Jorge Eduardo Arellano
La abundancia de los hipocorísticos —abreviación afectuosa de nombres propios— ya ha sido advertida y ejemplarizada por Carlos Mántica en El habla nicaragüense (1973). En este libro, que continúa siendo la fuente más actual y disponible para realizar trabajos lingüísticos en nuestro país, suministra 56 abreviaciones o formas hipocorísticas que “presentan en Nicaragua una característica especial que puede haber escapado a los observadores” (1988, p. 45). Tal característica es la alta incidencia de la letra /ch/ —inicial o intermedia— que, según Mántica, obedece a la imitación de hablar de los infantes, lo cual no le convence del todo. Sin embargo, desde 1935 el alemán Josef Stratmann, en su tesis doctoral Die hypokoristichen Formen der neuspanischen Vornamen, había concluido que al lenguaje infantil se debían los cambios fonéticos especiales que sufrieron los nombres de pila afectivos, compilados sistemáticamente en 27 provincias de España.
A la misma conclusión llegó, veinte años más tarde, Peter Boyd-Bowman tanto en su artículo Cómo obra la fonética infantil en la formación de los hipocorísticos (1955:337-336) como en su estudio de los nombres afectivos de Guanajuato (México) y del Distrito Federal inserto en su obra El habla de Guanajuato (1960:138-149). No estaba equivocado, pues, nuestro colega. En realidad, las deformaciones que experimentan los hipocorísticos “se deben en gran parte al rudimentario sistema fonético de los niños que aprenden a hablar, y a los conscientes que hacemos los adultos con intención cariñosa, para imitar ese sistema”, anota Boyd-Bowmann. Igual confirmación aporta H.L.A. Van Wijk en su investigación sobre Los hipocorísticos hondureños” (1964:302-312), modelo de esta glosa.
La mayoría de los nombres de pila con abreviación afectiva que hemos reunido —más de doscientos— son usuales también en otras zonas del mundo hispano. Por ejemplo: Chema, Manolo, Paco, Pepe, Mimí, etc., pupulan en España, al igual que otros confirmados por Alejandro Fajardo, lingüista egresado de la Universidad Complutense de Madrid. Pero hay algunos nombres cuyas abreviaciones revelan una innegable creación nicaragüense o, cuando menos, centroamericana. Nos referimos a Colacho, Chila, Chitoyo, Maño, Nayo, Lula y Pantuco.
De acuerdo con Boyd-Bowmann, no contamos entre los verdaderos hipocorísticos los nombres que se forman de algún sufijo diminutivo (Pedrito, Joselito). Pero si incluimos entre ellos los nombres reducidos por apócope, por ejemplo : Bruni de Brunilda, Fide de Fidelina, Nico de Nicolás, Queta de Enriqueta, Tin de Agustín y Valentín, Yola de Yolanda y Zaca de Zacarías.
El primero en reportar los hipocorísticos “nicas” fue Pablo Levy en sus enciclopédicas Notas geográficas y económicas sobre la República de Nicaragua (1873). Por su índole pionera, conviene reproducir esa observación: “Como en todo el país, se acostumbra, en muchos casos, dar a los niños no su nombre verdadero sino el diminutivo o su alteración infantil. Por ejemplo, Gregorio, se dice Goyo; de Jesús se hace Chú; Gertrudis, Tula; Josefa, Chepa; Concepción, Concha; Francisco, Chico o Pancho; Dionisio, Nicho, etc.
Otro investigador, esta vez pinolero —el folclorista granadino Anselmo Fletes Bolaños (1878-1930)— recogió también, dentro de su amplia labor lexicográfica, este tipo de formas. En su estudio El Lenguaje vulgar, familiar y folclórico de Chile y Nicaragua (1928), consigna Antuco de Antonio, Bacho y Guacho de Bonifacio; Lola de Dolores; Nilo de Petronilo, Peto de Perfecto, Poncho de Ildefonso, Quecha y Quencha de Crecencio. (Cabe aclarar que Antuco, Bacho, Milo, Nilo, Peta y Peto ya no se emplean).
Por fin, el académico Julio Ycaza Tigerino (febrero de 1980) presentó en Lima, Perú, la ponencia Hipocorísticos nicaragüenses. En ella enlistaba 147 observando que en España la tendencia corresponde a suprimir las sílabas finales (Mari, Conchi, Pili), y en Nicaragua las primeras (Tino de Constantino, Mundo de Edmundo, Mingo de Domingo). Igualmente, señaló el sonido /ch/, quizás por influencia del náhuatl “en la formación de los hipocorísticos nicaragüenses más abundantes”. Pero ya vimos que ese sonido lo explica la pronunciación de los niños.
He aquí las características fonéticas observadas en la deformación infantil de una cantidad apreciable de nombres de pila o hipocorísticos: a) se conserva generalmente la sílaba acentuada (Móncho: Ramón; Mílo: Emílio; Mína: Guillermína); b) se convierte en /ch/ toda /s/ y /c/ ante vocal anterior (Chago de Santiago, Chano de Luciano, Chente de Vicente); c) la /r/, que en todos los idiomas que la poseen se cuenta entre los últimos sonidos que aprende el niño, se suprime (Beto, hiocorístico múltiple de Alberto, Gilberto, Humberto y Roberto) o se sustituye con l (Lola de Dolores, Lacho de Horacio, Lencha de Lorenza) o con y (Tuyo de Arturo, Nonoy de Leonor, Goya de Gregoria); d) se pierde la /l/ al final de sílaba (Rafa de Rafael), al interior de sílaba (Fofo de Rodolfo, Coya de Moclovia) e inicial de sílaba (Güicho, de Luis) y e) se manifiesta predilección por las sílabas reduplicadas o la reiteración de consonantes (Lala de Adelaida y Yolanda, Tota de Carlota, Lalo de Eduardo, Tete de Esther, Memo de Guillermo, Yoya de Salvadora).
Finalmente, las características de carácter morfológico que observamos son las siguientes: 1) Presencia de hipocorísticos masculinos en nombres femeninos (Chelo de Consuelo, Chayo de Rosario, Coco de Socorro, Chon de Asunción); 2) También se da, aunque con menos frecuencia, el fenómeno inverso (Chema de José María, Rafa de Rafael); 3) La terminación cariñosa en /ie/ y, usando principalmente préstamos del inglés (Dani de Daniel, Juli de Julia, Pati de Patricia, Tomy de Tomás, Tony de Antonio, Susi de Susana); 4) Hipocorísticos formados con la consonante final y el diminutivo correspondiente a ese nombre (Mito de Guillermito, Tito de Ernesto y Alberto); y 5) Utilización de anglicismos y galicismos. Entre los primeros se destacan, sobre todo en las ciudades, Alex de Alejandro, Charli de Carlos, Meri de María, Píter de Pedro, Richard de Ricardo; y, entre los segundos, Margó de Margarita.
El autor es director de la Academia Nicaragüense de la Lengua