José Esteban González R.
es un mes rico en festividades religiosas y familiares. Esto, que es cierto desde Finlandia hasta África del Sur y de Filipinas hasta México, Brasil y Chile, es mucho más cierto en esta tierra bendita que es Nicaragua. Aquí, al grito de “¿Quién causa tanta alegría?”, responde la nación entera: “La Concepción de María!”
Para todos los nicas que, aún sin ser ricos, disfrutan de cierta holgura, las festividades de La Purísima, de Navidad y Año Nuevo permiten vivir noches llenas de alegría, de amor familiar y de amistad sincera. Sin embargo, dichas celebraciones son también ocasión de grandes contrastes.
La Purísima no es muy frecuente en las capas de ingresos superiores. Navidad y Año Nuevo significan fiestas rociadas de finos licores, seguidas de una cena bien provista de ricos manjares, servidos en finos platos de porcelana. Para los más pobres entre los pobres, estas fiestas no traen siquiera un nacatamal caliente o un buen gallo pinto… Para algunos no hay cena, desayuno ni almuerzo en Navidad, ni hoy, ni mañana, ni pasado, sino la repetición interminable del hambre jamás saciada. Mientras algunos privilegiados se levantarán el 25 de diciembre para estrenar el Mercedes, el Jaguar o la Harley Davidson o lucir el solitario que les regalaron, otros saldrán de sus cuartuchos de ripios o de plástico para retomar el carretón desvencijado con el que, como todos los días, saldrán a recoger cartones, azulejos quebrados, latas y botellas usadas para venderlas y poder subsistir un día más, como era en el principio ahora y siempre, por los siglos de los siglos …
Hoy, en nuestra sufrida y querida Patria, la alegría se desvanece en nuestros corazones frente a la dureza de los caudillos mentirosos y corruptos que, en sus mansiones mal habidas, aprovecharán estas festividades santas para seguir fraguando planes perversos con el fin de seguirnos robando y oprimiendo.
Algunas familias llorarán en silencio a sus seres queridos, ausentes por primera vez de la mesa familiar o contemplarán el lecho vacío del esposo o la esposa que ya se ha ido… Pero nadie llorará lágrimas más amargas que las madres, esposas e hijos de los que han partido a tierras lejanas buscando el sustento. Nadie, podrá imaginar el sufrimiento de la madre de nuestro hermano Natividad De Trinidad, quien para no morir de hambre en Nicaragua se tuvo que ir a Costa Rica donde murió despedazado ante las cámaras, bajo la mirada inhumana y maldita de policías incapaces y de espectadores estúpidos que no hicieron ningún intento para salvar al pobre hombre, convertido en sangriento guiñapo, de las fauces de perros asesinos.
Una vez más, desde las páginas sagradas del evangelio de Mateo, nos llegan aquellas terribles palabras después de la matanza de los inocentes… “Y así se cumplió lo escrito por el profeta Jeremías:
“Se oyó en Ramá,
llantos amargos y grandes lamentos.
Era Raquel que lloraba por sus hijos,
Y no quería ser consolada
Porque ya estaban muertos”
Es diciembre… En medio de la deliciosa algarabía de niños felices y el tintinear de copas de cristal precioso, se escuchan tambores de muerte, resuenan canciones de duelo, se eleva hacia el cielo el clamor de tantas familias sumidas en insondable dolor y se levanta el grito de rabia de este pueblo pidiendo castigo para criminales y corruptos, y reclamando a los gobernantes —como lo hizo Roberto Terán, empresario visionario, en una frase inolvidable— “compasión por la nación”.
Por eso, sin opacar la alegría, las risas y las luces, los besos y abrazos de familias felices en torno a sus regalos, debemos prestar oídos a interrogantes terribles que exigen respuesta: ¿Por qué tanta tristeza? ¿Por qué tanto dolor? ¿Por qué tanta crueldad? ¿Por qué tanto llanto?
Al grito jubiloso de “¿ Quién causa tanta alegría?”, que resuena en todas nuestras ciudades y poblados —responde desde las montañas de Jinotega, las cañadas de Matagalpa y las riberas de los majestuosos ríos de nuestra Costa Atlántica, otra pregunta que da escalofríos: “¿Quién o qué causa tanta tristeza?”.
Y esta vez nuestra propia conciencia responde: “No sólo los caudillos criminales y corruptos, sino nosotros mismos que nos hemos doblegado ante ellos o bajado los brazos y caído en las redes del sistema mafioso en el que descansa su poder”.
Y el grito vuelve, insistente: “¿Y qué causa tanta tristeza?”, y el eco responde: “La injusticia, la corrupción, el desempleo y la pobreza!”.
¡Ay, Nicaragua mía!, ¿Hasta cuándo?
El autor es fundador de la CPDH, Presidente Nacional del PSC.