Un símbolo de fe y amor

Justo Pastor Ramos

En el libro donde se inscribe la historia de la vida, diciembre es la página del amor por excelencia, en ella encontramos la invitación a la alegría y al regocijo que llena a las almas de paz, paz que se conjuga con la armonía de los cantares celestiales esparcidos por los horizontes de la tierra abundante en la perfección de los ideales y de los sublimes sentimientos que se practican con el corazón.

Nuestro recordado PAC decía: diciembre es el mes de la primavera blanca, de nubes blancas como rebaños de corderos, de nubes de palomas, de flores blancas de los madroños, flores blancas de pascuas, mes de pitos, panderetas, ocarinas y lloronas, mes de pólvora, de estrellas y cabañuelas, mes del año que termina alrededor del pesebre; mes del infante.

Entonces diciembre es el tiempo grato y encantador, escogido más allá del infinito para encontrarnos con el Dios Niño anunciado por los profetas, quien trascendiendo la temporalidad humana viene divinizado sobre lo eterno de los tiempos proclamando en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.

Los bíblicos Evangelios así no los han explicado y el Cristianismo así lo acoge y lo celebra a partir del Primer Concilio de Nicea del año 325 de nuestra era cuando declara de manera oficial que “Jesús es el Hijo único de Dios, eterno como el padre , Dios verdadero y consubstancial con el Padre”, afirmación antológica que lleva el Papa Liberio durante su pontificado (252-366) o declarar la noche del 24-25 de diciembre como el momento del nacimiento de Jesús.

Cabe señalar que en esta fecha los romanos celebraban el “Natalis Solis Invicti” (el nacimiento del sol invicto) igual los pueblos contemporáneos celebraban también la llegada del solsticio de invierno.

Fecha que luego y hasta nuestros días ha sido motivo de informaciones vertidas por algunos biógrafos señalando la inexactitud de la misma sobre el advenimiento del Mesías, sin embargo el pueblo cristiano haciendo caso omiso de tales informaciones evidenció su fe celebrando de manera invariable este sagrado acontecimiento tal como lo dispuso la iglesia.

Celebración que en sus inicios tenía carácter humilde pero a partir del siglo VIII una confluencia de diversas culturas interrelacionadas con el pensamiento poético modifica su actual contenido manifestándose con una liturgia de mucha pompa que comprende decoración de los templos, cantares, música, cartas y representaciones del portal de Belén a los que San Francisco de Asís en la Edad Media desde la ciudad de Graccio al sur de Italia agrega los Nacimientos con la Pastorela y las Posadas.

Otro elemento que se agrega es el Árbol de Navidad que procede de una tradición de los pueblos germanos, que tiene su origen en el invierno, cuando los árboles pierden las hojas, éstos los adornan con arreglos de manzanas y piedras pintadas.

Existe también una leyenda europea que dice: en una fría noche de invierno un niño pidió refugio en la casa de un leñador quien le brindó abrigo y comida. Luego al filo de la medianoche el leñador sorprendido vio que este niño se había transfigurado en un árbol resplandecido y vestido de oro lo que le indicó que este niño era el mismo Niño Dios.

Hermoso ejemplo que nos enseña, en un sentido metafórico que la Navidad además de ser un tiempo para la paz y la felicidad, es el momento para practicar el bien y la amistad, una ocasión para meditar en nuestras actitudes humanas, para construir una reflexión sobre el significado de la encarnación del Verbo el cual siendo preexistente y divino viene humilde y sencillo a enseñarnos que la felicidad y los votos que auguramos por la paz, la prosperidad y la ventura no se sustentan en un mensaje político o social sino que se sustentan en la humildad y la apropiación de los valores.

Por ello sería muy significativo congregar nuestros pensamientos en una triple conjunción: ideas, sentimientos y actitudes tal como se congregó la tierra y los planetas del espacio sideral resplandeciendo la luz extraordinaria que guió hasta el pesebre a los magos de Oriente para que esa misma luz nos guíe a un placentero destino de paz y armonía ante lo cual podamos con espíritu navideño decirle al Infante de Belén: Lindo Niño de la medianoche, hoy voy a pone r en tu pecho un sol de cielo temprano y en tu frente granados de oro florecidos, sembrar en tierno corazón un jardín de estrellas en primavera y entregarte el don de mis amores.

El autor es historiador

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