Navidad: el clamor de cada año

Joaquín Absalón Pastora

El año pasado (2004) fue clamor nacional pedir “un detente” en los pasillos de la violencia, del verbalismo inútil entre las partes discrepantes, una pausa gratificadora. Solicitaban “el alto en el camino” las criaturas asfixiadas por la impaciencia —las tristes mayorías de Nicaragua— precisamente cuando los dientes mordían y siguen mordiendo miseria en la dentadura marginal y gris de los terceros, de los cuartos y quizá de los quintos mundos. Todavía están ahí y en pavoroso crecimiento las estadísticas de la FAO.

Por eso insiste la tendencia de hacer las veces del imaginario en el mapa (en el década uno hay un acuario con pescaditos de colores) donde las manos tocan los límites de la esperanza y de la desesperación, unos en el cielo, otros en el abismo.

“El alto en el camino” se ha logrado a medias. Es difícil conseguirlo por la crisis de sensibilidad y de responsabilidad de los muy supuestos ejecutantes del bienestar colectivo, de quienes se pusieron las prendas del apostolado para engañar. La idea de los mentirosos y de las estrellas de la sustracción de lo ajeno, es ensimismarse en el lucro estrictamente personal, dominando la tesis individualista sobre los intereses de las ovejas defraudadas, vejadas en vez de ser pastoreadas.

Debe reconocerse que el alero de la política hay en este momento un respiro, como que el eternamente socorrido Dios nos está perdonando, un respiro que pudiera ser de escasa o de larga duración según las circunstancias y los vaivenes con que se mueva el tablero de la tragicomedia.

Ahora un recurso invisible que no aparece en las páginas de la Constitución, llamado “ley marco” tuvo la capacidad gracias a los errores cometidos de ponerle “stop” a la mismísima Carta Magna puesta a un lado por la imperativa necesidad de acabar con el entuerto. La carta debilitada cada vez que prevalece un antojo. No cabe duda invocando los campos de lo práctico que la estructura del tal marco, tuvo como fondo la exhibición de un paisaje clareado, visto y sentido así por el anónimo parroquiano de la llanura, sobre todo en esta Navidad. Sin embargo con todo el derecho de gozar la afluencia de la sangre optimista sobre las venas, no cabe, como lo dijo un aspirante a la Presidencia de Nicaragua, estar totalmente feliz porque algo grueso queda por resolver: si es cierto que las condiciones políticas han mejorado, se hace muy difícil hablar de paz y de tranquilidad ante la zozobra de tanta pobreza que hay en el país”. Esto queda certificado con sólo echar un vistazo a los predios de Acahualinca para detectar que no sólo falta la comida sino también la esperanza y en otras partes o ahí también el consumo de las drogas aún en los menores de edad atados a la pega.

Me sumerjo en las páginas ilustres de la Biblia, maestra en el aprendizaje de la reflexión, sustentada por las fuentes del pasado donde hubo tanto del ejemplo de los líderes espirituales, del niño robustecido posteriormente por la grandeza de estar con nosotros hasta producirse el último suspiro de su vida. Si no se hubiesen alzado las voces murmurando primero sobre la ausencia del pan y de la carne, no hubiera habido danza en el paladar con motivo de la fiesta de los manjares antes de llegar a los límites de las tierras de Cannan.

Está pues, latente el derecho no sólo de murmurar sino que de protestar en torno a la falta de la sustentación, como lo dijo el político aspirante, unos pocos disfrutan la Navidad y unos muchos la sufren, sintiéndose más la diferencia entre ricos y pobres.

Lástima que en la efemérides gloriosa aparezca en las ventanas cuando se abren, la realidad de la eterna diferencia lejanía.

El autor es periodista.

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