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Laicismo y libertad de religión
En Francia se conmemoró este 9 de diciembre el centenario de la aprobación de la Ley de Separación entre las Iglesias y el Estado, con la que quedaron institucionalizados definitivamente el laicismo y la libertad de religión.
Pero el laicismo no es una conquista francesa, únicamente. Es universal y en Nicaragua existe desde la revolución liberal de 1893 y está consagrada en el artículo 124 de la Constitución: “La educación en Nicaragua es laica. El Estado reconoce el derecho de los centros privados dedicados a la enseñanza y que sean de orientación religiosa, a impartir religión como materia extracurricular”. Además, el laicismo no es sólo un precepto educativo, sino un principio fundamental que sustenta la libertad y la tolerancia.
La vocación francesa y humana en general por el laicismo, hunde sus raíces en el pensamiento democrático de la cultura greco-latina clásica. Y en su vertiente más cercana viene del siglo XVIII, llamado Siglo de las Luces o de la Ilustración para resaltar que las nuevas tendencias en el pensamiento y la literatura que se desarrollaron entonces emergían de la profundidad de siglos de ignorancia y oscuridad y apuntalaban una nueva época iluminada por el humanismo, la razón y la ciencia.
Aquel espíritu de iluminación, ilustración y libertad fue consagrado en la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano que proclamó la Revolución Francesa de 1789 acerca de que “Nadie puede ser hostigado por sus opiniones, ni siquiera religiosas, mientras no alteren el orden público que establece la ley”. Sin embargo, debió transcurrir casi otro siglo hasta que, en 1881, se dictó la ley de laicización de la enseñanza basada en el principio de que la instrucción religiosa es responsabilidad de la familia y la Iglesia y la educación moral y cívica es competencia del Estado; y que el ámbito de las creencias —que son personales, libres y variables— debe mantenerse separado de los conocimientos que son comunes e indispensables para todos. Finalmente, el 9 de diciembre de 1905, la Asamblea Nacional francesa aprobó la Ley de Separación entre las Iglesias y el Estado, que puso fin para siempre al enfrentamiento secular, a veces sangriento, de la Iglesia Católica con el Estado y viceversa.
Bien entendido, el laicismo es una institución libertaria indispensable para asegurar la tolerancia y la convivencia democrática y pacífica de las personas y la sociedad. Para la misma Iglesia el laicismo tiene una gran significación positiva, al liberarla de compromisos políticos y materiales —que conducen a la corrupción y a la asociación con los políticos y otros personajes corruptos—, y al ayudarle a restablecer el principio esencial de separación entre la fe y el poder terrenal, establecido por el mismo Jesucristo, de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es Dios.
Lamentablemente el laicismo ha sido utilizado en muchas ocasiones como bandera de intolerancia a la religión e instrumento de persecución contra la Iglesia y los creyentes, como ocurrió en Nicaragua durante la revolución liberal de 1893 y la revolución sandinista de 1979. Pero a estas alturas del tiempo ya no cabe desvirtuar el laicismo y usarlo como justificación y medio de exclusión y represión antirreligiosa. El laicismo debe ser entendido y practicado como lo que verdaderamente es: precepto de separación de la religión y el Estado y principio de respeto al derecho de cada persona y grupo a profesar su religión —o de no profesar ninguna—, y de transmitir su visión del mundo sin verse sometido a la censura de nadie ni obligado a autocensurarse en ninguna forma.
Recientemente, en vísperas del 40 aniversario de la culminación del Concilio Vaticano II —que se cumplió este 8 de diciembre, Día de la Inmaculada Concepción de la Virgen María— el cual, entre sus documentos fundamentales para la reforma y modernización de la Iglesia Católica produjo también los que se refieren al ecumenismo, al diálogo entre las religiones y a la libertad religiosa, el Papa Benedicto XVI recordó el carácter positivo del laicismo, que no es hostil a la religión sino garantía a cada ciudadano de vivir su propia fe con libertad en el ámbito público.
Ciertamente, lo malo no ha sido ni es el laicismo en sí mismo. Lo malo y perverso es haberlo convertido en un arma arrojadiza contra la Iglesia, la religión y el derecho de las personas a practicar su fe y a propagar sus creencias.