La geofagia de los ticos

Ernesto J. Marín

Casi la mitad de la actual extensión territorial de nuestra amada hermana del sur es de génesis nicaragüense. Génesis del griego, origen y principio de una cosa. La hermosa Guanacaste cuna de la riqueza ganadera y de la siembra de granos constituye uno de los rubros de mayor ingreso de la producción de este país, a estos sumamos la ribereña Nicoya, gemela de la anterior, donde los complejos turísticos, hoy llamados resort, atraen a cientos de miles de turistas europeos, estadounidenses y aun de nostálgicos nicaragüenses. Una enorme franja de tierra de decena de miles de kilómetros cuadrados todos desprendidos del sagrado territorio nuestro, producto de la impudicia, indiferencia imperdonable de los caciques de cuello blanco que nos gobernaban, todo en provecho de la insaciable glotonería de los vecinos del sur.

Estamos hablando de la histórica geofagia de los costarricenses. Geofagia, es comer tierra, tragarse el humus e inventarle otro nombre y apellido. Y se nos hace difícil al encontrar una semejanza, una igualdad entre los que se anexaron Arizona, Nuevo México, California, Nevada, más un largo etcétera y nuestro fratelo que se aprovecharon para zamparse de un solo bocado el apetitoso “combo” geográfico de Guanacaste y Nicoya juntos. Hasta el folclor es un regalo de los despreciados nicas, si no es así ¿qué tiquillo no gusta de cantar y bailar El punto guanacasteco? Y que lo bailan bien con el zapateado incluido.

Por supuesto que de la marcha del tiempo, sólo permanecen las huellas de la longevidad y el recuerdo. La historia nos hace presente que la alta burguesía costarricense llega a la centenaria universidad de León, inclusive presidentes, ministros y empresarios, toda una escogida élite subía las gradas de la Alma Mater para cultivarse en la vieja y generosa Nicaragua, porque simplemente ellos no contaban con instituciones de esa categoría, todavía no habían sido fundadas.

Pero ahora nuestros envarados vecinos, de muy mala memoria, que ni siquiera leen su propia historia creen haber nacido en Escandinavia, acumulando una macroenergía muy dada a despreciar a sus vecinos del norte castigados por el sol y dignificados por el noble amor al trabajo.

Ahora el ilustrado gobierno de Costa Rica nos está inculpando, nos está acusando ante el Tribunal Internacional de La Haya, por el berrinche que tienen de querer navegar en las tres millas que le corresponden en el Río San Juan de Nicaragua armados y custodiados por sus engomados policías militares o guardias civiles, adornados con sus fusiles M-16, más morteros, granadas, pistolas, metralletas, UZI y tutti cuanti.

Nicaragua dice “no”, y además para hacerlo tienen que solicitar permiso, navegar sin armas, enarbolar la bandera de Nicaragua, y transitar custodiado por nuestro ejército nacional. Ese tránsito es similar al cruce del Canal de Panamá, donde los transatlánticos tienen que izar la bandera panameña al cruzar el istmo.

Sólo podrán navegar con objeto de comercio, igual que hace más de un siglo y según el tratado Cañas Jerez de 1858. Recordemos que en esa época los costarricenses exportaban su café a la vía del Atlántico por esa ruta. Pero ni su café ni sus pejibayes tenían que navegar acompañados por autoridades armadas de ese país.

La pequeña soberbia imperial de los chocolates Gallitos y la leche Dos Pinos no tiene nombre además, de la patológica y geofágica crónica la que padecen de larga data, ha surgido una nueva, la hidrofilia, más húmeda que la anterior, ya que su única debilidad es el intenso cariño por las aguas de nuestro emblemático Río San Juan de Nicaragua. Algo tendrá el agua cuando la bendicen.

La altivez y el orgullo de esos señores los hace sujetos de incapacidad para dialogar. El fallo de Holanda los hará entrar en razón. ¡Así lo esperamos!

El autor es diplomático nicaragüense.

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