Alfonso Cortés, con el alma al viento

Fernando José Bárcenas Molina

La poesía de Alfonso Cortés austera y sensitiva es, probablemente, la más honda y bella producida en castellano, escrita en las velas tristes, tensas al viento por los sueños del poeta. Más que apreciar en ella la lucha por adquirir conciencia de la realidad, vemos la propia razón de Cortés abandonar el campo de batalla existencial, porque se siente inútil.

Para no ser un parásito insensible, que no intenta cambiar la realidad, como exige Camus, el poeta que no es capaz de decidir y de tomar elecciones, deja escapar su alma. Alfonso encuentra, al perder la cordura, una solución desesperada que le aparta de la angustia. “Los sueños tienden sus velas tristes al viento poderoso. El alma se deja ir con el viento. Nuestra voz yerra, se ha salido de nosotros el alma, para vernos de lejos. Mientras el viento ultraja el telón de las velas”.

Encadenado desde joven por la cintura a las vigas de su casa, Cortés vive en adelante con dolorosa coherencia, esa distancia entre el ser y la conciencia que Sartre llama “la nada”, mientras su alma, tirada al viento, le observa como objeto, de lejos.

En Cortés, lo inmediato es el ser, la conciencia le es ajena, externa, inaccesible al hombre. “La fluida distancia que no vemos, entre una y otra vida, tras la cual las cosas que miramos, observan. ¿En dónde estás, en dónde estás distancia sin medida? Dios no ha alcanzado a pellizcar tan lejos la piel de la noche”.

Para Cortés la realidad externa no es subjetiva, sino una losa inerte, que silencia al ser.

“Pone como losas, un silencio, una inercia del alma de las cosas. Ese silencio errante canta y nos roza el alma”.

El poeta, cuyo problema es ontológico, aspira a la libertad de existir sin angustias, acaricia su falta de lucidez, añora la natural sencillez de vivir como objeto, sin conciencia. “Cuando mi alma se abría, ebria de amor y de locura, como una flor del día. ¿Cuándo aprenderemos a vivir como los astros, libres, sin fin?” Sartre, a su vez, escribe otro tanto: “Existo. Es algo tan dulce, tan dulce, tan lento. Y leve”. Sin embargo, para Sartre el problema fundamental de la filosofía no es la existencia, sino el hombre que se crea a sí mismo.

Alfonso canta en el detalle de los ojos azules de Angélica, su visión terrenal: “Un trozo de azul tiene mayor intensidad que todo el cielo”. Esta visión terrena lucha, a su pesar, con la fe. “En este sitio que estamos, huele a mujer y a Dios. Veo mujeres siempre bellas y trémulas como aves”. Van concretamente sus ansias de vivir tras los pasos de Angélica: “Cuando caminas se quedan en el aire conversando de ti, los perfumes. Dame un aroma que me haga odiar todo perfume infame”.

El placer, no obstante —dice Cortés—, mata el espíritu, vacía el alma, y el hombre en soledad se pasa a la fe. De igual forma, para Kierkegard esa soledad que el hombre no entiende, hace que salte a la fe. Pero, Alfonso no escucha una voz que refuerce la fe, sólo lamentos. “Cuando los seres sientan la soledad, surcarán la arruga de la frente de Dios. Señor, en vano afino mis oídos, rendidos por escuchar el canto de tu voz. Mis oídos sólo escuchan gemidos, gemidos, gemidos”.

En la imposibilidad de encontrar la verdad por medio de una decisión intelectual, y en el carácter irremediablemente personal y subjetivo de la vida humana, allí encuentra Sartre la inmensa soledad del individuo. Pero, esa soledad obliga al hombre a forjarse a sí mismo. Hay que proyectarse fuera de la nada, claman Sartre y Camus. Para Alfonso no hay elección, la fe no basta y por encima de la nada no hay más que nubes muertas. “Dónde quiera que escudriña la mirada, encuentra pantanos de la nada, aves sin rumbo, nubes muertas. No hay más, no hay más, no hay más que caer como un punto negro y vago, en el remedio de la muerte”.

Adquiere conciencia, entonces, que las ansias de vacío le llegan, ahora, como gruñidos, a su alma: “Sobre el polvo de mi alma juegan mis penas, sobre el polvo de mi alma llegan las voces como aullidos”.

No hay más esperanza de encontrar la verdad, Alfonso no ve más que aves sin rumbo, niños ciegos. “Mis pobres ojos se pierden por los dédalos de mis sendas oscuras. El tiempo me tapaba la boca con un puñado de tierra. La luz, la gracia, la armonía, van a la esperanza, precedidas por un coro feliz de niños ciegos”.

Acepta, así, su vida vegetal, sin angustia ni fe. “En los tejados de las almas, tantos viejos sueños se destruyen. El cisne alzó las alas como una ostia partida. Yo he de ser siempre un punto alucinado. Ya no quiero sentir más las costillas de Dios en mi cerebro”.

Y concluye, al fin, con pesadumbre, que es necesario escapar del hastío existencial: “Si ya no tejen en tus altas tiendas nidos de amor las aves armoniosas, ¿no te hastía, hombre triste, seguir sobre la tierra…?”

El autor es Ingeniero Eléctrico

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí