Con un rottweiler en el estómago

Fernando Bárcenas

Nos hemos acostumbrado a ver a los perros como amigos del hombre, que le hacen compañía y desarrollan lazos de afecto con él. Reconocemos su utilidad en múltiples actividades de gran nobleza, como guías de ciegos, o bien, entrenados para avisar a los sordos cuando llaman a la puerta o cuando suena el teléfono, e incluso para ayudar a los parapléjicos a agarrar algún objeto. Sirven los perros de trabajo para la búsqueda de desaparecidos, para seguir un rastro, como compañeros de caza, para pastorear y conducir rebaños, para arrear a las vacas, y como mensajeros. Algunas razas, como los rottweiler que atacaron a muerte a un nicaragüense en Cartago, son excelentes centinelas y guardianes que protegen a sus amos.

Hace más de 14 mil años que el hombre convive con el perro. Por ello, instintivamente causa un doble dolor ver las imágenes de este animal, apreciado como mascota en nuestras casas, destrozar a mordiscos a un ser humano, que yace indefenso y herido en el suelo. Sin que ninguna orden pudiera detener su crueldad. La raza rottweiler desciende de una familia de perros utilizados por los romanos como perros de guerra, dada su ferocidad. Sin embargo, se le considera actualmente un perro tranquilo y amistoso.

Este hecho conmovedor ha suscitado un sentimiento injusto e irreflexivo de animadversión para con los costarricenses; por otro lado, motiva la reflexión de que el agresor inicial es el que invade de noche una propiedad ajena. No obstante, aquí es apropiado acotar una verdad sencilla: más allá de ciertos límites, las cosas cambian de calidad. De manera, que fuera de proporción, aún lo justo puede volverse injusto.

La crueldad es siempre innecesaria, además de indignar y sacudir, en principio, las fibras de cualquier persona moralmente sana. Para todas las culturas, un ser vencido e inerme en el suelo, es sagrado. Incluso, en las luchas entre animales, cuando se enfrentan brutalmente por imponer su jerarquía en el mando de la manada, la agresividad termina, por instinto, apenas el derrotado expone pasivamente la garganta. En este caso, el instinto de estos perros era asesino.

Los nicaragüenses en Costa Rica reciben diariamente repetidas muestras de solidaridad humana de parte de personas anónimas que sienten compasión por una mayoría de gente buena, que la desgracia obliga a abandonar su Patria. No es, ahora, el exilio político del pasado, lleno de gallardía, de opositores a la dictadura de Somoza, a quienes siempre se respeta. Sino la huida amarga de la pobreza extrema, de personas sencillas que no poseen más que una ilusión de vivir mejor, a quienes respeta sólo aquel cuya alma noble le permite ver la piel y no el harapo.

Más que un malhechor, el joven que murió destrozado por los dos perros rottweiler era un indigente, que vivía bajo un puente. A los 21 años, el balance de su vida fue de penurias aquí, y de penurias allá, en un recodo extranjero de la misma miseria. No merecía la muerte, mucho menos la agonía de perder a mordiscos la vida, durante dos horas de saña brutal. Sin embargo, esa muerte pudo haber ocurrido en cualquier lugar, basta que el sistema comunitario permita la marginalidad social, de modo que un ser humano no tenga otra opción que decidir todos los días entre alimentarse de la basura o de la ratería.

Gandhi, un hombre extraordinario, de acción, guiado, además, por un sentido ético de la política, se confesaba un pobre mendigo y contabilizaba como el mayor de sus bienes su reputación, que, finalmente, añadía, no vale gran cosa. Decía que cada uno de nosotros, consciente o inconscientemente, es más o menos culpable de robo. Al observar la terrible situación de la India, colonizada por los ingleses, Gandhi exclamaba: “Cuando quienes me rodean mueren por falta de alimentos, la única ocupación que me está permitida es la de alimentar a los hambrientos”.

De igual forma, antes de culpar a quienes acogen a los nicaragüenses que emigran, que nada tienen que ver con este hecho lamentable y aislado, debemos asumir con eficacia la responsabilidad de ocuparnos con urgencia en construir una sociedad que garantice un trabajo digno a nuestros ciudadanos.

El autor es Ingeniero Eléctrico.

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