Edmundo Dávila Castellónedc1033@yahoo
La política es la ciencia de lo bueno y de lo útil; el arte de establecer la justicia en el Estado.
Platón
Unos cinco siglos antes de Cristo los grandes filósofos griegos del clasicismo empezaron a idealizar la política organizada que actualmente conocemos y vivimos.
Por esos lejanos tiempos, el gran legislador ateniense, Solón —uno de los siete sabios de Grecia— inventó la palabra “democracia”, cuya concepción original sigue aún en vigencia veinticinco siglos después.
John Locke, en Inglaterra (1632-1704), fue el precursor del liberalismo en el mundo y en el siglo XVIII, en Francia, Montesquieu, Voltaire, Rousseau y los enciclopedistas de su país, con sus luminosas y temerarias ideas, contribuyeron decisivamente a la Revolución Francesa de 1789. Todos estos hombres preclaros y valientes fueron unos grandes maestros, unos analistas políticos de verdad.
Modernamente, se llama “analistas políticos” a personas que tienen cierta facilidad o soltura verbal (más que escrita), para tratar el tema, ya sea por capacidad natural, por experiencia adquirida, o porque así los han bautizado los medios de comunicación.
A continuación expongo brevemente algunas características que a mi juicio, como observador y por experiencia personal, debería reunir un analista político:
1. Debe ser objetivo, veraz y desapasionado en sus críticas y observaciones.
2. No debe censurar parcial y acremente a personas indefensas por faltas cometidas por las mismas, cuando hay otras que omite conscientemente por temor o conveniencia personal.
3. Los que de alguna u otra forma estuvieron “metidos” en la política en un pasado recordable y sus procederes en esta actividad hayan sido dudosos o censurables, sería mejor que se abstuvieran prudentemente de emitir opiniones sobre ética y moral, porque pudieran autoincriminarlos.
4. El principio fundamental de todo analista tiene que ser la ley natural de causa y efecto “sublata causa, tollitur effectus”, —suprimida la causa, cesa el efecto—, o sea “la acción y la reacción” que pueda aplicarse a los sucesos analizados.
5. El análisis del “especialista” debe ser integral u holístico, por lo que necesita manejar con suficiente conocimiento y habilidad la historia general del país y descubrir su concatenación con los acontecimientos actuales, conocer rudimentos de ciencias afines como la economía, sociología, derecho, moral y cívica, ecología etc., para que disponga de mayores elementos de juicio en sus observaciones.
6. El buen analista político debe tener cierta intuición y clarividencia, para recomendar medidas pragmáticas a tomar, lo cual significa que sus análisis conlleven algún mensaje de utilidad y trascendencia para el pueblo y los funcionarios a quienes está aludiendo.
7. Considerar seriamente la moral en la política es esencial e ineludible, en países como el nuestro. “Lo que es malo en la moral, es también malo en la política”, dice Rousseau.
Lo “malo” en la política, es toda acción u omisión de los gobernantes que individual o colectivamente ocasione daños e injusticia al pueblo, como la negligencia, la irresponsabilidad, la falta de honradez y seriedad; asimismo pasiones destructivas como el odio, el egoísmo, el rencor, la envidia, la soberbia, la avaricia, etc.
Estas grandes fallas morales y enfermizas entre los políticos son tan graves o peores que la tan reiterada corrupción sumen al país victimizado en el atraso, la anormalidad y el desprestigio nacional e internacional. La breve y sabia frase de Rousseau se ha cumplido notoria y palpablemente, como una profecía, en la historia reciente de Nicaragua, para no remontarnos a un pasado remoto del país.
Desde el año 1997 se empezó a desatar una fuerte e inusual “opinionitis” en todos los medios de difusión hablados y escritos de este país. Decenas de radioescuchas o televidentes participan diariamente haciendo los comentarios más variados y perspicaces. Gran parte de estos avispados ciudadanos no tiene mucho que envidiarle a un analista político “calificado”.
Un campesino humilde y analfabeta bien puede aportar valiosas sugerencias al gobierno sobre diferentes tópicos de nuestro país, como la pobreza, el desempleo, los aberrantes y codiciados megasalarios, la absoluta desprotección ciudadana, el desorden e indiferencia gubernamental, etc., que más bien atañen al instinto de conservación, a elementales derechos humanos, a la injusticia y a la desigualdad, etc., o sea aspectos sociales, éticos y morales, más que a la política en sí.
Los malos gobiernos de Nicaragua nos han obligado a protestar y defendernos, aunque un poco tarde y a convertirnos todos “a fortiori”, en consumados analistas políticos.
Pero nuestros análisis, señalamientos y reclamos podrán hacerse efectivos, desafortunadamente, sólo bajo una sana y verdadera democracia.
El autor es Ingeniero Estructural.