Luis Sánchez Sancho
El filósofo mexicano Héctor Zagal Arreguín vino recientemente a Managua para dictar una conferencia sobre valores en la empresa privada, en la que habló sobre “Los doce mitos en la ética de los negocios”. Y entre ellos mencionó el mito de Níobe, al que también llamó “mito de la eficacia de la KGB” (la temible policía de seguridad del Estado comunista en la extinta Unión Soviética).
Se le llama mito de Níobe, dijo el filósofo mexicano, porque se refiere a la creencia —falsa— de que “los controles excesivos generan actitudes éticas”. Sin embargo me llamó la atención esa caracterización del mito de Níobe, porque a mi juicio éste no tiene nada que ver con lo que dijo el señor Zagal y mucho menos con la famosa “eficacia” represiva de la KGB soviética.
Níobe, hija de Tántalo y Gea, se casó con el rey legendario de Tebas, Anfión, quien era hijo de Zeus. Níobe y Anfión tuvieron una frondosa progenie de catorce hijos, siete mujeres e igual número de varones, que eran el orgullo de la gran reina tebana. Sípilo, Agenor, Redimo, Ismeno, Minto, Tántalo y Damacsitón, se llamaban los varones; y Etodea, Nera, Cleodoxa, Astioque, Eftia, Pelopia y Asticratia u Ogigia, eran los nombres de las hembras.
Tan orgullosa estaba Níobe de sus hijas e hijos, que se jactaba de ellos a cada momento y por cualquier motivo. Y uno de los tantos días en que los tebanos iban al templo de Leto —la poderosa diosa que era hija de Cronos y madre de Apolo y Artemisa—, Níobe les dijo que mejor debían rendirle culto a ella que tuvo doce hijos, y no a aquella que apenas había parido a dos. Entonces Leto, sintiéndose ultrajada por la palabras de Níobe, pidió a sus hijos que castigaran su osadía e impiedad.
Y así fue que, encontrándose los catorce hijos de Níobe en el bosque, paseando y haciendo ejercicios, se apareció Apolo y mató a los siete varones con certeros flechazos. Las siete hermanas huyeron aterrorizadas, pero cuando se acercaban a las murallas de la ciudad fueron abatidas por los rayos que les lanzó Minerva.
Cuenta la leyenda que fue tan grande el dolor que sintió Níobe cuando vio los cadáveres de sus hijos, que quedó paralizada y poco a poco se fue convirtiendo en piedra. Y luego los cadáveres de sus hijos también se petrificaron.
Así estuvieron, en estado pétreo, durante nueve días y nueve noches, mientras los tebanos asombrados y consternados lloraban inconsolables, también por el rey Anfión quien al conocer la desgracia de sus hijos y su mujer, se quitó la vida él mismo. Finalmente, a los nueve días Apolo y Artemisa fueron compasivos e hicieron que las piedras volvieran a ser cadáveres y que Níobe volviera a la vida, para que sepultura a sus hijos como mandaban las leyes de los dioses.
Pero después de sepultar a sus hijos la reina de Tebas quedó con el alma destrozada por el dolor, hasta que Zeus la volvió a convertir en piedra y con un soplo la subió hasta la cumbre de la montaña Lipilo, en Lidia, el país natal de Níobe, donde quedó como símbolo del castigo de los dioses.
Y en aquellos tiempos se relataba que quienes lograban subir hasta la cumbre de la montaña y acercarse a la piedra singular, miraban que de ella brotaba el agua de las lágrimas que derramaba la madre eternamente adolorida por la pérdida de sus hijos y por el arrepentimiento de su impiedad.