Sergio Vélez Astacio
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El propósito de una labor monumental
Sergio Vélez Astacio
Hace cincuenta y siete años, una mujer alta, de edad madura y aspecto maternal habló y el mundo la escuchó. Sucedió en París el 10 de diciembre de 1948. La Asamblea General de las Naciones Unidas se hallaba reunida en el recién construido Palacio Chaillot, cuando la presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas se levantó para pronunciar un discurso. Con voz firme, Eleanor Roosevelt, la viuda del Presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt, dijo a los presentes: “Nos encontramos hoy en el umbral de un magno acontecimiento en la vida de la ONU y de la humanidad, la aprobación de la declaración universal de los Derechos Humanos por parte de la Asamblea General”.
Después que ella leyó las categóricas expresiones del preámbulo de la Declaración y sus treinta artículos, la Asamblea General aceptó el documento. Acto seguido, los miembros de la ONU se pusieron en pie para ovacionar a la señora. Roosevelt, la “Primera Dama del Mundo” como la llamaban cariñosamente en reconocimiento a su excepcional liderazgo. Al finalizar el día la señora Roosevelt exclamó: “Ha terminado esta larga labor”.
Dos años antes, en enero de 1946, poco antes de iniciar su trabajo la comisión de las Naciones Unidas se hizo manifiesto que la redacción de un documento sobre Derechos Humanos que complaciera a todos los miembros de la ONU entrañaría grandes dificultades. Los graves desacuerdos que surgieron desde el comienzo entre los dieciocho miembros de la comisión condujeron a disputas interminables. El representante chino pensaba que el documento debía incorporar la filosofía de Confucio, un miembro católico promovía la enseñanza de Tomás de Aquino, Estados Unidos abogaba por la declaración de los derechos estadounidense, los soviéticos querían incluir las ideas de Carlos Marx. Y estas fueron sólo algunas de las opiniones rotundas que se expresaron.
Las discusiones constantes de los miembros de la comisión pusieron a prueba la paciencia de la señora Roosevelt. En una conferencia que pronunció en la universidad parisiense de la Sorbona, en 1948, dijo que siempre había pensado que la crianza de su familia numerosa le había agotado la paciencia. Pero “para presidir la comisión de Derechos Humanos necesité todavía más paciencia”, añadió, provocando las risas del auditorio. Aún así, su experiencia como madre de familia sin duda le resultó útil. Un periodista de la época escribió que la forma en que trataba a los miembros de la comisión le recordaba a una madre “dirigiendo a una familia con muchos niños a menudo ruidosos, a veces indisciplinados, pero en el fondo buenos; que en alguna que otra ocasión necesitaban que se les corrigiera con firmeza”, lo cual le servía para convencer a sus opositores sin ganarse su enemistad.
Después de dos años de reuniones, cientos de enmiendas, miles de ponencias y más de mil rondas de votación sobre prácticamente toda palabra y cláusula, la comisión formuló un documento que enumeraba los derechos que en su opinión, debían garantizarse a todo hombre y mujer del planeta. Se le llamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Así se cumplió una misión que en algunos momentos pareció imposible.
Aunque no se esperaba que los muros de la opresión se derrumbaran el toque de este primer cuerno, la adopción de la Declaración Universal creó grandes expectativas. El entonces presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el doctor Herbert Evatt, de Australia, predijo que millones de hombres, mujeres y niños de todo el mundo a muchas millas de distancia de París y Nueva York, recurrirían a este documento. Ahora han transcurrido cincuenta y siete años desde que el doctor Evat pronunció dichas palabras. En este lapso, muchas personas han acudido en efecto a la declaración en busca de guía y la han utilizado como norma para medir el grado de respeto a los Derechos Humanos en todo el mundo.
El autor es asesor tributario