Mario Fulvio Espinosa
Hace un siglo el pueblecito era conocido con el nombre de San Juan de los Platos, y era así porque la diminuta población que entonces tenía se dedicaba a una labor muy apreciada dentro de los sectores indígenas del departamento de Masaya: la fabricación de comales, porongas y ollas de barro.
Moldeaban también los sanjuaneños cerditos gordos y sonrosados que desempeñaban la función de alcancías y cuya vida era efímera, pues los niños indígenas que las adquirían las rompían al entrar diciembre para comprar la cotona, el pantalón chingo o unos caites nuevecitos.
Dentro de esa fauna de las alcancías, con manos prodigiosas los sanjuaneños fabricaban una gallinita de cresta colorada que permanecía echada en su nido, o un gato de lazo rojo que sentado esperaba que le introdujeran monedas en la ranura que tenía en el lomo.
De pitos ni hablar ni que desear. Desde pequeños pollitos que gorjeaban si les ponían agua en el buche, hasta la locura de las niñas campesinas: diminutos utensilios de cocina, pequeñísimas piedras de moler, pichelitos, platitos, cocinitas, nacimientos y muñequitas de barro.
El barro era precioso en su primitivismo y en su elemental colorido.
Hoy han cambiado muchas cosas. Los viejos artesanos dejaron la herencia de su arte a los nuevos que, a través de cursos especializados, han hecho con barro trabajos de filigrana.
Los estilos se han dirigido a enriquecer los diseños complicados del arte precolombino y Quetzaltcoatl “la Serpiente Emplumada” muerde y envuelve con su cola de colores las vasijas ornamentales, los incensarios de puyones y las ollas estilizadas.
Visitar, por ejemplo, el taller de cerámica de don Miguel Ángel Calero nos lleva a pensar en la metamorfosis que ha tenido el barro en las manos acariciadoras de los artesanos de San Juan. No cabe duda que hemos perdido autenticidad. Pero también los sanjuaneños han ganado en técnicas y recursos artísticos.