Muchas gracias, papá

Lorena Zamora Rivas

Hace 30 días que partiste a la Patria Celestial. Papacito de mi vida, gracias por habernos amado como lo hiciste. Los testimonios de tu maravillosa existencia nos llegan a diario. Fuiste nuestro, pero también de tantas personas. Vos no pasaste jamás desapercibido. Fuiste generosidad, aliento, motivación, inspiración para tu prójimo.

Gracias por cuidar de mí, por haber escogido una profesión que te permitía mejorarme con tus cuidos especiales, no sólo lo físico sino también lo espiritual, al transmitirme confianza y seguridad en un mundo que estaba destinado a ser de lástima.

Y así, lograste arrancarme de la autoconsideración y autocompasión, y me convertiste en una mujer con ideas propias y con valores que no dependían de mi limitación física (si se puede llamar limitación). Pero lo más grande que me transmitiste fue el amor y temor a Dios.

¡Cómo sería de grande tú corazón que ante la adversidad de mi enfermedad, no te amedrentaste sino que tomaste la decisión de rehabilitarme vos! Y la maravilla del Señor, es cómo nos utiliza.

Además de que eras una persona grande de corazón, el hecho que en cada paciente tuyo te vieras reflejado a vos como padre y al paciente como tu propia hija, hizo que nunca menospreciaras el sufrimiento de los que buscaban en vos alivio y consuelo.

Y lo diste en grande, y los trataste con todas tus energías. A todos les diste una voz de aliento, de motivación de superación. Con todos te tomaste el tiempo de no sólo ser médico del cuerpo sino del alma, porque junto con la receta y tratamiento venían los consejos sabios que salían de tu corazón.

Unas de tus frases más profundas era “no sean coleccionistas de agravios”, o, “perdonen, disimulen, no juzguen, eso déjenselo a Dios”.

Con tu ejemplo nos enseñaste el valor del trabajo honrado, la responsabilidad. Muchas veces tuve la visión de como fue tu técnica de educarnos: nunca te gustó darnos las cosas sin que pusiéramos un esfuerzo, porque para vos las cosas fáciles no forman ni educan, sino que crean un vicio y un concepto equivocado de la vida. Así, puedo describir como yo me miraba, cuando fue hora de independizarnos, vos, desde tu esquina nos observabas y señalabas las fortalezas y debilidades pero nunca nos sobreprotegiste. Y cuando el dolor se nos presentaba, siempre estaba tu amor para sostenernos. Gracias por predicar con tu ejemplo.

Y qué más lección que la que nos diste durante estos meses de tu enfermedad, cuando con entereza cristiana, y con una gran humildad y amor, besabas a cada uno de los que te proporcionaba cuido, y a todos, les decías, “gracias, bendiciones de mi Señor”.

No te escuchamos lamentarte. Al contrario, seguías cada una de las recomendaciones para recuperarte. Y nos pedías perdón por tus quebrantos. Y al sentirte débil, invocabas a Dios.

Mi felicidad es inmensa de ser tu hija, y te digo hoy, en tus treinta días, que seguís vivo, porque seguís hablándonos y aconsejándonos, y dirigiéndonos. Te hemos sentido manifestarte en tantos detalles que sabemos, que si mantenemos nuestro corazón alerta, estaremos contando, ahora desde el cielo, con tu guía y amor. Hasta que nos volvamos encontrar papacito de mi alma.

Gracias por haber sido tan extraordinario. Te ama tu hija, Lorena Zamora Rivas.

La autora es arquitecta.

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