Luis Sánchez
Dafne, ninfa de la montaña, era hija de Gea, la diosa de la Tierra, y de Peneo, el dios-río de Tesalia. Igual que todas las ninfas Dafne era bellísima, pero ella no quería amar a ningún varón sino conservarse virgen y ser siempre sacerdotisa del culto a su madre Tierra.
En una ocasión en la que Dafne como de costumbre paseaba por el bosque, fue vista por Apolo quien se prendó de ella y quiso hacerle el amor. Pero la bella hija de la Tierra rechazó el requerimiento amoroso de Apolo, quien, al ser rechazado quiso someterla por la fuerza.
Dafne huyó del divino e impulsivo enamorado corriendo con toda la rapidez que le permitían sus esbeltas y ágiles piernas, hasta que sintió desfallecer por el cansancio. Pero en su carrera había llegado hasta la orilla de Peneo, su padre, a quien imploró, lo mismo que a su madre Gea, que la salvaran del acoso de Apolo.
Sucedió entonces que cuando Apolo alcanzó a Dafne y extendió los brazos para abrazarla, la hermosa ninfa se transformó en un árbol que desde entonces se conoce como Laurel (pues el nombre de Dafne significa Laurel, en griego).
En vano fueron todos los esfuerzos de Apolo para que Dafne tuviera de nuevo la forma espléndida de mujer que lo había hechizado. Inútiles fueron también sus ruegos a Gea y Peneo, para que devolvieran a Dafne la forma humana, a fin de casarse con ella.
Pero el dios de la vida y de la luz no se resignaba a perder a su amada, aunque ella no le hubiera correspondido. De manera que Apolo designó al laurel como su árbol emblemático, y dictó que con una corona de laurel se debería honrar a los músicos, poetas y atletas (laureados), lo mismo que a los guerreros victoriosos.
Pero ni aún así Dafne (o Laurel) aceptó amar a Apolo y unirse con él. Al respecto cuenta la leyenda que un excelso pintor quiso un día pintar la imagen de Apolo, y escogió para pintarlo una tabla de madera de laurel. Pero no pudo fijar los colores en la tabla, pues se desvanecían en su superficie porque ni de esa manera quería Dafne unirse con quien la acosó y por su culpa quedó convertida en árbol.
Andando el tiempo y debido a todos esos antecedentes, el laurel fue considerado como símbolo mitológico de la castidad femenina. Además, los griegos le atribuían cualidades purificadoras, tanto del cuerpo como del alma, y por eso lo usaban como medicamento y medio para la expiación de culpas morales. Por ejemplo, a los triunfadores en las guerras los honraban con coronas de laurel, porque éste limpiaba la sangre derramada.
Por su parte, los romanos coronaban con hojas de laurel a las vírgenes vestales (las sacerdotisas de Vesta, diosa del fuego de la vida y del hogar). Y hacían con ramitas secas de laurel, las antorchas con las que se alumbraban durante la noche. Además, el laurel era un símbolo de castigo a los ofensores de los dioses y para quienes cometían acciones indebidas en perjuicio de las demás personas.
Los primeros cristianos consideraban al laurel como símbolo de la inmortalidad, debido a que siempre tiene verde su follaje. Y en la actualidad, a pesar del gran impacto de la ciencia y la tecnología en la vida de la gente, el idealismo humano todavía ve en el laurel un símbolo de la paz, que es la aspiración permanente de las personas y los pueblos.