Mitos de la izquierda

Mauricio Díaz D.

En ocasión de la recién finalizada IV Cumbre de las Américas, celebrada en Mar del Plata, Argentina, volvieron al debate viejas tesis y propuestas, ahora en ocasión de la propuesta de dedicar un párrafo en la Declaración final al tema de la Alianza de Libre Comercio de las Américas.

Una de esas viejas tesis giró en derredor del rol del Estado en las sociedades contemporáneas. Entre quienes insisten en un Estado empresario y planificador versus la idea del Estado facilitador que mantiene el orden y hace que las leyes se cumplan.

Creo que independientemente de las concepciones filosóficas, ambos tipos de Estado deben ayudar por razones humanitarias, a los sectores más vulnerables, primero para salvaguardar su dignidad como personas humanas y segundo para posicionarlos en mejores condiciones de competitividad.

Aparejado al tema del tipo de Estado se da una discusión sobre quién detenta la representación de las mayorías y el tipo de democracia a que aspiramos los latinoamericanos. Inspirados en la vigencia del Estado de Derecho, un gobierno de las mayorías implica el respeto a los derechos inalienables de las minorías, lo cual significa que existen derechos naturales que no pueden ser menoscabados en nombre de las mayorías.

Apareció de nuevo el planteamiento de que la democracia representativa no agota otras formas de democracia como la democracia directa. Se debatió en torno a que la democracia representativa conlleva implícita formas de participación popular, organizada y racional que perfecciona los procesos de tomas de decisiones sin caer en populismos demagógicos. Las recién pasadas experiencias “revolucionarias” de países como Nicaragua ponen en claro que la democracia popular creó el “poder popular” que degeneró en poder del partido y éste degeneró en el poder del hombre, desnaturalizando su intención primigenia hasta llevarla a la aberración del caudillo.

Se discutió en torno a lo que fácilmente se califica como neoliberalismo y que no es otra cosa que “un conjunto de medidas de ajuste con que se intenta paliar la crisis económica de la región: disminución del gasto público, recorte de la nómina estatal, privatización de las empresas del Estado, equilibrio presupuestario y control riguroso de la emisión de moneda”. Asimismo el tema del gasto social y las llamadas “conquistas sociales” muy en la boca del discurso izquierdista, cuyo fundamento lo constituye la argumentación de que “la calidad” de un Estado se mide por la cuantía del gasto social en que incurre sin darse cuenta que el objetivo de cualquier sociedad sana es reducir paulatinamente ese “gasto social” hasta que sea innecesario pues la meta debe ser que los ciudadanos vivan de su trabajo, por lo que el “gasto social” no debe ser un objetivo permanente, sino una ayuda circunstancial.

En el fondo del debate dos tesis se contraponen. La de quienes aún insisten que la globalización, la apertura y el neoliberalismo atentan contra las soberanías nacionales y son simples instrumentos de penetración del corporativismo transnacional y en el otro lado, la de quienes sostienen que los países más ricos del planeta son los que muestran economías más abiertas, han optado por el mercado renunciando al intervencionismo y la planificación, poseen las menores protecciones arancelarias, y comercian intensamente con el resto del mundo. Como sucede con Estados Unidos, Europa Occidental o Japón, mientras que los países más pobres son los que escogieron la autarquía, el estatismo y las restricciones al comercio internacional, siendo los que menos progresan e incluso los que más temen y rechazan el progreso.

Resulta paradójico que la izquierda, supuestamente progresista se empeñe en copiar los ejemplos fallidos en vez de los exitosos, tanto en el terreno de la economía como en el de la política.

¿Será que por simples razones contestatarias se levantan banderas de irracionalidad? Que el “imperialismo” y el libre mercado son malos es una afirmación contradictoria. El imperialismo según el análisis marxista es la última fase del capitalismo, fase “decadente” por cierto, pero resulta que lo que decayó y cayó fue el comunismo por lo que resulta ridículo seguir levantando las banderas de un proyecto fracasado que negó, no sólo la libertad al hombre sino, además su derecho al progreso material en el nombre de un igualitarismo hipócrita pues lo que parió fueron nuevas clases y nuevos dueños de los medios de producción producto del latrocinio no del trabajo honrado.

Los nicaragüenses debemos tener mucho cuidado con el manejo de estas categorías particularmente cuando la pobreza y la inestabilidad no nos permiten aún beneficiarnos de los frutos de la libertad y la democracia.

El autor es Vicepresidente del Partido Social Cristiano (PSC)

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