El Diccionario Panhispánico de dudas

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El Diccionario Panhispánico de dudas


Jorge Eduardo Arellano
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A Manuel Seco, director durante mucho tiempo del Seminario de Lexicografía de la Real Academia Española, se le deben varias obras magnas como el Diccionario del Español Actual (dos tomos) y el Diccionario de Dudas y Dificultades de la Lengua Española, cuya novena edición renovada —y autografiada— conservo como un tesoro. En efecto, ha constituido mi principal fuente de consulta en materia de lingüística normativa.

Pero don Manuel sabía que la norma del español de España, en no pocos aspectos, no es la misma norma del español de América, ni concuerda con la de uno o demás países hispanohablantes. “Todas ellas —puntualizaba— son enteramente válidas en sus respectivas áreas, y cuando se dan estas discrepancias no ha de prevalecer la norma de España sobre la vigente en el país en cuestión”. Sin embargo, tenía presente que el destinatario primordial de su obra era el hablante de su patria: apenas el diez por ciento de los hispanohablantes en el mundo.

Tomando en cuenta esta realidad, la Real Academia Española y las 21 de América concibieron la ejecución de un diccionario que resolviese, con prontitud y comodidad, las miles de dudas concretas “que asaltan a los hablantes en su manejo cotidiano del idioma y que superase al de don Manuel Seco”. Y se ha logrado, tras años de coordinada labor, con el Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD) —panhispánico en cuanto abarca toda la realidad del mundo hispanohablante—, presentado oficialmente el jueves 10 de noviembre en Madrid. En la ceremonia representó a la Academia Nicaragüense su Secretario y colaborador del mismo, Francisco Arellano Oviedo.

Para el DPD, norma es “el conjunto de criterios lingüísticos que regulan el uso considerado recto”. Pero no se impone desde la altura académica, sino registrando lo que la comunidad hispanohablante convierte en hábito de corrección. En este sentido, dicho hábito tiene de modelos el habla considerada culta y la escritura de los autores más importantes de la lengua. Nada menos que 1,035 suma éstos, y casi medio millar las obras que sustentan los ejemplos del diccionario. Entre ellos figuran algunos centroamericanos: Miguel Ángel Asturias con ocho obras, Rubén Darío y Sergio Ramírez con dos cada uno; y con una obra los costarricenses Alfonso Chase, Samuel Rovinski y Ana Cristina Rossi; el guatemalteco Luis Cardoza de Aragón, la panameña Rosa María Briton y la nicaragüense Gioconda Belli.

Repertorio utilísimo para los hispanohablantes de todos los niveles, el DPD recomienda con argumentaciones, esencialmente con la existencia de un código compartido que preserva la eficacia de la lengua como instrumento de comunicación. Además, utiliza muy poco los calificativos correcto e incorrecto, que tienden a ser interpretados de forma categórica. Y en sus juicios sobre los fenómenos analizados conjuga, ponderadamente, los criterios de vigencia, extensión y de frecuencia en el uso general culto. En este ámbito no podía faltar —entre las fuentes consultadas— el periodismo escrito: los diarios de mayor circulación, que suman 211, de España e Hispanoamérica.

Con este término específico nos referimos a los países americanos de lengua española, así como Latinoamérica designa “al conjunto de países del Continente Americano en los que se hablan lenguas derivadas del latín (español, portugués y francés), en oposición a la América de habla inglesa”. El DPD establece que Latinoamérica es la denominación correcta y relega como incorrectas las grafías Latino América y Latino-América. Obviamente considera que debe evitarse la identificación del nombre del continente con los Estados Unidos de América, uso abusivo que se da sobre todo en España y que debe emplearse Centroamérica (una sola palabra) y no Centro América.

Entre miles de lemas o entradas (palabras simples como alcalde -desa; dobles como video o vídeo; locuciones como de balde o al bote), el DPD confirma igualmente válidas las grafías huaca (que prefiere, entre nosotros, LA PRENSA) y guaca (a la que ha optado El Nuevo Diario), huacal y guacal, Kosovo o Kósovo; y los usos del verbo engrapar (usado en gran parte de América) y grapar (exclusivo de España). Pero desaconseja, en la lengua culta, la grafía güemul, recomendando huemul (“Cérvido de los Andes australes”). ¡Ojo, chilenos!

También el DPD informa que, por tratarse de una locución inglesa cruda, big bang (que suele escribirse con mayúscula inicial) ya se documenta en español el calco Gran Explosión. Igualmente sugiere que holding se sustituya por grupo y que deben usarse las adaptaciones en el español americano de los siguientes anglicismos: buldocer, bistec, cácher, castin, glamur, Misuri y picop, derivados respectivamente de: bulldozer, biftec, catcher, casting, glamour, Missouri y pick-up.

Son de muy diversos tipos las cuestiones lingüísticas que los artículos de este muy esperado diccionario dan respuesta. Sería imposible enumerarlos todos. Yo sólo he transcrito unas muestras al azar y celebrado su aparición, como también rendir virtual homenaje a don Manuel Seco. El gran lexicógrafo siempre se empeñó —como ahora los gestores del DPD— en ayudar al sentido lingüístico de cada hablante para que trabaje en el perfeccionamiento de su propio lenguaje, dentro del ideal de la unidad idiomática, respetando su correspondiente diversidad, de los países que hablan español.

* El autor es Director de la Academia Nicaragüense de la Lengua.

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