Guillermo Rothschuh Villanueva
Con la promulgación del Código de la Niñez y Adolescencia, el periodismo nacional entra a una nueva etapa. El lanzamiento oficial del Código es un parte aguas. Sienta un precedente histórico. Al volverse tangible la discusión que venía sosteniéndose desde hace más de una década, se pasa de la retórica discursiva a los hechos tangibles.
La existencia de códigos de ética en Nicaragua es de una exigencia impostergable. La autorregulación sólo cobra sentido cuando es proseguida por actos concretos. No puede continuar proclamándose como una propuesta que no se compadece con la realidad. Las reacciones adversas que suscita la nota roja a través de distintos canales de televisión vienen a recordarnos de nuevo la necesidad de establecer este tipo de códigos. Algunos canales de televisión, para salir al paso, copiaron mal y de manera dispersa ciertos principios rectores de la ética periodística. Creyeron que con eso bastaba.
El Código de la Niñez y Adolescencia tiene el indiscutible mérito de haber sido consensuado. Un claro indicador de que los periodistas que trabajan el tema, están animados y guiados por principios altruistas, que tienden a dignificar y enaltecer los Derechos Humanos del mayor sector poblacional nicaragüense (57 por ciento). En verdad quienes son honrados son los mismos periodistas. Su decisión de dar un rumbo distinto a la cobertura de los temas acerca de la niñez y la adolescencia marca un hito trascendental en la historia nacional.
Con sólo apegarse a las disposiciones contenidas en el Código (contiene diecinueve artículos), ya estarían haciendo una enorme contribución a la sociedad nicaragüense. Constituye un mensaje positivo para una sociedad desencantada y desconcertada. Al alzar las banderas del decoro y del respeto a la dignidad violada de los nicaragüenses, abren espacio a la credibilidad y suscitan esperanzas entre los desesperados. Este tipo de señales alientan y reconfortan el ánimo. Significa que no todo está perdido en Nicaragua.
Si las niñas, niños y adolescentes son los principales beneficiados con la promulgación de este instrumento, la sociedad, los medios y el periodismo nacional, resultan ser los grandes ganadores. Con la excepción del diario LA PRENSA y el Colegio de Periodistas de Nicaragua, ninguna empresa informativa o comunicacional cuenta con un código explícito de esta naturaleza. Esto supone ejercer la profesión periodística asentándose sobre un marco de valores humanos.
Lo que resulta llamativo y confiere una especial trascendencia al Código de la Niñez y Adolescencia nicaragüense, es su carácter obligatorio para quienes lo suscriban. Al actuar de esta manera se sitúan en la corriente moderna de los códigos de ética profesionales. El español José María Desantes es categórico. Los códigos de ética deben poseer ese carácter. Caso contrario, únicamente se estaría incurriendo en la elaboración de un conjunto de buenas intenciones, a las que pueden sujetarse o no, según sea el grado de conciencia cívica y moral alcanzados. La puerta ha sido clausurada.
La autorregulación está desacreditada en América Latina. El especialista venezolano Antonio Pasquali se interroga ¿con quiénes deben trabajar los filósofos sociales, con los que elaboran códigos de ética que no se cumplen o con los legisladores políticos? La pregunta resulta alarmante. El camino recorrido para conquistar la libertad de expresión ha sido doloroso y sangriento. Los peligros acechan cuando los medios propician el escándalo y el sensacionalismo. Cuando algunas estaciones de televisión se convierten en gigantescas pantallas para refocilarse del dolor y el sufrimiento de cada ser nicaragüense, incurren en una violación de las normas éticas más elementales. Invitan a la regulación. El sensacionalismo pasa por alto dos valores esenciales del periodismo: su compromiso con la verdad y la responsabilidad social. Sobre todo estando de por medio normas constitucionales que fijan estos principios (Artos 66 y 67 Cn.). Como lo reconoce el especialista mexicano, Raúl Trejo Delarbre, en Poderes salvajes-Mediocracia sin contra pesos, “los medios de masas no sólo contribuyen a la conformación de gustos y estilos culturales, sino que, a la vez tienen un papel indispensable en la definición de consensos en las sociedades contemporáneas”. Un olvido deliberado y persistente que les aleja de asumir sus responsabilidades.
Como lo sostiene Javier Darío Restrepo, en El zumbido y el moscardón, una metáfora prestada al periodista y Premio Nobel, Gabriel García Márquez, aún cuando los medios aspiran a contar con la mayor audiencia, “este no es su primer objetivo”. Su primer compromiso es con la verdad. Tampoco su contenido debe estar subordinado a sus metas comerciales. Siempre será bueno repetir que el mercado no es todo, que los medios tienen otros compromisos con la sociedad, derivados de la naturaleza de sus funciones y establecidos constitucionalmente.
En este largo proceso hay que reconocer los méritos que tienen Save the Children Noruega, UNICEF y Dos Generaciones en la conquista de este sueño. La Facultad de Ciencias de la Comunicación de la UCA se siente complacida de haber formado parte de esta iniciativa. ¡En buena hora se ha arribado a puerto!
El autor es decano de la Facultad de Ciencias de Comunicación de la UCA