Enrique Córdoba
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La otra Nicaragua
Enrique Córdoba
“Yo me morí en la ciudad nicaragüense de León a las diez y dieciocho minutos de la noche del 6 de febrero de 1916, a consecuencia de una cirrosis atrófica del hígado”’. Es el poeta, imaginado por Ian Gibson, en Yo, Rubén Darío.
Ahora estoy en la casa donde el nicaragüense más famoso de todos los tiempos llegó a los cuarenta días de nacido para salir a los quince años a inmortalizarse con el verso.
La edificación espaciosa y esquinera de la tía Bernarda y su marido el coronel Ramírez, quienes no tuvieron hijos, es hoy un museo muy visitado. Guarda la cama donde murió Darío, algunas de sus pertenencias, documentos, manuscritos y ejemplares de su obra, traducida a varias lenguas.
La primera vez que vine aquí, ni lagos ni volcanes se movían sin permiso del dictador. Fue en la mañana del 23 de diciembre de 1972. Regresé a Managua y compartí tertulia en una cafetería con tres amigos colombianos: un poeta, Carlos Rincón, y dos pintores, Fabio Rincón y Alfredo Alewi. Seguíamos la charla cuando nos sorprendió el terremoto a la medianoche. Corrimos detrás de la gente que iba despavorida a la Plaza y aguardamos frente a la Catedral la salida del sol. Treinta y dos años después, solicito al taxista que me lleve al mismo lugar.
Lo primero que golpea la vista, al llegar, es el estado de deterioro y abandono absoluto de la Catedral. Falta pintura para la Catedral de Managua y la de León, donde reposan los restos de Darío, pero abunda el verde y un despertar ciudadano. Las avenidas, los parques y los patios de las ciudades de Nicaragua son un reencuentro con la floresta vital. En lugar de cañones, destrucción y odios entre hermanos, hoy renace la esperanza y son los cantos de los pájaros los que despiertan a Managua.
Nicaragua no ha podido vivir en paz. Desde el cacique Nicarao hasta fines del siglo XX ha padecido sublevaciones y revueltas. De 1934 al 17 de julio de 1979 la familia Somoza se adueña del poder. El 19 de julio de 1970 los sandinistas conquistan el gobierno, estrellan el futuro y logran que más de un millón de nicaragüenses busquen el exilio.
El 25 de febrero de 1990 doña Violeta Chamorro gana las elecciones. “El día que todos ganamos”’, recordará Antonio Lacayo en su obra La difícil transición nicaragüense.
“La patria que heredé era una sociedad desgarrada por la división”, declaró la viuda de Chamorro, al traspasar el mando al presidente Arnoldo Alemán, el 10 de enero de 1997. “Los nicaragüenses no nos reconocíamos como hijos de una misma patria”, dijo la mandataria saliente.
Paso por una casa que ocupa una manzana y tiene los muros pintados. “Ahora es de Daniel Ortega, jefe sandinista”, me dicen. “La expropió y se quedó con ella”.
Hora y media tardó Pablo Marego, el taxista, de Managua a León. En Nagarote comí quesillos con tiste. Y bajo un matapalo frondoso de La Paz Centro hablé con dos hombres que sobreviven vendiendo camisetas de marca introducidas de contrabando desde Panamá. Sus ingresos no llegan a cien dólares por mes. Visito León Viejo, arrasado por el volcán Momotombo en el XVII y veo la tumba de Francisco Hernández de Córdoba, asesinado y enterrado sin cabeza. Me alucinan las casas neocoloniales de Granada. Recorro en bote treinta isletas del lago Cocibolca. “Es agua dulce y tiene tiburones”, me dice el abogado Guy Bendaña. Promover el ecoturismo debe ser un imperativo de este país.
Los nicaragüenses están haciendo un gran esfuerzo para recuperar cincuenta años de atraso en su desarrollo. El pueblo reclama políticos decentes, serios y trabajadores. Los intereses mezquinos de partidos y los caudillismos deben dar paso a buenos gobiernos. No pueden darse el lujo de hacer más experimentos políticos. El sector productivo, enriquecido con el entusiasmo de un grupo de empresarios jóvenes, necesita señales claras de los poderes públicos para imprimirle fuerza y velocidad al progreso.
Se respira ambiente de una nueva Nicaragua.
El autor es periodista colombiano