La Cumbre Garífuna

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La Cumbre Garífuna





La celebración de la Cumbre Garífuna que tendrá lugar hoy en Corn Island, es una fiesta para todos los nicaragüenses, no sólo para quienes pertenecen a esa etnia minoritaria ni únicamente para los habitantes de la Isla del Maíz y en general de las Regiones Autónomas de la Costa Atlántica.

En realidad, es trascendental el sólo hecho de que por primera vez en la historia de Nicaragua se celebre una cumbre internacional en la Costa Atlántica del país y específicamente en Corn Island. Además, la celebración de esta Cumbre de gobernantes de Centroamérica y el Caribe es un lanzamiento internacional de Corn Island, esa singular isla del Atlántico nicaragüense que es privilegiada por su belleza natural y la que por eso mismo en el futuro cercano será uno de los principales destinos turísticos de Nicaragua.

Por otro lado, la celebración de la Cumbre Garífuna tiene que apreciarse como una importante acción de rescate y revaloración de la diversidad cultural nicaragüense, que es tan rica como la de cualquier otro país de la Tierra pero que por el abandono y la desidia tradicional de la política gubernamental de Nicaragua, se ha mantenido en abandono y en grave peligro de convertirse en una especie cultural en vías de extinción.

Paradójicamente, es la globalización —en la que el país ya se ha insertado de hecho y ahora también de derecho, en forma deliberada e inteligente, al entrar en los TLC mediante la participación en el DR-Cafta recientemente ratificado—; esa globalización tan vilipendiada por la izquierda criolla e internacional que la acusa de querer “macdonalizarnos” y arrancarnos los valores culturales auctóctonos; esa globalización es la que ha venido a plantear con carácter de urgencia, la tarea inaplazable de reconocer, revalorizar y relanzar la diversidad cultural característica de Nicaragua.

Los organismos y cónclaves internacionales especializados en el asunto han definido la diversidad cultural como un patrimonio de la humanidad. Lo cual implica que es necesario hacer todos los esfuerzos que sean necesarios para proteger las diversas expresiones de la cultura nacional, de conformidad con el principio y la convicción de que proteger la variedad de culturas significa salvaguardar y fortalecer los valores nacionales, al mismo tiempo que promover la amistad entre los pueblos y la paz en el mundo.

En estas circunstancias, la globalización —cuya fuerza de atracción es irresistible y ningún país ni nación de la Tierra puede sustraerse de ella— es un proceso de internacionalización de gran utilidad para los pueblos, en cuanto a que no sólo impulsa el desarrollo económico y tecnológico, sino que también convoca a la conservación y el fortalecimiento de la riqueza que representa el aporte de las diferentes culturas. O sea que no es cierto que por su propio carácter y de manera inevitable, la modernización, globalización o mundialización —como se le prefiera llamar—, inexorablemente homogeniza a los países y naciones y desecha sus particularidades culturales.

Al respecto, en la Convención Internacional para la protección de la diversidad cultural aprobada en octubre recién pasado por la Unesco (que es el organismo de las Naciones Unidas para los asuntos de la educación, la ciencia y la cultura), en cuya votación Nicaragua se sumó a los otros tres países que se abstuvieron mientras que EE.UU. e Israel votaron en contra, se dice que: “Nuestro planeta rebosa de pueblos múltiples, cada uno con su lengua, sus tradiciones, sus técnicas y sus identidades específicas que deberían enriquecer nuestras vidas al ser fuente de una creatividad inagotable”.

Ese mismo espíritu fue el que animó a la Unesco a declarar Patrimonio de la Humanidad a la etnia, idioma y cultura garífuna, declaración que no ha sido ratificada todavía por Nicaragua pero que la Cumbre Garífuna de hoy en Corn Island debe servir para aligerar su ratificación.

La comunidad garífuna de Nicaragua está compuesta “apenas” por unas diez mil personas. Sin embargo, su riqueza cultural, su condición de nicaragüenses y su calidad suprema de seres humanos representa algo muchísimo mayor que su reducida cuantía numérica. En realidad, como suelen decir ahora los especialistas internacionales en diversidad cultural, la comunidad mundial —y mucho menos la nacional— no puede existir sin celebrar todos los días el reconocimiento y el respeto a la diferencia y la complejidad del otro.

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