Carlos Cardenal M.
Antes de entrar a describir la semblanza y ejecutorias del eximio hijo de Masatepe, doctor Humberto Alvarado Vásquez al conmemorarse este martes 31 de octubre, el 106 aniversario de su natalicio, confieso estar emocionado al reconocer que este esfuerzo de llevar a las páginas de un libro de entrañables matices la vida en plena dimensión de tan ilustre ciudadano, es producto del amor filial de Enrique Alvarado Abaunza, quien se encargó con minucioso celo de la recopilación de documentos, proclamas, cartas y fotografías, que reproducen con claridad el brillante perfil filosófico-político de este singular patricio, adscrito al culto del liberalismo de amplia cobertura ideológica, sin exclusión de otros pensamientos, siempre que no desbordaran la racionalidad y la cordura. Su liberalismo, de canto a canto, era la pura expresión de las libertades en su más extensa acepción, incluyendo la libertad de vivir sin temores y miserias.
Sería un trabajo de dilatadas proporciones resumir todo el pensamiento e ideología del doctor Alvarado en un artículo, primeramente porque su vida toda está empapada por ese manantial de valores humanos y humanitarios, que conforman el inefable talante de su personalidad, siempre dispuesto a servir tanto como galeno o como hombre público y luego porque son demasiados los hitos históricos que marcan su rica trayectoria de patriota.
Sostiene su hijo Enrique en su preámbulo que este libro no es una obra histórica, sino sólo una biografía, con lo que yo disiento, porque además de una interesante biografía, el libro es una historiografía y un texto de historia que desborda los linderos vitales de su padre y abarca con documentada seriedad los acontecimientos de relevancia nacional que se suceden entre 1926 y 1976 o sea de medio siglo.
El doctor Alvarado acrisoló con su verbo e indeleble ejemplo las esencias más puras del liberalismo y ponderó con denodada insistencia la puesta en marcha de una ideología que más que doctrina era la teoría liberal que él llamaba “funcional” y no la que hubiera podido convertirse en expresión demagógica, si no hubiera avalado aquélla con su ejemplar actividad política.
En el año de 1926, después de haber concluido sus estudios de medicina en México, si bien con vicisitudes económicas, pero a la postre con los méritos de un estudiante comprometido con sus deberes académicos y que logró trabajar como galeno un tiempo, en suelo extranjero, con legítima y autorizada licencia. Regresa a Nicaragua y casi inmediatamente es reclutado por el gobierno conservador, enfrascado en la guerra constitucionalista, para ejercer como médico en el frente de combate, y servir con el mismo celo como si fuese a sus correligionarios, lo que no tardó en acontecer, ya que a los pocos meses, al producirse los reveses del gobierno en la contienda bélica, el doctor Alvarado empieza a formar parte de la Cruz Roja revolucionaria y allí atiende con similar abnegación a los heridos, ratificando que su vocación profesional iba más allá de los credos políticos partidarios.
Al extinguirse los fuegos de la guerra, el doctor Alvarado se incorpora al quehacer político dentro de las filas del partido liberal y con su activo protagonismo, en pro del bienestar de sus conciudadanos, es electo diputado, donde somete notables iniciativas para beneficiar a la Instrucción Pública, la Sanidad, la Economía y hasta la dignificación de la clase trabajadora, mejorando sueldos y prestaciones sociales. Rápidamente es electo presidente del Parlamento. Son bien conocidos sus proyectos de ley de incrementos fiscales para darle más holgura al presupuesto nacional y llevar a cabo aquellas iniciativas, proponiendo dentro del cuerpo colegiado la formación de comisiones para encargarse de las tareas específicas.
No habiendo aceptado la oferta de hacerse cargo de la Presidencia de la República a la caída de Sacasa en 1936, se retira de sus actividades parlamentarias para dedicarse más de lleno a su profesión y vocación de samaritano de tiempo completo, a la vez que a otros quehaceres comunales que lo mantienen ocupado, hasta que en 1944 con un grupo de disidentes del liberalismo, conforma lo que a partir de ese momento se llamó Liberalismo Independiente, cuya plataforma ideológica era mantener la pureza de los principios liberales y la lucha frontal contra las aspiraciones reeleccionistas de Somoza. En ese partido y al tenor de innumerables luchas, militó el doctor Alvarado hasta su muerte; esas luchas y esfuerzos cuyo fin era devolverle al liberalismo su verdadero derrotero, su misión y fuente de bienestar para todos los nicaragüenses, que se le había escamoteado por tanto tiempo.
En esa larga y agotadora trayectoria de búsqueda del bienestar social, consignada en proclamas, sabias reflexiones y una fe inmarcesible en el ideario liberal, el doctor Alvarado entregó sus mejores sudores, aportó sus más brillantes luces y se abstuvo de ocupar posiciones ofrecidas por estadistas de turno, que aunque de supuesta ideología liberal no garantizaban las exigencias que para el ilustre patricio eran de indeclinable cumplimiento, antes de aceptar cualquier cargo. Con esa actitud lo observamos frente a los Somoza, a Schick y a otros personajes que pretendían hacer coaliciones con el PLI. Su columna nunca se doblegó, ni para genuflexiones, ni para arrodillarse ante nadie, en análoga actitud a la del pensador Miguel de Unamuno, citado en el libro.
La constante de su conducta vertical y de su ética política fue esa tenaz e inclaudicable batalla librada para conseguir el restablecimiento de la democracia, que debía descansar en cimientos firmes, como la igualdad, la libertad y la justicia ecuánimemente impartida, para el progreso de todos, sin exclusión.
A la acritud de sus detractores, que alguna vez lo atacaron, ya sea que fueran dueños de diarios y hasta miembros de coaliciones en las que él participaba, el doctor Alvarado contestaba con ponderación, tolerancia y conciliación, siempre teniendo en mente la unidad nacional y la restauración de la República.
Para el estudioso de la historia y para el ciudadano común, el invaluable esfuerzo de su hijo Enrique, amigo entrañable y abnegado galeno, digno vástago de su padre, la publicación de este libro debe ser motivo de inextinguible gratitud. En lo personal, me siento altamente motivado para emular, aunque con sideral distancia, las virtudes de tan fecundo patriota, que fue consecuente con sus ideales hasta el último día de su vida. Un paradigma de estas dimensiones debe ser ponderado en nuestros espíritus y guardado en la memoria histórica de la Nación con reverente admiración, para no caer en el fácil halago de la prebenda y mantener enhiesta la bandera del honor y del amor patrio.
El autor es miembro del Foro Educativo Eduquemos