Sofonías Cisneros L.
El sueño de todo Ministro de Obras Públicas o entidad encargada del Sistema Vial de un país cualquiera ha sido construir carreteras o caminos que sean “eternos”, como declaró el Ministro Solórzano al referirse a la carretera Chinandega- Guasaule, actualmente en reconstrucción. Ese “sueño” viene resultando “sueño de una noche de verano”, pues en el aspecto vial, por muy bien localizada, diseñada y construida que haya sido la obra, el invierno siempre tiene la última palabra.
Mis profesores de la materia de vialidad, aquí y en Estados Unidos, siempre insistieron en que en toda vía hay tres cosas que son las más importantes que hay que tener en cuenta, a saber: el drenaje, el drenaje y drenaje. Todo ingeniero de vialidad sabe esto si no porque no se lo dijeron en la universidad, por haberlo visto con sus propios ojos.
El tramo Puente Real, frontera de la mencionada carretera, que es parte importante de la Red Vial Centroamericana, fue construido, con todas las de ley, en los años 1967 a 1969 con financiamiento del BCIE. El contratista fue un consorcio llamado Techint-Valdés integrado por una empresa italo-mejicana y una constructora salvadoreña, ganador de la licitación internacional. Supervisó la construcción la firma consultora norteamericana Frederic R. Harris. La carretera vivió sólo diez años, pues fue destruida por bombardeo durante la guerra de insurrección. Se fueron el camino y sus puentes.
Toda carretera es diseñada para prestar servicios eficientes durante un período de 20 años (salvo los puentes que se diseñan para 40) y no es porque no pueda durar más sino porque el desarrollo del país conlleva el desarrollo del transporte y este último implica crecientes volúmenes de tráfico, mayores cargas y sobrecargas así como el desarrollo del entorno. Llega al momento en que la vía se vuelve obsoleta aunque haya sido bien mantenida y la estructura vial esté íntegra, de tal manera que es más económico reconstruirla y mejorar su capacidad, pues el mantenimiento se vuelve prohibitivo tanto como la congestión de tráfico, las demoras y los accidentes. Si desde un principio se construyera una vía con vida económica para 30 ó 40 años, se estarían desperdiciando recursos, como si se enterraran en el suelo muchos millones de dólares inútilmente, o bien, como si se diseñara la obra para que resistiera terremotos, huracanes, guerras, etc. y no habría dinero suficiente en las escuálidas arcas del Estado, además de que se vería ridículamente sobrada igual que nos veríamos nosotros si compráramos la ropa dos o tres tallas más grandes esperando la barriga de la tercera edad. Nos veríamos como “payasos” o como el “chemendengue”, personaje popular de la vieja Managua.
La carretera eterna no existe en ningún país, mucho menos en los países en vía de subdesarrollo.
La tardanza en concluir los trabajos de la carretera Chinandega-Guasaule se puede deber a fallas en la sección del contratista o a muchas otras razones, pero no a que se esté destruyendo una carretera “eterna”, ya que ningún contratista aceptaría firmar el contrato con esa condición; más bien la causa habría que buscarla en posibles fallas en el proceso de licitación.
Sólo Dios es eterno.
El autor es ingeniero.