La trampa de las primarias

Eduardo Enríquez

Toda esta euforia que se ha desatado alrededor de las famosas primarias sólo revela que los nicaragüenses seguimos, cuando mucho, “en primaria” en temas de democracia. Somos como niños caprichosos. Descubrimos un juguete nuevo y no lo queremos soltar, nos parece, sin pensar, que el juguete es el principio y el fin del tema que nos ocupa, en este caso, el electoral.

Como ahora hay dinero para impulsar unas primarias —aunque sea de a mentiritas organizadas por organismos sin esa facultad jurídica y sin ninguna base legal— pues el entusiasmo es mucho mayor. Claro, donde hay plata las cosas se ponen más interesantes.

Pero deberíamos ponernos a pensar un poco. Las primarias, tal y como están planteadas, son tal vez un interesante ejercicio, pero hasta allí. Después de ellas las cosas van a seguir igual —o peor que antes— pues van a tener un velo de legitimidad.

Hay muchas preguntas con respecto a estas primarias. Para comenzar, ¿los que las quieren organizar tienen la capacidad, la logística, para hacerlo? Claro que no. ¿Los resultados van a ser respetados por los que pierdan? Probablemente no, pues cuando pierdan van a saltar todos los reclamos de la falta de capacidad, de preparación, de cobertura, de divulgación… en fin. Y como no está en ninguna ley pues simplemente se van a hacer de la vista gorda con los resultados, mientras los que ganen las van a enarbolar como el instrumento que les da legitimidad.

Pero aparte del ruido que puede generar semejante “ejercicio”, ¿va a solucionar algo? Nada porque en realidad el problema no está en los candidatos que llevan los partidos del pacto. Ellos que lleven a quien les dé la gana. Además, los partidos del pacto probablemente van a usar todos los meses que faltan para las elecciones para entretener a la opinión pública con el tema: que si hay primarias, que si no hay primarias, que si las primarias son para escoger casillas, que si son para escoger candidatos…

El problema real es que permitan postularse, por sus respectivas alianzas, ya que les cerraron las puertas de sus partidos a líderes como Eduardo Montealegre y Herty Lewites, cuya popularidad está más clara que el agua y si hay dudas pues que les permitan postularse y en noviembre del próximo año veremos qué dice la ciudadanía.

Ésta debería ser la exigencia de todo el que esté preocupado porque la democracia empiece a funcionar: que bajo ninguna excusa se permita que inhiban a los líderes de las fuerzas emergentes y, además, que se garantice que el proceso electoral y el conteo de votos se realicen de una forma totalmente limpia y transparente.

Nadie está hablando de eso, pero es el verdadero meollo del asunto. De nada va a servir que todos los partidos hagan sus primarias en orden —suponiendo que se pueden obviar todas las debilidades— al final los que deciden quién puede votar y a quién se le aplica el “ratón loco” o cualquier oscura disposición de la ley o del Consejo Supremo Electoral son los dueños del pacto.

Porque el pacto sigue intacto. Si hay alguien que no lo cree que me avise. Yo tengo un precioso terreno en la Luna para vendérselo. Barato.

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