Carlos Cardenal
Esa frase tan popular como elocuente, trata de ser la justificación de lo que el concepto de chapucería quiere significar, como lo tosco e imperfecto de una obra hecha sin arte y sin gusto. Sería como la antítesis de calidad y excelencia, en los productos que manufacturamos o elaboramos.
Lo contrario de chapucería es la excelencia, y este concepto ha adquirido mucha relevancia en lo que se produce o manufactura, para poder competir en el mundo globalizado de mercados exigentes, donde esos bienes y servicios deben ajustarse a estándares de calidad rigurosos.
La excelencia es sinónimo de calidad, algo que es bueno y que debe ser óptimo para alcanzar el grado superlativo de aceptación, de forma tal que el producto no es otra cosa que una extensión de la mano o de la máquina que le da la existencia o dicho en otras palabras creación del hombre, único ser capaz de hacer las cosas bien.
Volviendo al caso opuesto, que es la chapucería, tenemos que admitir que aunque hemos superado un poco su arraigada presencia en la actitud de las personas que en nuestro país producen bienes y servicios, existe todavía una tendencia a ignorar como meta, la perfección, en lo que es el producto terminado o el servicio prestado.
El perfil de calidad hacia el cual está abocada la economía de mercado todavía no constituye un parámetro esencial en nuestros procesos de producción o manufacturas y aunque queramos ser muy chauvinistas, estamos lejos de alcanzar calificaciones para nuestros productos nacionales, semejantes al ISO 9000 u otras similares. Esto es válido para un trabajo de albañilería, un mueble terminado o cualquier otro artículo hecho por nuestros artesanos y obreros.
Los ejemplos son incontables y muy palpables en las construcciones de inmuebles, donde la plomada, el nivel y la escuadra parecen haber caído en desuso, y de ahí que lo de “una vara no es desplome” se confirme hoy en día con inusitada frecuencia, naturalmente que en menores dimensiones. Hay notables excepciones a esta tendencia de descuido injustificable, siendo la más notable, la de la taza de la excelencia, en el rubro cafetalero.
La etiología u origen de la chapucería, bien me parece, tiene raíces culturales agravadas por ideologías populistas, como la proclamada en los años ochenta, donde los famosos “innovadores” eran considerados genios y genuinos inventores, cuando en su mayoría eran remendones de osadas improvisaciones.
Cuando el Estado tiene el monopolio de la oferta y la demanda, es muy fácil caer en el chapucerismo, por la escasez de productos y la falta de poder escoger entre los mejores y los peores, ya que todos son iguales, si es que los hay, sin perjuicio que el direccionismo estatal está más interesado en el discurso demagógico, que en una economía de bienestar social.
No quiero atribuir todo el peso del problema de la calidad (léase excelencia) exclusivamente a una coyuntura de economía de mercado. Creo que el ser humano siente en su interior la satisfacción cuando crea un producto sobresaliente, corroborando lo que el filósofo holandés Spinoza sostenía, que el placer es la perfección y una cosa bien hecha genera agrado, tanto a los sentidos como al espíritu del creador y del usuario.
Lo bello y lo bueno se confunden en lo que llamamos calidad. Ésta debe constituir un derecho y el Estado debe velar para que sus ciudadanos obtengan productos de óptima manufactura, en un afán de facilitarles una vida más placentera y saludable.
La búsqueda de la excelencia tiene desde luego razones económicas principalmente, pero las estéticas y hasta las éticas gravitan en el esfuerzo integral para hacer del aparato de producción, un factor creador de una imagen de país competitivo, compuesto por gente honrada y trabajadora.
El chapucerismo es un estilo, un mal hábito de vida, que no abona al enriquecimiento y progreso de los pueblos, y que debe ser erradicado desde sus más profundas raíces, en todos los ámbitos y actividades de los nicaragüenses.
El autor es miembro del Foro Eduquemos.