente a Dios para que reciba también a Don Ernesto en su gloria. Oremos por él.
Adiós Don Ernesto.
El autor es Ministro de Gobernación